Hace pocos días (quizá uno solo), Alfredo Matilla publicó en Twitter cuántos medios se habían hecho eco de la publicación de su libro, Por si acaso. Entre ellos no se encontraba A la Contra, responsabilidad que sólo cabe atribuir al firmante de estas líneas. Para descubrir las razones por las que A la Contra (el firmante) no publicó la oportuna reseña con la diligencia requerida hay que bucear en las turbias aguas de la psique humana. Hallaremos así que ha sido la envidia, y no la pereza (aunque también), el motivo principal del retraso. El arriba firmante siente una pringosa envidia hacia todos aquellos que son capaces de escribir un libro, sean amigos o todo lo contrario, y sea el libro bueno o regular. Hecha esta confesión, ruego que nadie sobreestime la maldad de este pobre envidioso, cuya íntima aspiración no es saborear las mieles de la fama y el reconocimiento, sino firmar algún día ejemplares en la Feria del Libro en una soleada tarde de primavera.

Yo nunca he estado en Albacete. O lo que es peor: es posible que haya estado y no lo recuerde. Hasta hace poco disponía de las referencias básicas, entre las cuales se encontraba, por supuesto, el equipo de fútbol en su época de esplendor. Aprovecho para decir que lo del Queso Mecánico me pareció siempre una metáfora poco trabajada. El Rocinante blanco o el Quijote eléctrico, incluso la Navaja Automática, hubieran resultado sobrenombres más punzantes.

Pues bien. Anoche sentí la curiosidad de averiguar qué posición ocupa el Albacete en la Liga Bank Fucking Trust y hasta se me pasó por la cabeza (fue un fogonazo) organizar mis vacaciones de verano en la comarca. La culpa, quiero dejarlo claro, es de Alfredo Matilla.

Si algo otorga valor a un libro, además de otras consideraciones estilísticas, es su capacidad para atraer al lector a un mundo que igual puede no existir que encontrarse a 258 kilómetros de distancia. Tal y como se puede suponer, es más fácil vender Gotham que Albacete, o despertar interés sobre la vida de Batman (transmisor asintomático) que sobre la ilusión de un muchacho que pudimos ser cualquiera. Sin embargo, Alfredo Matilla consigue una cosa y la otra. Por un lado, concede a Albacete un rango casi mágico, como de Xanadú manchego, y por otro nos conduce por los primeros años de su pasión futbolera con la distancia y el buen humor que exige cualquier apunte autobiográfico.

No es sencillo el reto que propone Libros del KO a sus hooligans ilustrados. A la hora de describir el amor por unos colores es fácil caer en la sobreactuación patética, o en la revelación mística, o en el sentimentalismo crónico. Matilla no pisa ninguno de esos charcos. Se lo impide el pudor y el buen gusto, y por extensión su educación manchega, porque en Alcázar de San Juan también han visto naves arder más allá de Orión.

Por si acaso nos enseña que se puede mantener la ilusión siendo un poco descreído, igual que se pueden añadir pasiones a la primera sin renunciar a ninguna (el fútbol, el periodismo, Leti, Santander) y tal vez en eso consista la vida, en no dejarse nada por el camino. Para el azar quedan las lesiones y los entrenadores que no cuentan contigo, pero esos son goles en contra que no detienen el partido. Entenderlo lleva tiempo y obliga a superar fobias que a veces sudan por fuera y otras por dentro.  

Alfredo Matilla no sólo es uno de los mejores y más versátiles periodistas deportivos de su generación, con virtudes que valorarían igual Lou Grant y Kapucinsky; es también una esperanza. La misma que representan José Luis Guerrero o Sergio Gómez, por citar a otros talentos del periodismo escrito que conozco bien y que sólo necesitan campo para correr y despegar.

Por si acaso vale como título de libro y como lema para un escudo de armas. Tampoco se me ocurre mejor frase que la primera: “Un buen día tuve una mala noche”. No haría falta más, pero aún quedan 170 páginas que merece la pena descubrir.

El riesgo, ya lo he avisado, es ponerse a buscar hoteles en Albacete.

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