En 1987, la Copa de Italia asistió a un duelo que cambió el rumbo del fútbol italiano y continental: el modesto Parma, entrenado por un desconocido Arrigo Sacchi, eliminó al todopoderoso Milán. Para Berlusconi, presidente de los rossoneri, no se quedó en una simple derrota. Tomó nota de aquel entrenador y de su forma de entender el fútbol. La temporada siguiente puso sobre los hombros de Sacchi su faraónico proyecto para crear un Milán campeón.

Ese Milán de 1987 se parecía mucho al actual. Tras pasar dos años en segunda, se había acostumbrado a vivir lejos de los primeros puestos. Entrar en la UEFA era un logro. Hacía nueve años que el equipo no ganaba la liga (78-79) y de la Copa de Europa no había noticias desde hacía dos décadas.

Lo primero que hizo Silvio Berlusconi fue sanear la economía del club. Su siguiente objetivo fue armar un súper equipo para dominar Italia y Europa.

Berlusconi y Arrigo Sacchi crearon, mano a mano, el mejor Milan de la historia. CordonPress.

El Milán tenía jugadores de clase en su plantilla, como Baresi, Maldini, Tassotti o Evani. A ellos sumó lo mejorcito de la liga italiana: Massaro, Donadoni, Costacurta, Galli, Colombo, Virdis y Ancelotti. Además, fichó a los dos mejores futbolistas holandeses del momento, Gullit y Van Basten.

Con esa materia prima arrancó el Milán de Sacchi. Su primer año fue complicado. La idea de juego no terminaba de cuajar y entre los más incrédulos se encontraban Gullit y Van Basten, con el que nunca sintonizó. Eliminados en segunda ronda de la UEFA por el Español de Clemente, y con un Nápoles muy sólido como líder de la Serie A, el rumor es que el sistema de Sacchi valía para equipos pequeños, pero no para los grandes clubes. Para colmo, Van Basten se lesionó de gravedad y se perdió gran parte de la temporada (algo habitual en su carrera). La prensa acusaba a Sacchi de “intruso”, al no haber sido un gran futbolista. Su respuesta era tajante: “No sabía que para ser jinete antes había que ser caballo”.

Una remontada espectacular en la segunda vuelta del campeonato, coronada con un 2-3 en San Paolo ante el Nápoles de Maradona, le dieron al Milán el Scudetto y el apodo de Gli Inmortali (Los Inmortales). Era el comienzo.

Sin duda el Milán de Sacchi cambió el fútbol. El equipo abandonó el catenaccio por un sistema muy novedoso y diferente. Según Ancelotti, pieza básica en ese nuevo Milán, «Arrigo cambió completamente el fútbol italiano, su filosofía, el método de entrenamiento, la intensidad y las tácticas». «Los equipos italianos estaban acostumbrados a centrarse en la defensa, nosotros defendíamos atacando y presionado». Defenderse atacando había sido la máxima de la Holanda de Michels en los 70, un equipo con el que el Milán guardaba muchas similitudes.

Básicamente la alineación más recordada de ese Milán está formada por: Galli; Tassotti, Costacurta, Baresi y Maldini, en defensa; en el mediocampo Donadoni y Colombo como interiores, con la pareja Rijkaard y Ancelotti de pivotes; Gullit actuando como mediapunta o segundo delantero, mientras Van Basten era la referencia más ofensiva. En 4-4-2 elástico y lleno de trabajo y talento.

Para el entrenador italiano, el conjunto siempre fue lo importante, de ahí que las lesiones, fundamentalmente las de Gullit y Van Basten, siendo importantes, nunca fuesen un drama. Por eso en la delantera, jugadores como Evani o Massaro tuvieron mucho protagonismo. La polivalencia era total. Colombo podía jugar tanto de volante como de lateral y Rijkaard era indistintamente central o mediocentro.

La clave para Sacchi estaba en saber conjugar bien tres ideas básicas: la solidez defensiva del fútbol italiano, la presión en bloque —como la jauría de la Holanda del 74— y un fútbol muy técnico y a la vez vertical que dominaban Van Basten y Gullit. Unificar esas tres ideas sólo se podía hacer de una forma: con rigor táctico.

Lo primero que hizo Sacchi fue convencer a los jugadores. Para demostrarles que la táctica y el sistema funcionaban hacía jugar al bloque defensivo —portero y cuatro defensas— contra diez jugadores de la plantilla a los que daba plena libertad para atacar. Los partidos duraban 15 minutos y el resultado solía ser 0-0. Con ello demostraba que el orden podía al talento y a la superioridad numérica desordenada.

El Milán de Sacchi era una máquina perfectamente engrasada, en la que tanto atacar como defender era un trabajo en bloque. Pero para engrasar esa máquina hacían falta horas y horas de entrenamiento. Con Sacchi se hicieron famosas las jornadas en Milanello de siete horas, los partidos de entrenamiento de 90 minutos sin balón, así como las eternas sesiones de vídeo. Cuenta Baresi que, nada más llegar al Milán, Sacchi le entregó horas de grabaciones en VHS con los mecanismos de Signorini, el líbero del Parma, y de su juego en línea.

Para conseguir esa idea de bloque era imprescindible mantener las distancias entre los futbolistas. Dicen que hasta llegó a atar a los jugadores en los entrenamientos con una cuerda para que nunca se separasen más de la distancia que él determinaba, ya que su Milán presionaba muy arriba con las líneas muy juntas con el fin de recuperar el balón inmediatamente tras una pérdida.

La defensa, en manos de Baresi, jugaba muy adelantada; él era el encargado de marcar la altura a la que defendía el equipo y salía continuamente para provocar el error o el fuera de juego del equipo rival. Era una táctica muy arriesgada. Se necesitaba una gran concentración y responsabilidad en el juego, una enorme predisposición al trabajo táctico y defensivo, muchísima sincronización y mucha velocidad de ejecución. El Madrid de La Quinta, por ejemplo, no supo enfrentarse a esa novedad táctica y se vio siempre desarbolado por un sistema para el que no tenían respuestas. Viendo el famoso partido del 5-0 se aprecia con claridad la llegada del fútbol moderno, que saca de escena a un Madrid que representaba lo antiguo.

El Presidente Silvio Berlusconi posa junto a Arrigo Sacchi con la Copa de Europa. Detrás de ellos la columna vertebral de aquel equipo: Baressi, Rijkaard, Gullit y Van Basten. CordonPress.

Fueron cuatro años de un gran dominio, más en Europa que en Italia. El equipo ganó dos Copas de Europa, dos Intercontinentales y dos Supercopas de Europa. En Italia se conformó con una liga. El Milán de Sacchi aceleró un cambio en el fútbol, aunque muchos de esos cambios ya se estaban fraguando en otros equipos. Sin embargo, hizo falta la aparición de un equipo ganador para que los cambios arraigasen.

El 4-4-2, por ejemplo. Fue revolucionario solo en Italia, donde los equipos jugaban con un 5-3-2, pero ya era un dibujo habitual en España o Inglaterra. La zona y la presión ya las había desarrollado la escuela soviética de Maslov y Lobanovsky, y mostrado al mundo la Holanda de Michels. La defensa avanzada y la trampa del fuera de juego eran el arma defensiva del Anderlecht de Pierre Sinibaldi y llevaba años trabajándose en Bélgica. Posiblemente lo más novedoso y revolucionario que aportó Sacchi fue el fútbol sin balón, el hecho de que los movimientos de los futbolistas pasasen a tener la misma importancia que los que se hacían con la pelota. Podríamos decir que con él y su Milán nació La cultura del movimiento.

Pero todo en el fútbol tiene respuesta. Las continuas lesiones de Van Basten y Gullit, la edad de varios de sus jugadores más importantes y, sobre todo y fundamentalmente, los cambios en el reglamento, en especial la regla del fuera de juego posicional, provocaron que el sistema fuese cada vez menos eficaz.

La realidad es que el método Sacchi fue y es clave a la hora de analizar y entender equipos y sistemas de la actualidad. Sin embargo él, como entrenador, no supo evolucionar su libreto, y aunque fue subcampeón del mundo con Italia, su recorrido como técnico se terminó antes de lo esperado. Como muchos antes y después, Sacchi fue devorado por Sacchi; se le olvidó que el fútbol es de los futbolistas, creyó que el que ganaba era él.

Su equipo:

Galli: Era un portero de gran físico, sobrio, muy de la escuela italiana que representa Zoff y que ha continuado en el tiempo Buffon. Dominador del juego aéreo y de gran personalidad.

Tassotti: El lateral derecho fue un jugador áspero, duro, de técnica justita pero buen físico y sobre todo muy disciplinado, una herramienta útil en un sistema que necesitaba de peones esforzados, laboriosos y fieles a los automatismos.

Baresi: Un gran central al que le tocó la lotería. Hasta los 27 años sólo era un muy buen central en un equipo que había jugado dos años en segunda. Suplente de Scirea en el Mundial 82, en el que, con 22 años, no jugó ni un minuto; tampoco estuvo en la lista de México 86. Fue la llegada de Sacchi y su sistema los que convirtieron a Baresi en un icono de los defensas. Futbolista rápido y muy inteligente, destacó por su lectura de la zona y el manejo del fuera de juego. Un grandísimo futbolista, pero absolutamente contextual.

Costacurta: Un central típicamente italiano. Rápido, agresivo, duro, con la técnica justa y una ajustada relación con el balón. Sólo se dedicaba a una cosa sobre el campo: defender. Prueba de ello es que tras 21 temporadas de profesional (se retiró con 41 años en el Milán) solo había marcado tres goles.

Maldini: El mejor lateral izquierdo que yo vi jamás y, durante bastantes temporadas, también un notable central. Muy poderoso fisicamente, rápido, disciplinado, de buena técnica y manejo del balón. Con un palmarés impresionante: cinco Copas de Europa (1989, 1990, 1994, 2003 y 2007), siete títulos ligueros (1988, 1992, 1993, 1994, 1996, 1999 y 2004), cinco Supercopas UEFA (1989, 1990, 1994, 2003, 2007), tres Copas Intercontinentales/Mundiales de clubes (1989, 1990, 2007) y una Copa Italia (2003). Pese a todo, en su biografía se define como “el futbolista más perdedor de la historia”.

Rijkaard: El holandés llegó en la segunda temporada de Sacchi. Rijkaard es el gran ‘todocampista”. Solía formar parte de un doble pivote peculiar con Ancelotti, pero era tan capaz de organizar el juego milanista como de ser indistintamente libre o central, puestos ambos donde rendía a gran altura. Futbolista indispensable en ese equipo.

Ancelotti: Era un centrocampista de gasoil. Inteligente, buena técnica, un mediocentro que veía el juego y lo entendía. Muy castigado por las lesiones, era un perfecto organizador, con un gran golpeo de balón. Capello dijo de él que era más inteligente que bueno.

Colombo: Centrocampista de trabajo, gran zancada y un notable espíritu de sacrificio. Otro peón como lo era Tassotti. Sacchi lo definió como un jugador útil al servicio del sistema.

Donadoni: Es uno de los futbolistas más infravalorados cuando se analiza aquel Milán. Donadoni era un comodín, lo mismo actuaba en el centro acompañando a Ancelotti si Rijkard era central, que lo hacía como interior en ambos costados. Trabajador, buen regateador, gran pasador, decidido, intenso y goleador. Donadoni era un crack en la sombra.

Gullit: El holandés era de forma individual lo que Sacchi buscaba en un equipo: versátil, dinámico, táctico, inteligente, atlético, disciplinado y goleador. Una pena que las lesiones le lastrasen tanto en su carrera. Cuando se hacen listas de los mejores del mundo muchos olvidan hasta qué punto era bueno Gullit.

Van Basten: Un delantero que cambió el perfil de los nueves de la época. Futbolista impecable en el remate, además poseía un enorme repertorio fuera del área. Él y Sacchi mantuvieron siempre una relación más que tirante. En su libro Calcio Totale, Sacchi explica por qué no consideraba a Van Basten un componente imprescindible en el equipo. Para él, la espina dorsal de su Milán, estaba formada por Baresi como defensa central, Ancelotti en el centro del campo y Gullit en el ataque; Van Basten era solo la guinda del pastel.

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