Jesús Landáburu (Palencia, 1955) debutó en el Valladolid en 1971. En 1977, fichó por el Rayo y desde allío dio el salto al Barcelona y al Atlético de Madrid. En 1988 se retiró en el conjunto colchonero tras problemas con Jesús Gil. El fútbol no ha sido su única ocupación y preocupación. Se licenció en Físicas en la Complutense, en la especialidad de Cálculo Matemático. Después de trabajar durante más de 20 años como programador informático en una consultoría de Madrid, actualmente está jubilado y colabora con dos ONGs.

—Lo último que sabemos de usted es que colabora con dos ONG. ¿Cómo está llevando su trabajo de ayuda a inmigrantes durante la pandemia?

—No hemos podido atender a las personas de manera presencial. Por tanto, hemos buscado nuevas formas de atención. Normalmente, por teléfono. Ha sido complicado. Sólo el Banco de Alimentos ha funcionado de manera presencial durante el confinamiento.

—¿De dónde reciben fondos?

—Una parte viene de nuestros socios colaboradores y de donantes. Otra de subvenciones de las administraciones.

—¿En qué número han aumentado las familias necesitadas?

—Los números exactos no los sé. Es cierto que nos han llegado más personas derivadas de otras entidades: ayuntamientos, centros de asistencia social, Cruz Roja… Fundamentalmente, nos han llegado solicitudes de alimentos. Es lo más urgente y que lo más se echa en falta. El incremento ha sido notable. Además, nosotros tenemos un grupo de apoyo escolar. Y a los niños les ha afectado especialmente. Ellos tienen menos posibilidades de acceso a internet y de ayuda con los deberes. Ahí también hemos notado ese incremento.

—El Valladolid y las peñas del club han llevado a cabo iniciativas de tipo solidario. ¿Cree que el fútbol puede hacer más de lo que hace?

—No lo sé. Cuando hemos necesitado ayuda del Valladolid, han estado encantados de ayudarnos. Desde hace ocho o nueve años, hacemos un partido y una Operación Kilo para nuestro banco de alimentos antes de Navidad. En los tres últimos años, la Federación de Peñas del Valladolid ha colaborado.

—¿Cómo valora el trabajo de Ronaldo al frente del club?

-Muy bien. Intuyo que los jugadores están encantados. Ronaldo es una persona que conoce el fútbol. Además, entiende al futbolista y sabe cómo piensa.

—¿Qué le parece que el Barcelona haya hecho un ERTE y se esté hablando del fichaje de Lautaro Martínez por 100 millones de euros?

—No estoy muy al tanto de estas noticias y no puedo opinar.

—¿Cree que es una irresponsabilidad que regrese el fútbol?

—Me parece muy extraño que después de un parón tan largo vuelvan a disputarse partidos. Sobre todo, al ritmo que se van a disputar. El parón del verano es diferente, porque después se juegan partidos amistosos. Y se coge el ritmo a lo largo de cierto tiempo. Sin embargo, ahora van a pasar de cero a 100 y tienen que jugar partidos oficiales. No sé cómo lo soportarán los jugadores.

—Viendo los partidos de la Bundesliga, parecen más entrenamientos que partidos…

—Esa es la sensación. Recuerdo que con el Atlético de Madrid jugamos una eliminatoria de Recopa frente al Celtic de Glasgow. Ellos estaban sancionados con dos partidos a puerta cerrada y la sensación fue muy extraña. Parecía más un entrenamiento que un partido.

—En 1978 se licenció en Físicas, en la especialidad de Cálculo Matemático. El coronavirus se ha convertido en objeto de muchos análisis, no sólo para los sanitarios y los científicos, también para los matemáticos. ¿Cómo se controla una pandemia como esta desde los números?

—No es esta mi especialidad. No obstante, cualquier modelo matemático requiere datos fiables para ser fiable. Si añades datos que no se cuentan siempre de la misma manera, es imposible hacer un modelo matemático que prediga qué puede pasar.

«La fiabilidad de los test es limitada. Es como usar una cuerda en lugar de un metro para saber una distancia»

—¿Son claves los test para acorralar la enfermedad? ¿Cuántos habría que hacer y a quién?

—No estoy muy al tanto, pero la fiabilidad de los test es bastante limitada. Es como usar una cuerda para saber una distancia en lugar de un metro.

—¿Cómo cree que se ha gestionado la crisis? ¿Entiende las caceroladas de la tarde?

—Lo entiendo perfectamente, pero me gustan más los aplausos. Ese gesto se ha hecho para los sanitarios. Sin embargo, hay mucha más gente que merece el aplauso: los que se han ocupado de que los alimentos llegaran a los supermercados, los trabajadores de las tiendas… En general, todos los que nos han cuidado durante el confinamiento.

—Usted es un referente si hablamos de futbolistas con conciencia social. ¿Cómo se vivió la muerte de Franco y la Transición desde los ojos de un futbolista?

—No sé, me pilla ahora muy lejos. Más de cuarenta años después, parece que fue un proceso muy natural. Es cierto que hubo cierta incertidumbre por lo que podía pasar, pero se llevó muy bien. Dimos muestras de civismo y de ser buenos ciudadanos.

-En 1977, usted fichó por el Rayo, un club que se asocia con la ideología obrera. ¿Tenía ya entonces ese carácter de club de izquierdas como ahora?

—Más que ahora, posiblemente. El Rayo estaba muy unido a Vallecas, un barrio obrero. El equipo formaba parte de la cultura y el orgullo del barrio.

—En 1979 se marchó al Barcelona. ¿Se encontró una Ciudad Condal tan polarizada como en la actualidad?

—No tenía nada que ver con lo que se ha convertido ahora. Estuve allí tres años y no tuve ningún problema. Estuve muy a gusto. En aquel momento, no existían los problemas que han creado después.

—El 23-F lo vivió como futbolista del Barcelona. ¿Recuerda cómo pasó aquella noche? ¿Recibieron alguna instrucción del club?

—No recibimos instrucciones. Ese día me pasó una cosa curiosa. Yo me enteré del golpe de Estado en el coche. Fuimos varios jugadores a comer fuera de Barcelona y nos enteramos a la vuelta. Le dimos tan poca importancia que esa tarde fuimos a clase en ESADE. Algunos hacíamos un máster de Administración y tuvimos clase de siete a diez de la noche.

«El 23-F cenamos cuatro matrimonios de futbolistas en un restaurante cercano a un cuartel con tanques. No se vivió ninguna situación extraordinaria»

—No les preocupó demasiado…

—De hecho, estuvimos cuatro matrimonios de futbolistas cenando en un restaurante típico de Barcelona. El restaurante estaba prácticamente al lado de un cuartel que tenía tanques. No vimos ningún movimiento y estuvimos muy tranquilos. En la Ciudad Condal no se vivió ninguna situación extraordinaria.

—¿Por qué cree que ha crecido tanto el independentismo en Cataluña?

—No se atajó en su momento. Por otro lado, manipular a la gente con el odio siempre es fácil. Es una estrategia que da resultados, aunque sea muy cuestionable moralmente. Creo que no hay más.

—En Barcelona, usted coincidió con Kubala, Udo Lattek y Helenio Herrera. Defíname con una palabra a cada uno.

—A Herrera es difícil describirlo con una palabra. En su etapa en el Barcelona, ya llegó mayor. Él fue un genio que revolucionó muchas cosas. Kubala fue un grandísimo jugador, pero como técnico le afectaban demasiado los malos resultados. Él se manejaba mejor con la Selección, porque no tenía que estar en el día a día. A Lattek le pegaba mucho ser alemán, por la idea que tenemos de ellos: gente dura, recia, cuadriculada…

—Si tuviera que poner una nota de cero a diez para calificar el paso de Gil por el Atlético de Madrid, ¿cuál sería?

—Un tres. Personalmente, no me fue nada bien con él. Él dijo de mí que utilizaba mi inteligencia de universitario contra el club.

—¿Los futbolistas estudiosos eran sospechosos en aquella época?

—Éramos pocos. En el Rayo, curiosamente, coincidimos seis o siete universitarios. Aquella temporada fue la primera de los vallecanos en Primera.

Sebastián Losada dejó el fútbol a los 27 años. ¿Usted también tuvo la tentación de dejarlo antes de tiempo?

—No. Tampoco lo quise estirar demasiado. En 1988, cuando me despidieron del Atlético de Madrid, pensé que no me compensaba seguir y me retiré. En aquel momento tenía que cambiar de ciudad, los niños tenían que cambiar de colegio… Mientras pude y disfruté jugando no me planteé dejarlo.

—Cuando estaba en el Barcelona y en el Rayo, usted iba a misa en algunas concentraciones. ¿Usted cree que le falta espiritualidad al fútbol?

—Es un tema muy personal. En Barcelona, había veces que iba un cura a las concentraciones y nos solíamos apuntar algunos. No recuerdo cuántos éramos.

—¿Diría que hay un fútbol de izquierdas y otro de derechas?

—No, creo que no. Lo grande del fútbol, y lo que lo ha mantenido a flote, es que ha estado al margen de la política. Y lo más importante: no ha dejado a los políticos entrar en el fútbol.

—El 1% de los ricos acumula el 85% de la riqueza global. Como dato, ¿qué le sugiere eso?

—Que está mal repartida la riqueza.

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