Ante el Mallorca, Zidane sorprendió a propios y extraños con un nuevo sistema. Su equipo saltó al campo con un 4-2-3-1, dibujo que ya había utilizado en alguna otra ocasión; la novedad fue que lo hizo con cuatro delanteros. Todos los que seguimos y analizamos las alineaciones del técnico francés sabemos que su dibujo de diario es el 4-3-3. Así jugó ante Espanyol, Betis, Getafe, Granada o Levante. Cuando llegaron los partidos duros decidió apostar por un 4-4-2, protegiéndose con un centrocampista más, papel que casi siempre le ha correspondido a Isco. Sólo cuando la BBC estaba a pleno rendimiento —algo que con Bale era casi un imposible—, Zizou afrontó partidos a cara de perro con un 4-3-3.

Zidane ha logrado grandes triunfos con los blancos. Tres Champions seguidas es algo que quedará para la historia y, como el salto de Bob Beamon en México, esa marca tardará muchos años en ser superada.

No obstante, el gran triunfo del entrenador madridista no ha sido ese. Su gran logro es que nadie cuestiona su fútbol. El ejemplo más cercano lo tenemos precisamente ante el Mallorca. Todo el mundo habló de lo sorprendente de sus cuatro delanteros y de cómo el equipo ganó. Pero casi nadie comentó si había jugado bien o mal, que posiblemente era lo realmente importante. Prensa y opinadores han hablado de su cambio de dibujo, de sus 178 alineaciones en 202 partidos. La noticia es esa y no el fútbol que practica el equipo.

Semanas antes del parón por el Covid, Rodrygo Goes, debutante este año y una de las sorpresas agradables del comienzo de temporada, fue descendido al Madrid B sin sitio en el primer equipo. Al joven delantero brasileño, marcar siete goles y ser tercer pichichi tras Karim y Ramos no le valió. Futbolistas de dudoso rendimiento, lesionados o desterrados eternamente a la grada, estaban incomprensiblemente por delante de él. No hubo ni preguntas ni explicación del porqué. Y de la misma forma que se fue, volvió, titular en el primer partido ante el Eibar. Para luego volver a irse: ni un minuto más hasta el día de hoy. ¿Por qué jugó entonces?,¿Por qué ya no juega?, ¿Lo hizo mal? Con Zidane eso dejó de importar hace mucho tiempo.

Nadie pregunta a Zidane por Militao, el central más caro de la historia del Real Madrid, con siete titularidades en todo el año. Nadie le cuestiona sobre Brahim, o la razón por la que ni Mariano ni Jovic le sirven para dar un descanso a Benzema. Nadie le pregunta por qué dejó al equipo en Navidad sin suplente para Carvajal, permitiendo la salida de Odriozola. Por no hablar de James. Nadie le interpela por Mendy, del que se pensaba iba a ser titular en el lateral izquierdo y solo es un suplente de Marcelo de 50 millones. ¿Para eso no le valía Reguilón? Nadie le pregunta por qué tras cuatro años entrenando a Llorente, y tras sus buenos partidos en la etapa Solari, Zidane no supo ver lo que Simeone ha visto en apenas unos meses a su lado. O por qué un internacional con la absoluta, Ceballos, no le vale ni como suplente. Nadie le pregunta por eso porque sería hablar de fútbol y ya sabemos que de fútbol con Zidane no se habla.

El francés sonríe, y ante cualquier atisbo de crítica, sus seguidores zanjan la discusión: del fútbol del Madrid no se habla. Tres Champions y una Liga aplastan cualquier debate, pero la realidad es que desde la temporada del doblete (2016-17), el equipo ha jugado más mal que bien. La 2017-18 se salvó con una rocambolesca Champions y la huida de Zidane. La 2018-19 fue un disparate que Zizou no logró enderezar con su inesperada vuelta. Este curso, la temporada de los grandes cambios, la del “sé lo que hay que hacer y lo haremos”, el Real Madrid está eliminado en Copa, obligado en Champions a ganar al City en su casa y peleándole la Liga al peor Barça de los últimos diez años. Y todo ello, con Carvajal, Varane, Ramos, Marcelo, Casemiro, Kroos, Modric, Benzema y dos más; o sea, siete de los once del equipo de Ancelotti ( 2014-15) y ocho del de Benitez (2015-16). Pero de fútbol y del fútbol del Madrid no se habla…

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