La historia comienza muchos años antes. Brasil ganó el Mundial del 58 celebrado en Suecia y se convirtió en la primera selección sudamericana en ganar en Europa. Lo logró con un fútbol típicamente brasileiro, dando a luz el nacimiento futbolístico de Pelé. En aquel equipo también brillaban futbolistas como Zagallo, Vavá, Didí, Garrincha o Bellini. Brasil jugaba a ser Brasil.

En el Mundial del 62, celebrado en Chile, Brasil volvió a vencer. Lo hizo en Mundial más violento de la historia. Pelé se lesionó muy pronto y el seleccionador, Aymoré Moreira, se inventó una delantera con Garrincha, Didí, Vavá, Amarildo y Zagalo. Es decir, continuó la magia brasileña y el fútbol samba. Brasil seguía siendo Brasil.

Pero llegó el Mundial de Inglaterra 66 y surgió la gran duda que aún arrastra Brasil en la actualidad. La canarinha cayó eliminada en la fase de grupos al perder con Hungría y Portugal. Su entrenador era Vicente Feola, que apostaba por el continuismo. La derrota provocó que se empezara a dudar del estilo brasileño, del jogo bonito. Había quien pedía “europeizar” a la selección con jugadores más físicos y con sistemas tácticos más “modernos”. Comenzaron las dudas.

El Mundial de México 70, con Zagallo como entrenador, fue una vuelta de tuerca al más puro estilo brasileño Recordemos que aquel fue denominado “el equipo de los cinco dieces. Pero aquí ya apareció una figura que será clave en la trama de dudas, Claudio Coutinho.

Joao Saldanha, entrenador que clasificó a Brasil para la fase final del Mundial de Mexico, fue destituido diez semanas antes del comienzo del campeonato. Saldanha era un amante del jogo bonito pero también dudaba de la preparación física del conjunto brasileño. Por eso tiró de un exmilitar especializado en los métodos de entrenamiento de Kenneth H. Cooper, el tal Claudio Coutinho. Cesado Saldanha, Coutinho permaneció con Zagallo. La victoria y cómo se produjo, puso en un segundo plano esa duda que ya estaba creciendo dentro del fútbol brasileño.

El tremendo fracaso de Brasil en el Mundial de Alemania 74, ridiculizada por la Holanda de Cruyff, devolvió al primer plano la idea que ya muchos tenían en mente. Había que modernizar el juego de la selección y, dentro de la palabra modernizar, iba implícito el cambio de estilo. El jogo bonito estaba amenazado de muerte. El fútbol total de los setenta y el fútbol brasileiro no mezclaban, se habían quedado antiguos.

Tras el paso sin éxito de Osvaldo Brandao por el banquillo, la confederación brasileña apostó por Coutinho, antiguo preparador físico, para pelear en Argentina 78 por el cuarto mundial; no buscaban un equipo, querían un ejército. Brasil contaba con futbolistas de gran nivel y en una edad perfecta, pero Coutinho construyó un grupo duro, fuerte, áspero, sólido, con evidentes mecanismos defensivos y con un gran sentido de la disciplina. La obsesión llegó a tal punto que, como Passarella años más tarde con Argentina, obligó a sus jugadores a cortarse el pelo. En sus charlas hablaba de un nuevo Brasil, de una selección moderna que se miraría en el espejo de equipos como Alemania u Holanda.

Con este fin, Coutinho escogió a futbolistas duros, trabajadores y en algún caso hasta violentos, como el tremendo Chicao o los fogosos Abel o Neto. Entretanto, dejó en Brasil a futbolistas como Falcao, Sócrates o Junior, a los que se sumaron los veteranos Paulo César, Luiz Pereira o Marinho, posiblemente víctimas por haber sido derrotados en el anterior Mundial por Holanda.

España pudo dejar fuera a ese Brasil en la primera fase, pero el fallo de Cardeñosa lo evitó. Aunque también es cierto que Brasil habría llegado a la final del Mundial del 78 si Argentina y Perú no hubiesen protagonizado uno de los chanchullos más vergonzosos de la historia del fútbol. Gracias a ese partido, Coutinho, en vez de reconocer el pobre fútbol desplegado por su equipo y la extrema dureza con la que se emplearon, se arrogó el título de “campeón moral”.

Y llegó el Mundial 82. A Coutinho las críticas le habían obligado a dimitir y, como tantas otras veces hemos visto, si tras Zagallo y el jogo bonito se buscó la cara contraria con Coutinho, ahora lo que se quería era una vuelta a las raíces del fútbol brasileño, cometido que se encargó a Tele Santana.

El ex entrenador de Palmeiras lo tenía muy claro y Zagallo era su referente. Si el gran Gerson dijo un día “a los europeos les enseñan a correr y a nosotros a jugar”, para Santana la cosa era sencilla: “Conmigo siempre juegan los mejores”. Brasil se presentó con Falcao, Sócrates, Junior, Eder, Toninho Cerezo y el gran Zico en un mismo once. La sala de máquinas sin duda era la más talentosa del mundo.

Y comenzó el Mundial. Brasil había hecho una gira europea un año antes arrasando a su paso. Había ganado a Inglaterra en Wembley 0-1, a la poderosa Francia de Platini en París 1-3 y a la campeona de Europa, Alemania, 1-2 en Stuttgart.

En la primera fase, ganaron los tres partidos, remontando a la URSS en Sevilla (con Lamo Castillo como cómplice) y ganando ampliamente a dos cenicientas como Escocia y Nueva Zelanda. La canarinha brillaba y enamoraba con un fútbol ágil, técnico y adornado de arabescos. Una selección con un dibujo peculiar, plagada de peloteros en mediocampo, Toninho Cerezo, Sócrates, Falcao y Zico, pero que además jugaba prácticamente con seis mediocampistas, porque Junior, el teórico lateral izquierdo, era más un interior y Eder, el presunto extremo izquierdo, bajaba a tocar al medio campo. Si nuestra Roja se ha parecido a alguien, las referencias hay que buscarlas en estos brasileños del 82.

En el comienzo de la segunda fase ya eran los favoritos, más tras su exhibición ante la Argentina de Maradona, pero también se les empezaban a ver las costuras. Su portero Waldir no daba seguridad. Su defensa, extremadamente ofensiva, daba muchas opciones, y a su punta Serginho le faltaba calidad para jugar en esa selección. Además algunos jugadores, entre ellos Zico, llegaron muy justos físicamente. Entonces apareció Italia.

Giancarlo Antognoni, se marcha del marcaje de Sócrates, en el mítico partido de Sarriá. CordonPress.

Los azzurri se habían clasificado por los pelos después de tres empates, y a Brasil, tras su victoria ante Argentina, le valía la igualada para estar en semifinales (recordemos que no eran eliminatorias directas, sino grupos de tres selecciones).

Los de Santana salieron a lo suyo, como siempre, a tocar, mover el balón y llegar, pero Italia es Italia, y no se ganan cuatro Mundiales si te rindes a la primera.

Si todos nos habíamos enamorado de Zico, de Sócrates o de Junior, de pronto descubrimos a Zoff, Cabrini, Tardelli, Conti, Antognoni y al asesino Rossi. Al descanso se llegó con un sorprendente 1-2 a favor de Italia.

Brasil salió en la segunda parte siendo Brasil, y aunque Zoff se convirtió en un muro, no pudo evitar el empate de Sócrates (2-2). Los brasileños estaban clasificados, pero a Brasil, a este Brasil, no le valía el empate, no sabían jugar siendo especuladores. Y se volcaron al ataque, ¿romanticismo, orgullo, soberbia? El caso es que en el minuto 75, en el único córner que lanzaron los italianos en el partido, un nuevo error defensivo permitió a Rossi hacer el 3-2.

Los Zico, Sócrates, Falcao y compañía tuvieron apenas quince minutos para voltear la situación. Sin embargo, si hay que defender, Italia es Italia. Brasil abandonó el Mundial 82 sin llegar ni a semifinales. La selección más talentosa desde México 70 se fue por la puerta de atrás dejando un injusto y agridulce recuerdo a fútbol de otra época, no por la eliminación, justa a todas luces, sino porque con ellos se le daba la puntilla a una forma de entender el juego.

Años después, Sócrates dijo que aquel día ‘’murió el fútbol’’ y sin duda algo pasó. Tal vez sólo murió su fútbol. El mismo Sócrates señala en su autobiografía que aquella derrota marcó un punto de inflexión en el fútbol brasileño. Desde el 82 el jogo bonito pasó a estar bajo sospecha, crecieron los pragmáticos, los resultadistas y los que miraban más a Europa y menos a sus raíces. Brasil volvió a ganar Mundiales, pero no siendo Brasil. Y esto no es bueno ni es malo, simplemente es así. Tras el fracaso del 82, Tele Santana repitió idea y jugadores en México 86, pero sus cracks pasaban todos de los 30 años y ya no tenían frescura. Una fantástica Francia liderada por Platini los eliminó en cuartos y ahí se terminó el gran Brasil del 82. A partir de ese momento, junto a Romario hubo un Dunga, y junto a Ronaldo un Emerson, y junto a Neymar un Casemiro. Brasil volvió a ganar, pero pasó a ser otra cosa.

El uno por uno de Brasil 82

Waldir: Portero transparente. La fama de malos porteros brasileños no nació con él, pero sí podría protagonizar esa película.

Leandro: Fue un 8 jugando con la camiseta del 2 y terminó jugando de central. Fuerte, técnico, ambidiestro, era un defensa completísimo. Sus rodillas, castigadas desde muy joven por la artritis, fueron reduciendo su campo de acción.

Luizinho: Central zurdo, rápido, muy vivo y de buen manejo de balón. Era el encargado de tapar la espalda de Junior. Un grandísimo jugador tapado por esa constelación de estrellas.

Óscar: Grande y dominante, posiblemente fuese el jugador más “estático” del equipo, el que más guardaba la posición. Un seguro en el juego aéreo, de buena técnica. Un remate suyo en el último minuto ante Italia, que paró espectacularmente Zoff, pudo cambiar la historia.

Junior: Se supone que era el lateral izquierdo, pero en realidad jugaba prácticamente de interior en ese carril. Su fútbol era el de un centrocampista ofensivo. Dotado de gran técnica y capacidad física. Con 30 años salió de Brasil para fichar por el Torino, donde hizo tres buenas temporadas jugando como centrocampista organizador.

Falcao: El de más despliegue físico y el más “europeo” de todos: relevos en defensa, recuperaciones y participación activa en la presión. Claridad en los pases y sorpresa en sus ataques llegando constantemente desde atrás. Un futbolista total.

Toninho Cerezo: Un fino centrocampista con toques de inmensa calidad y mente de recuperador. Cerezo era un todocampista que subía, bajaba, cortaba, siempre estaba bien posicionado y además sabía cómo incorporarse al ataque para probar su potente disparo de media distancia. En Europa, Roma y Sampdoria disfrutaron de su fútbol. Se retiro con más de 40 años en el Atlético Mineiro.

Sócrates: Talento y personalidad, fue uno de los jugadores más singulares de todos los tiempos, doctor en medicina. Alto y desgarbado (medía 1,90), destacaba por una técnica y una elegancia exquisitas. Sin duda, un líder tanto dentro como fuera del campo. Con 30 años, y según dicen, más atraído por la cultura y la ciudad que por el fútbol, El Doctor fichó por la Fiorentina; apenas aguantó un año.

Zico: Las lesiones y que llegase a Europa con 30 años, le impidieron ocupar un escalón más alto en el escalafón de la historia. Como Cruyff y Beckenbauer, quizá fue el mejor jugador del mundo junto a Maradona de su década. De físico endeble, poseía un imparable regate y un gran disparo a puerta. Experto en lanzamientos de falta. Hablamos de un genio.

Eder: Extremo izquierdo que tenía en su zurda un cañón o un guante de seda, dependía del momento. Tremendamente irascible, sus continuas expulsiones, las agresiones a rivales y su problemático carácter le cerraron, no solo la puerta de la selección, sino la posibilidad de jugar en un grande de Europa. Con 31 años, disputó una temporada con el Fenerbahçe.

Serginho: Futbolista tosco y torpe, su fútbol chirriaba con el del resto de sus compañeros de equipo. Viéndole nadie diría que en Brasil fue un contumaz realizador. Junto a la portería y a la pocas ganas de defender de ese grupo, Serginho fue una de las patas de las que cojeaba el gran Brasil del 82.

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