Alternativamente, podemos usar la expresión equivalente inglesa, entre una roca y un lugar duro, para describir la incómoda postura en la que se encuentra la Premier League ante la propuesta de compra del Newcastle por un príncipe saudí. La situación era inevitable: la Premier quiere inversores con bolsillos profundos (perdón, otro anglicismo) que pueda pagar fabulosos estadios y caros traspasos, todo para hacer el producto más apetecible en el mayor número de mercados posibles. Querer expandir el negocio propio no es nada reprochable; el problema está en encontrar el socio adecuado.

Para evitar esos problemas, la Premier (y el resto de las ligas inglesas) tienen el test de persona adecuada (Fit and proper person test) que cualifica (o descalifica) a cualquier comprador de un club de la liga. Las razones que pueden provocar el suspenso en el test son diversas: tener interés en otro club de la misma liga, haber sido descalificado como director por insolvencia o no tener los fondos necesarios. Ser el gobernante de un país no democrático, con discriminación activa incluso en su legislación interna y pasarse por el arco del triunfo derechos humanos fundamentales, no parecen ser razones suficientes para decirle a un muchibillonario que sus libras no son bienvenidas. Es muy difícil para una institución privada como la Premier League decirle al jefe de un estado que no es una persona adecuada; esa responsabilidad no debía estar en sus manos, sino en la legislación del gobierno central. No obstante, también es de justicia hacer constar que la Premier, lejos de disuadir a este tipo de inversores, les tiende la alfombra roja.

Sin mayores problemas, el Manchester City fue primero comprado en junio de 2007 por Thaksin Shinawatra, ex primer ministro de Tailandia y apartado del poder en 2006 acusado de corrupción. Sus prácticas corruptas, y dictatoriales, su censura a la prensa y su abuso de los derechos humanos de la población no fueron razones de peso para bloquear la compra del club. Un año después traspasó el City a sus propietarios actuales, Abu Dhabi United Group, con su dudoso sentido de la democracia y los derechos humanos. La Premier tampoco vio mayores problemas en dar la bienvenida a los nuevos propietarios, como tampoco lo hicieron los aficionados: su club estaba en camino de ser poderoso.

La Premier sigue siendo una propuesta atractiva para los inversores, salvo que el coronavirus nos diga algo diferente en los próximos meses. Pero también es una campaña de imagen, como el PSG para Catar, el propio City y el equipo ciclista para Emiratos Árabes y como ahora el Newcastle United (y la Supercopa de España) para Arabia Saudí.

Los aficionados del Newcastle son en estos momentos los que se encuentran entre el deseo de perder de vista a su propietario actual y la idoneidad del comprador. Mike Ashley, el propietario, ha tenido al club viviendo al limite del descenso, tratándolo como a cualquiera de sus negocios. Si en sus tiendas de deporte los sueldos no son generosos, tampoco lo son en la plantilla de las urracas. Se invierte lo necesario para no descender y se espera comprador. Cada vez que toca renovar abonos, surgen rumores. Ahora sí hay un comprador real, Saudi Arabia Public Investment Fund, por darle el nombre completo, y la venta se ha cerrado en 300 millones de libras. Si la operación está en pausa no es por los derechos humanos —a estas alturas de la película no nos vamos a engañar— sino por los derechos de televisión.

La Organización Mundial del Comercio (OMC) ha confirmado que el gobierno saudí está detrás de BeoutQ, una organización que piratea la señal de televisión de partidos de fútbol y que, por tanto, quiebra las leyes del comercio internacional. Aunque el gobierno saudí trató de situar la propiedad de la plataforma en Colombia y Cuba —hecho negado por ambos estados inmediatamente—, quedó claro que la señal llegaba de un satélite también propiedad del gobierno saudí. No deja ser curioso el nombre de Be-Out, en oposición a Be-In (beIN Sports), canal propiedad del gobierno catarí con el que la Premier League tiene un acuerdo de distribución de sus derechos en Oriente Medio, y que es por tanto el principal perjudicado por las prácticas piratas.

Da igual que Amnistía Internacional o la viuda de Khashoggi le pidan a la Premier League que bloqueen la compra del Newcastle por el paupérrimo registro de recursos humanos del gobierno saudí. Las palabras de Tebas, insistiendo en el daño del pirateo de la señal de televisión, tienen más peso.

Para los aficionados del Newcastle, el bloqueo de la operación les deja en manos de Ashley hasta que aparezca otro comprador. Para la Premier League, el dilema es aun mayor. Las relaciones del gobierno británico con Arabia Saudí desaconsejan enojar al príncipe árabe, pero tampoco conviene incomodar al socio catarí. Al final, aquellos polvos trajeron estos lodos y la Premier League se encuentra en una incómoda posición, aunque algunos analistas dicen que la compra va a salir adelante. Quizá solo falte un listado de razones convincentes y cargadas de moralidad para dar el OK final.

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