Melillero es como se le llama en Málaga al ferry que hace el trayecto hasta Melilla y que, hasta hace muy poco, todas las tardes menos los domingos, hacía su entrada en el puerto a eso de las siete, aminorando su marcha. Entonces, justo en el momento en el que la proa del buque dejaba de verse tras el espigón de San Andrés, se formaban dos o tres olas que, sin apenas sobresalir un poco más que las normales, se metían, cuando rompían en la orilla, diez o doce metros más que el resto, de una manera suave, pero persistente, barriéndolo todo. Ellos las esperaban impacientes, porque era el mejor momento de la tarde, porque esas olas que producía el barco que llegaba de Melilla a las siete de la tarde siempre terminaban mojando a los incautos, a todos aquellos que no eran de Málaga y que no sabían lo que pasaba.

Mientras el barco hacía su entrada por la bocana del puerto, todo el mundo, y casi al mismo tiempo, iba cogiendo sus toallas, sus sombrillas y sus neveras, y se retiraba hacia atrás por lo menos diez metros, todos a una; todos a excepción de los turistas, que se quedaban solos sin darse cuenta del peligro mientras los malagueños esperaban a que la ola mojase las toallas de esos incautos, chivos expiatorios de una broma, provocando enormes risas que se esparcían por toda la playa, como el viento de levante o como las bandadas de gaviotas. En ese momento, con la pequeña pero persistente ola avanzando inmisericorde hasta ellos, y mientras se daban cuenta de que los habían dejado solos en primera línea sin decirles nada, se consideraba que ya habían bautizados, y ya eran malagueños, y la próxima vez, la próxima ola, ya serían ellos quienes se uniesen también a la risa a costa de otros inocentes.

Ella era siempre la que, muy seria, de pie en la orilla y oteando el horizonte, les decía a sus hermanos cuáles eran las olas, porque ellos no las esperaban de pie atrás, sino agachados en la orilla, justo donde rompen, con decenas de niños cubriendo el escalón por completo, de rodillas, tumbados, dispuestos a revolcarse y a que las olas los arrastrasen entre la espuma y la arena mientras, con la cabeza erguida, como pequeñas tortugas, intentaban ver cómo se mojaban los que venían de fuera, todos los días, uno tras otro, porque siempre había alguien. Y ella era siempre también la que más abría la boca al reírse, utilizando la mano para señalarlos mientras lo hacía, sin importarle que los perjudicados la vieran o no, porque le daba igual, porque nunca le importó, mientras que su hermana se giraba intentando disimular un poco, utilizando su mano para taparse la boca.

Esa primera ola, era la única que mojaba a los incautos, porque ya, la segunda y la tercera, no lograban cogerlos desprevenidos, así que la atención de los tres se fijaba rápidamente en contemplar los destrozos que le ocasionaban al castillo recientemente construido en la arena, siempre enorme, siempre el más grande de toda la playa, con su muro, y su foso y sus torreones y sus almenas, contemplando cómo las olas lo iban aplanando hasta que, tras pasar ya la tercera, se tiraban saltando encima para terminar de derruirlo y que no quedase nada.

Ellos tres eran felices con esas cosas pero, sobre todo, eran felices cuando ella los dirigía, metiéndolos en problemas, convenciéndolos para que se fueran con ella hasta donde no hacían pie, sin importarles el riesgo y sin sentir el peligro, solo pensando en divertirse y en hacer cosas que otros niños no hacían, mientras me decían que yo era el padre más irresponsable que habían conocido. Ella, sin ellos saberlo, los estaba haciendo fuertes y valientes, situándolos un paso más adelante que el resto, ganando siempre, y nunca dejó de lograrlo porque su tropa tenía una fe ciega en ella y si ella decía que se podía, ellos no se lo pensaban, porque estaban con ella y con ella todo era posible, jugando a estar solos mientras yo los miraba desde la orilla, incansables y felices mientras el sol se iba poniendo a nuestras espaldas, entre las enormes chimeneas, aguantando para quedarnos los últimos y si se hacía de noche, mejor, irresponsables y felices mientras el mundo iba desapareciendo a nuestro alrededor mirando cómo las gaviotas se disputaban los trozos de pan que se encontraban, hasta que solo quedábamos nosotros y nadie más. Solos en medio del mundo. Solos, irresponsables pero tremendamente felices.

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