La carrera de Paco Pineda (Málaga, 1959) pudo haberse truncado si hubiera elegido la mala vida cuando fichó por el Madrid con 16 años. Pero prefirió cumplir su sueño. Formó parte del Castilla que llegó a la final de Copa de 1980 y fue uno de los tres jugadores que subió al primer equipo. Sin embargo, se marchó en 1985 por la aglomeración de delanteros. Tras su retiro, trabajó como entrenador, director deportivo y director de escuelas de fútbol. En Arroyo de la Miel descubrió a Isco con cuatro años.

—Usted llegó al Madrid en 1975, con 16 años. ¿Con qué ciudad se encontró?

—Aún no había muerto Franco… Yo vivía en la calle Atocha, en la pensión Santa Isabel. En mi portal, se escondía la gente que era perseguida por los grises. Por aquella pensión pasaron Santillana, Corral

—Cerca de aquella pensión asesinaron a los abogados laboralistas…

—Sí. Aquel día vimos mucha gente allí, pero no le prestamos demasiada atención porque éramos jóvenes. Supimos que había pasado algo. No estábamos metidos en política y no entendíamos lo que sucedía.

—¿Cómo era la vida de los chavales en la pensión? ¿Quién los cuidaba?

—Nosotros teníamos mucha libertad. Uno llegaba a futbolista si se cuidaba y tenía preocupación. Nosotros entrenábamos, pero después podíamos salir y entrar a nuestro antojo. Había que optar por el buen camino o por el malo. Por la noche, teníamos que llegar a ciertas horas; todavía existía el sereno.

—¿Hasta qué edad estuvo en la pensión?

—Hasta que pasé al Castilla. A partir de ahí, cobré un sueldo mayor y me mudé a un apartamento. Mientras hacía la mili, vivía en la pensión. Pasé al primer equipo estando en el servicio militar.

“Llegué tarde al cuartel después de un partido y me castigaron sin jugar uno de Copa”.

—¿Cómo compaginaba un jugador los entrenamientos con la mili?

—Sin entrenar. Es extraño, pero yo no entrené ningún día con el equipo. Cuando llegué con el Castilla a la final de Copa, no entrené. Yo entraba en el puesto a las dos o tres de la mañana y salía para irme a jugar con el Castilla. Durante la semana, cumplía con mis obligaciones en el cuartel. En la mili, solicitaba permiso para irme a correr por Segovia. Es lo único que hacía. El partido de Copa en San Sebastián no lo jugué porque estaba castigado. Me castigaron un fin de semana porque llegué tarde tras disputar un partido con el Castilla. El encuentro fue por la noche y llegué por la mañana. Yo le había pedido permiso a un alférez para llegar por la mañana y me lo concedió. Sin embargo, el teniente no lo sabía y me sancionó.

—El año después de su llegada a Madrid lo hizo otro malagueño, Juanito. ¿Cómo fue su relación con él?

—Muy buena. A Juan lo ficharon del Burgos y en el Madrid fue uno de mis protectores. Cuando estábamos en el Castilla ya teníamos amistad. Se portó muy bien conmigo y es justo reconocerlo.

Juanito y Pineda.

—Con Juanito volvió a coincidir en el Málaga. Él tenía 34 años. ¿Le quedaba cuerda?

—Claro. Juan no era un hombre de correr o trabajar. Tenía que estar fresco para jugar. Además, daba miedo cómo te encaraba con el balón. Él estaba muy bien con esa edad. También había otros compañeros con esa edad: Lauridsen, Boquerón Esteban… Siempre cuento una anécdota relacionada con el retiro de los jugadores…

—Adelante...

Amancio dejó el fútbol con 37 años. Tras su retiro, entrenó al División de Honor del Madrid. Se ponía a jugar con nosotros y no había quien le robara la pelota.

“Bernabéu trataba mejor a la cantera que al primer equipo”

—¿Llegó a conocer a Bernabéu?

—Don Santiago era una persona excepcional. Cuando yo entrenaba con 16 años en la ciudad deportiva, él siempre estaba por allí con su señora. En aquella época, estaban los clubes de tenis. Yo he visto jugar a Manolo Santana allí. Bernabéu siempre tenía palabras de ánimo y cariño hacia los chavales de las categorías inferiores. Era rara la tarde que no iba a la ciudad deportiva. Muchas veces, acompañado de su señora. Era una persona muy respetada. Creo que trataba mejor a la cantera que al primer equipo.

—En 1980, usted fue una de las estrellas del Castilla que llegó a la final de Copa frente al Madrid. No sé si ese día estaba prohibido ganar al primer equipo…

—No estaba prohibido. Si hubiéramos podido ganar, habríamos ganado. Enfrentarte a tu equipo superior… Ellos entrenaban con nosotros y con frecuencia jugábamos partidillos. Nos conocían a todos. Sabían a lo que se exponían y salieron a muerte. A nosotros quizá nos pesó un poco jugar frente al primer equipo. Si hubiéramos jugado la final contra el Atlético de Madrid habría sido diferente.

—Llama la atención que de aquel Castilla sólo llegaran al primer equipo Gallego, Agustín y usted. ¿Qué pasó?

—Jugar en el Madrid es muy complicado. Hubo jugadores que después se marcharon a equipos importantes: Espinosa se marchó al Sporting, Castañeda al Osasuna… En aquel momento, por las circunstancias, subimos un portero (Agustín), un centrocampista (Gallego) y un delantero, yo mismo. Después de subir nosotros, el Madrid estuvo cuatro o cinco años sin que llegaran al primer equipo jugadores de las categorías inferiores. Son hornadas. Hay algunas muy buenas, como La Quinta, pero muchas veces la irrupción de los canteranos es propiciada por las necesidades del club: hay problemas económicos, hay que hacer ajustes… Cuando me fui del Madrid, éramos siete delanteros: Butragueño, Valdano, Hugo Sánchez, Juanito, Santillana, Cholo y yo. Ahora los equipos tienen uno o dos. Yo estaba en el banquillo con Juan y Santillana. Y me tuve que marchar. Boskov nos conocía bien.

—De Boskov todo el mundo habla bien…

—Era muy estricto, porque él era coronel. A nivel de entrenamientos, le pongo un diez. Tenía una metodología muy moderna. En aquella época, entrenar era la muerte. No existían los preparadores físicos y aquello era correr y correr. Entre nosotros, siempre comentábamos que los domingos jugábamos con balón. La metodología de Boskov era moderna, porque eran ensayos de mucho balón, partidillos… Era hora y media entrenando y nos divertíamos muchísimo. Con otros entrenadores era diferente y los entrenamientos resultaban muy aburridos. Además del entrenamiento con balón, introdujo los entrenamientos por edades. Había tres grupos: mayor edad, mediana y los jóvenes. Cada grupo hacía una preparación diferente. Boskov cuidaba mucho al jugador. Cuando fui entrenador, lo llevé a rajatabla.

—En el verano de 1980, usted se incorporó al primer equipo. Se le anunció como el nuevo Santillana: tenía gol, buen remate de cabeza… ¿Le pesó esa responsabilidad?

—No. Le tenía un respeto muy grande a Santillana. Compartí habitación con él y aprendí muchísimo. Verlo entrenar era una maravilla: iba bien de cabeza, chutaba de escándalo con ambas piernas… Yo engañaba mucho, porque de tonto no tenía nada. Además era muy versátil, porque también jugaba en las bandas.

—¿Cómo recibían los veteranos a los jóvenes? ¿Les hacían limpiar las botas como en Inglaterra?

—Nos recibían muy bien… y no nos hacía limpiar botas ni nada. Por ejemplo, en los rondos sí que íbamos al centro, movíamos las porterías… Éramos muy respetuosos. A posteriori, se ha perdido. Yo siempre les he tenido respeto a los veteranos, porque los galones hay que ganárselos. El fútbol ha cambiado mucho.

—¿Para bien o para mal?

—En el de antes se pegaban más patadas, ahora todo está más controlado. Había más agresividad. A las aficiones también se las está controlando más.

—En el Madrid también coincidió con Cunningham, un jugador destinado a marcar época pero que no triunfó…

—Tuvo mala suerte. Era un futbolista excepcional, pero las lesiones le cortaron el camino. En Barcelona le tuvieron que operar del pie, porque jugó la final de la Copa de Europa 1981 lesionado. No la debería haber jugado. Después tuvo mala suerte con las operaciones y eso le restó muchísimo.

—En aquella final de Copa de Europa, usted jugó los cinco últimos minutos y fue el único cambio. ¿Recuerda lo que le dijo el técnico al salir y lo que pensó usted sobre el campo?

—No me dijo nada, porque faltaban cinco minutos y yo tenía que hacer lo que pudiese. El reproche que los jugadores le hicimos al entrenador fue que aquel partido lo jugamos con dos menos. Lo hablamos Del Bosque, Camacho, García Remón, Juanito… Tanto Stielike como Cunningham no tendrían que haber jugado el encuentro. Además, aquel año jugamos mucho Isidro, yo… Normalmente, un tiempo cada uno. Yo tenía 20 años y muchas ganas. Boskov pecó con los veteranos, porque le dijeron que estaban en condiciones. Y no era verdad. Con todos los respetos lo digo, porque todos nos podemos equivocar.

—Aquella pretemporada fueron goleados por el Bayern de Múnich (9-1). ¿Qué efectos tuvo para los jugadores y para el club?

—Para los jugadores, ninguno. Este partido hay que explicarlo bien. Nosotros estábamos entrenando en Italia y llevábamos una semana de entrenamientos. Nos fuimos a jugar a la fiesta de la cerveza frente al Bayern de Múnich. Ellos empezaban la Liga esa misma semana y llevaban entrenando un mes. Cuando salimos a jugar y empezaron a correr… El resultado fue engañoso, porque ese mismo año jugamos la final de la Copa de Europa. Ese equipo no era tan malo. Si nos hubiéramos enfrentado a un equipo inferior técnicamente, seguramente lo habríamos compensado. Sin embargo, aquel Bayern nos pasó por encima. En el minuto diez perdíamos 4-0…

—También tuvo como técnico a Di Stéfano. ¿Cómo era?

—Era un fenómeno. Jugaba con nosotros las pachangas y no le gustaba perder ni al parchís. Era una persona muy querida para mí, porque tenía mucha amistad con él. De hecho, de vez en cuando me llevaba con amigos suyos como Puskas. Él era un genio. Aunque conmigo no se portaba muy bien… Teníamos unos amigos comunes y yo les preguntaba por qué sólo me sacaba en el segundo tiempo. Él les respondía que porque metía y resolvía el partido. A pesar de ser suplente, teníamos muchísima amistad.

—En diciembre de 1983, irrumpió La Quinta. ¿Cómo fue ese encuentro entre jóvenes y veteranos?

—Fue una hornada algo más grande que la nuestra. Butragueño debutó en Cádiz, Sanchís en Murcia… Eran jugadores con entidad para jugar en el primer equipo. La arrancada del Buitre era maravillosa. Él también agradecía el trabajo que hacían los compañeros por él. A Juanito yo le decía que no se preocupara, que yo corría por él. Juan hacía la jugada y los demás metíamos el gol. Lo importante es que el futbolista conozca sus cualidades y lo que tiene que hacer.

—Cuando Butragueño llegó al primer equipo, ¿pensó que ya no podría triunfar en el club?

—No. Creo que es importante que cada jugador sepa cuál es su rol dentro del equipo. Yo he sido coordinador de los ojeadores del Málaga con infantiles y cadetes. Había niños del cadete que querían jugar en el Juvenil División de Honor. Hay casos excepcionales que están preparados para dar el salto, pero el resto se deben formar y esperar su oportunidad. Cuando yo jugaba, sabía que no iba a ser titular, salvo en partidos fuera de casa, rotaciones… Intentaba siempre ir concentrado y estar en el banquillo. El que está sentado en el banco siempre tiene posibilidades de jugar. Al final, jugué todos los años 25 o 30 partidos, porque el Madrid tenía muchísimas competiciones. Cuando no estás en el Madrid, es el momento en el que tienes que demostrar tu nivel. Porque en otros equipos, como el Zaragoza, sí que tuve galones.

“Butragueño era el niño del Madrid. Hugo Sánchez no se podía poner a su nivel y tenía celos”

—Ha hablado de Hugo Sánchez. ¿Cómo lo recuerda?

—El mexicano era un grandísimo delantero, un goleador tremendo. Es uno de los futbolistas más inteligentes que he visto. Además, se desmarcaba fenomenal. También era muy ególatra. En aquel momento, Butragueño era el niño del Madrid. Él no se podía poner a su nivel y tenía celos.

—¿Tendría sitio La Quinta en el Madrid actual?

—Por supuesto. Es complicado decir quiénes sí y quiénes no, porque depende de las necesidades del equipo. Butragueño podría jugar perfectamente acompañando, Sanchís tenía unas cualidades tremendas, Martín Vázquez también y la calidad de Míchel… Sin embargo, La Quinta ganó poco. Muchas veces, los mejores no ganan tanto. Por ejemplo, Maradona. O Messi con Argentina. Los buenos jugadores necesitan estar acompañados para ganar títulos. La Quinta tendría sitio hoy, porque son 25 jugadores en la plantilla. Aunque igual no serían titulares. El banquillo es importante en una plantilla. Si lo que tienes en el banco no supera o iguala lo que tienes en el campo, es un problema.

—¿Cree que falta fondo de armario en los equipos?

—Depende. Por ejemplo, el Madrid y el Barcelona tienen muchísimo fondo de armario. Los que no lo tienen son los equipos más inferiores. Ahora el fútbol se ha igualado muchísimo. En la época de los dos extranjeros, era más complicado. Los equipos grandes siempre van a tener fondo de armario.  Actualmente, hasta los equipos de Segunda tienen internacionales. Eso era impensable hace 40 años.

—En el Zaragoza, usted coincidió con Pardeza. ¿Por qué no triunfó en el Madrid? Decían que era el mejor de La Quinta en las categorías inferiores…

—Era muy complicado… Pardeza era estilo Juanito: con un buen uno contra uno, con gol… Pero no todos pueden jugar en el Madrid. A nosotros nos vino fenomenal en el Zaragoza. Yo fui ojeador del Madrid en Andalucía y el nivel de jugador que tienes que buscar es muy alto. Sus cualidades tienen que ser muy especiales. A Vinicius lo firmaron por 45 millones y ese es el presupuesto del Málaga de unos cuantos años… Además, tienes que acertar con la incorporación.

—¿Es partidario de que se paguen semejantes cantidades por chavales tan jóvenes?

—Me parece bien. Ahora hay una chiquilla, Damaris Egulorra, que la quiere firmar el Madrid procedente del Athletic y en las redes sociales la están poniendo verde. Eso es lamentable. El fútbol es un trabajo y algunos aficionados no lo entienden.

—Ha comentado que fue ojeador del Madrid en Andalucía. ¿A eso se dedicó tras retirarse?

—Qué va. Trabajé seis años como director de la Escuela de Fútbol de Arroyo de la Miel, he entrenado al cadete y al primer equipo del Arroyo de la Miel, también entrené al Antequera, el Torre don Gimeno… He estado en Tercera, en Segunda B… Me he movido como entrenador, director deportivo y director de escuelas.

—¿Sabían los niños quién era usted?

—Sí. Los más pequeños ni se enteraban, pero el resto sí. Yo me retiré muy joven, con 30 años. Además, yo solía hacer los ejemplos de los ejercicios técnicos en el entrenamiento. No hay nada mejor que una buena demostración para que sepan cómo hacerlo.

—Usted descubrió a Isco, un jugador deslumbrante que quizá no ha llegado a lo que se esperaba…

—Sí ha llegado a lo que se esperaba. A veces, valoramos muy poco las cosas y tenemos una memoria muy frágil. Isco es un jugador con unas cualidades… Yo entrené al hermano cuando era cadete y jugaba en el Atlético Benamiel. Después, me lo llevé al Cadete Autonómico del Málaga. Allí fue campeón de España con el División de Honor. Cuando yo entrenaba en la escuela, un día aparecieron sus padres. Nos trajeron al niño para que entrara en la escuela y sólo tenía cuatro años. Era muy pequeño. Yo tenía amistad con su padre y le dijimos que, si nos hacía caso, dejaríamos que jugara. Cuando vimos al niño tocar la pelota con cuatro años, nos echamos las manos a la cabeza. Él ha ido mejorando. Estuvo en el filial del Valencia y Emery era el entrenador. Sin embargo, al entrenador no le gustaba, porque prefería a los jugadores que trabajaban mucho. En el Málaga, fue líder y se le rebajó el trabajo. Cuando llegó al Madrid, él empezó a correr más porque allí se le exige. En el Madrid es uno más y en el Málaga, era el número uno. Isco ha ganado muchísimo a su edad.

“Un cambio de rumbo a Isco no le vendría mal. Pero el Madrid te da un plus que no te lo dan otros equipos”

—¿Cree que se debería marchar del Madrid?

—He pensado que sí. Un cambio de rumbo, aunque esté en el mejor equipo del mundo, no viene mal. Por ejemplo, se podría ir a un equipo con un entrenador que lo quiera, como Guardiola, un equipo donde sea titular indiscutible y gane más dinero… Es verdad que el Madrid te da un plus que no te lo dan otros equipos. También el Barcelona. Cristiano se ha ido, pero ya no ha ganado más títulos individuales.  

—Otro malagueño que está en el Madrid es Brahim, que no cuenta para Zidane…

—Es muy joven. Es un jugador de desborde y de buen uno contra uno. Le pasa como a Vinicius, es muy caliente: quiere hacer jugadas, regatea mucho… En esos equipos, te tienes que parar un poco. Yo lo conozco de verlo jugar los campeonatos de fútbol siete. Ya se le veían cosas. Cuando yo jugaba en el Zaragoza y nos enfrentábamos al filial, sabía perfectamente quiénes llegarían al primer equipo, Vizcaíno y Villarroya

—Usted ha dicho que tiene el corazón en la izquierda, pero la cartera en la derecha. Antes había futbolistas de izquierdas como Breitner o Del Bosque, pero ahora no…

—Hay muchas propuestas del PSOE que me gustan, pero también otras de derechas. Lo que debe haber es una unidad entre ambos. Yo soy de centro. Si ambos se pusieran de acuerdo, los demás no tendrían nada que hacer… Todo lo que rodea a la izquierda o a la derecha son extremismos, ya sea por un lado o por otro. Yo he vivido en Madrid las cargas policiales y los que hablan ahora no saben lo que es eso.

“Cuando mi amigo hizo un par de llamadas, supe que había un golpe de Estado”

—El día que Tejero irrumpió en el Congreso, usted estaba cerca del hemiciclo. ¿Cómo lo vivó?

—Estaba en la calle Arlabán 7. Allí había una bolera y me pilló jugando. Ese día, había un preestreno de Ángeles gordos de Summers. Yo era conocido de ellos por mi compadre, Eduardo Torrico. Fui a la bolera para hacer tiempo antes de la película. Estaba jugando con un chico que era guardia civil y tenía contactos. Antes de salir al exterior, yo ya sabía que había un golpe de Estado, porque mi amigo ya había hecho varias llamadas. Cuando salí, pasé un control de la Guardia Civil y me fui andando hasta Atocha. Llamé desde una cabina a mi casa a las ocho de la tarde para decirles que estaba bien. A mi amigo le pilló de paisano. Sólo pasé miedo por la noche en la pensión.

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