Los domingos solíamos comer más tarde y en esa época del año en la que asoma el buen tiempo mi padre nos preparaba su primorosa paella de marisco. Estaba a punto de empezar la primavera. Disfrutábamos de esos días en que Madrid luce particularmente hermosa y se hace muy difícil concentrarse para estudiar. Me quedaba un rato de tiempo libre antes de salir de casa y aproveché para repasar mi examen de Lengua del día siguiente: un análisis sintáctico de 10 oraciones compuestas. Me lo sabía bastante bien. A las 4 me despedí de mis padres y mis hermanos y salí de casa.

Había quedado con mi amigo Carlos en el Wendy que había en la calle Orense para tomarnos un café antes del partido. Llegué yo primero y después empezaron a presentarse los nervios. Por la calle circulaba gente de todas las edades con gorras y bufandas del Real Madrid. El ambiente era magnífico.

Al fondo vi a Carlos, que me saludó brazo en alto y me señaló con gestos que cruzara el paso de cebra hacia su lado de la calle. ¿Nervioso? Me preguntó. Mucho, respondí. Tú estás acostumbrado. Para mí es la primera vez. Después, tomamos un refresco en la barra de un bar en la esquina de Orense con General Perón y caminamos hacia el estadio. Eran las cuatro y media y el nivel de excitación era creciente. A Carlos le gustaba el fútbol tanto como a mí. Nuestra primera crónica en común la hicimos después de que el Bayern de Múnich nos eliminara de la Copa de Europa en la temporada 75-76, en un texto en el que el alemán Netzer salía especialmente mal parado. Ya habían pasado casi 10 años de aquello.

Pocos minutos después, por primera vez en mi vida, tendría la ocasión de poder hacer mi crónica sin depender del resumen de la tele. Contaría lo que verían mis propios ojos.

Nos dirigimos a la puerta 4 del estadio, donde Carlos presentó sus abonos. Mi corazón ya estaba a mil por hora y empecé a mirar a todas partes sin ver nada. Lo quería absorber todo. Empezamos a subir unas escaleras que nos conducían a los asientos. Sin esperarlo, me encontré ante una impresionante alfombra de un verde intenso como no había contemplado jamás. Era un tapiz perfecto, liso, interminable. Junto a esa primera impresión de la vista llegó otra para el olfato: ese olor a hierba fresca recién regada se mezclaba con el humo de los puros que se fumaban desde distintos lugares de la grada.

Había muchísima gente entrando, sentándose, comentado la jugada: ¿No saca al Buitre? ¡Este es un cagao, con el partidazo que hizo en Cádiz! Yo miraba hacia todas partes, arriba, a los lados, al césped, a los anuncios de las vallas de publicidad. En un momento, Carlos me preguntó algo, pero en este instante salieron a calentar los jugadores del Sevilla. Vestían de color rojo. Apenas reconocí a Buyo, su portero, a Francisco, un centrocampista maravilloso y a Pintinho, un brasileño de juego alegre y creativo. Se escuchó algún silbido en la grada, poca cosa.

Enseguida saltaron los nuestros. Ahí estaban Miguel Ángel, Chendo, San José, Sanchís, Camacho, Gallego, Stielike, Ángel, Martín Vázquez, Juanito, Santillana… venían corriendo hacia nuestra zona de la tribuna. Saltaban, corrían, le pegaban a la bola, organizaban pequeños juegos y rondos. Antes que a nadie busqué a Juanito, mi ídolo. Estaba en una esquina del área grande lanzando balones con el exterior del pie derecho a Martín Vázquez, quien, tras parar la pelota con el pecho, respondía con el mismo ejercicio. Se escuchaba el sonido seco de cada golpeo del balón y cómo caía y se deslizaba por el césped. No quería dejar de mirar nada: las camisetas con el rótulo de Zanussi, las paradas que hacía Miguel Ángel a los tremendos disparos de Metgod y Stielike, las carreras de Sanchís y Camacho, las filigranas de Gallego, los saltos al aire de Santillana. Asistía a un espectáculo de baile con coreografías diversas. Creo que me encontraba muy cerca del éxtasis o de lo que debe ser el éxtasis: la plenitud de la exaltación de la belleza de este juego, de este baile, de esta música. Carlos, amigo de siempre, era consciente de lo que me estaba pasando y no quería interrumpir mi instante de dicha. Permanecía en silencio a mi lado, muy feliz por vez tan feliz a su amigo.

La carrera de los jugadores hacia el vestuario, justo antes de empezar el partido, me despertó por un momento de mi sueño. Hablé un segundo con Carlos. No me acuerdo de qué. En mi retina había ya suficientes imágenes para escribir cien crónicas de un partido que aún no había empezado; un partido que acabaríamos empatando y que —no les engaño— dejaría pocas cosas bonitas. La más bella que dejó fue la celebración de esa primera comunión espiritual con un mundo de ilusión y un escenario de ensueño. Concluyo con algo que ustedes no imaginan: en realidad aquel partido no terminó nunca…

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