¡Bang! Y se acabó. Como una película de Bond en la que vuela por los aires un edificio entero. La mayoría de los equipos de fútbol viven ciclos en los que los resultados son mejores y peores, y van oscilando como el oleaje del mar. Por ejemplo, así terminó la época de La Quinta del Buitre, cuyos éxitos fueron a poco paulatinamente. Es posible, con el paso del tiempo, fechar el día en el que se alcanzó el punto de inflexión, aquella noche de Eindhoven donde se escapó la Copa de Europa que le correspondía a esa generación del Real Madrid, de las pocas ediciones que se recuerdan con afecto pese a no levantar la orejona. Posteriormente he leído unas palabras de Míchel en las que dice que el equipo llegó demasiado lejos, dado lo que quedaba de ellos, a aquellas derrotas en Tenerife. Habían disputado ligas hasta el final frente a un equipo, el Dream Team de Cruyff, al que consideraban superior.

Pero de cuando en cuando algunos equipos se acaban de repente, como si su camino llevase a un barranco por el que caen, como el coche de Thelma y Louise. Así acabó, precisamente, el Barcelona de Cruyff. Aterrizó en Atenas como una de las mejores obras del arte que llamamos fútbol, aun celebrando incrédulos el penalti de Djukic que les dio una tercera liga consecutiva en el último suspiro; unas horas después apenas quedaban ruinas y mucho menos celebradas que las de la Acrópolis. El equipo se estropeó antes de la final. Declaraciones atribuidas a Cruyff daban la victoria por segura, otras atribuidas a Stoichkov no se podrían repetir hoy en día: “Siempre marco si me marca un negro”. Eran otros tiempos, como se suele decir, pero aquello le hizo poca gracia a Desailly, que fue su marcador. Tampoco le hicieron gracia a Capello ni las declaraciones de Cruyff ni el triunfalismo de los medios catalanes, que poco menos que celebraban ya el triunfo.

Dos goles de Massaro, uno excepcional de Savicevic al volver del descanso, por encima de Zubizarreta, y otro técnicamente intachable de, precisamente, Desailly. Y el Barcelona que se esperaba triunfal se acabó con la mayor derrota en la final de la Copa de Europa desde el 7-3 del Real Madrid al Eintracht. Desde aquel día, el Barça de Cruyff no volvió a ganar nada. La temporada siguiente el Madrid ganó la Liga y Cruyff acabó despedido sin poder terminar su último curso.

Un caso mucho más reciente lo tenemos en el Mundial de 2014. La selección española fue víctima de la enfermedad que persigue a los últimos campeones del mundo, excepto Brasil: ceder a las primeras de cambio en la defensa del título, como hicieron Francia en 2002, Italia en 2010 y Alemania en 2018. Cada cual con su lista de razones, pero con una en común: no renovar la plantilla. Por ser fiel a los jugadores que le hicieron campeón, el seleccionador traiciona al conjunto. Renovarse o morir, dice la frase. En aquellos casos los seleccionadores eligieron morir.

La muerte de la Selección española en Brasil fue espectacular. Comenzó bien el partido contra Holanda, con la oportunidad de llegar al 2-0. Pero la explosión llegó con un remate de cabeza en plancha desde fuera del área de Van Persie y, a partir de ahí, la Selección española se desmoronó como un castillo de naipes. Errores de todo tipo, goleada final y derrota ante Chile para cerrar la breve defensa del título Mundial.

También el Mundial de 2014 vio la explosión en pedazos de la selección brasileña, aunque esta no venía de un ciclo triunfal, sino con un plan para hacerse con el triunfo. Sin embargo, algo estaba mal planificado porque al equipo se le veía sobreexcitado cantando el himno nacional. Una cosa es tener tensión competitiva y generar adrenalina y otra no tener control sobre las emociones. Me pase el Mundial apostando en la porra de la oficina contra Brasil. Apunto estuvieron de perder contra Chile y, tras la lesión de Neymar ante Colombia, se derrumbaron finalmente. El 1-7 ante Alemania es sorprendente por lo aparentemente excesivo del marcador, pero no tanto por la victoria de los alemanes, que cabía esperarse.

Tampoco gozó de un gran ciclo del Madrid de los galácticos, aunque sí tuvo su sonado final. La temporada de Queiroz, con la estrategia de Zidanes y Pavones, comenzó bien. El equipo hacía buen fútbol y hablaba de ganarlo todo. Aquel equipo no tuvo una explosión, sino una cadena continua de desastres. Por lo que fuera, se acabaron la confianza y la gasolina. Se perdió la final de Copa ante el Zaragoza y, partir de ahí, todo fue mal. Recuerdo el partido frente al Mónaco en la Copa de Europa: con 4-1 en el Bernabéu, se celebró el gol de Morientes para los visitantes. Qué magnánimos o qué arrogantes, como si pudiésemos tolerar ese gol porque éramos mejores. El partido de vuelta fue atroz y acabo con Giuly fichando por el Barcelona y Mourinho convertido en The Special One. La parte final de la temporada fue una colección de derrotas y goleadas que acabó por entregar la Liga al Valencia de Benítez y con una goleada del Mallorca en el Bernabéu incluida (1-5). Antes de la salida de Beckham y con Capello de nuevo en el banquillo, el Madrid galáctico al menos pudo rescatar una Liga casi perdida para cerrar el episodio.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here