Soy afortunado y lo sé. Vivo en la típica calle inglesa, en una casa y con jardín. Normalmente hay tráfico pero ni comparable con el del Chamartín en el que viví mis primeros 32 años. Para seguir con mi fortuna, mi empresa no ha modificado su actividad ni nuestros sueldos y además puedo trabajar desde casa. 

Cada mañana, aunque cada día hay un poco más de tráfico, el sonido dominante es el piar de los pájaros, cada vez más sonoro. Siempre hubo pájaros y desde hace años tenemos un pequeño nido en el jardín, pero nunca vi tantos pasar tranquilamente. La mejora del medio ambiente es evidente y la confianza de los pájaros es mayor; se sienten más libres y más cómodos. Tanto es así que hace unos fines de semana, mientras paseaba a mis perros apareció un zorro en medio de la calle. Es habitual, o al menos no sorprende, que paseen clandestinamente en medio de la noche antes de la recogida de basuras, pero nunca se les había visto tan libres a las diez de la mañana de un domingo, como quien camina por el Parque del Retiro. 

Reducir el tráfico diario ha mejorado el aire que respiramos, qué duda cabe. Sería bueno que, cuando podamos volver a la normalidad tras la crisis del virus, incorporemos las mejoras que hemos visto. El teletrabajo tiene algunos inconvenientes, pero también muchas ventajas. No sólo mejoramos el medio ambiente; ahorramos gasolina, no abusamos del coche, que así nos puede durar más, y ahorramos ese bien immaterial y que tanto estamos apreciando: el tiempo. 

Volveremos a las oficinas, colegios, universidades, cines y restaurantes, naturalmente. Pero también sería bueno mantener muchas de las medidas sanitarias. Trabajo en las oficinas de una fábrica de productos de higiene y salud y es sorprendente (y cabreante) cuánta gente pasa por el cuarto de baño y como mucho se moja las puntas de los dedos. Ninguno de ellos está en contacto con el producto, claro, pero tampoco tengo ganas de que me den la mano. Ahora todos podemos tener más reticencias.  Mejorar la higiene personal de la población será un gran avance. ¿Quién no ha tenido la mala fortuna de compartir transporte público o asiento en el cine con un ciudadano que no ha tenido constancia de la invención del desodorante? 

Mi cuñada me comentaba un día que no le gustaba que un tío, al presentarse, asumiera que ella aceptaría dos besos a modo de saludo. Ahora será más fácil rechazar al tipo que al saludarte en el trabajo cree necesario crujirte la clavícula. No es nada británico el quejarse, no vaya a ser que el otro se ofenda. Pero es de esperar que este personaje empiece a abstenerse, porque en inglés no hay forma de decir “eh, lo que quieras, pero sin tocar”, como repetían Faemino y Cansado.

Volviendo a lo de dar la mano, tampoco echaré de menos los malos apretones por exceso (los que parecen querer hacer daño) ni por defecto (los que te ofrecen una mano con la consistencia de un globo sin fuerza). No soy alérgico a la gente, que conste, pero quiero decidir quién me abraza y quién me besa. 

Encontrarse con los vecinos a la entrada de casa o al salir a aplaudir resulta, estos días, gratificante. Hemos dejado de lado desconfianzas o antiguos rencores por cosas que ni recordamos. Hemos sido, en general, más solidarios con los demás, aunque siempre hay quien pone sus intereses y “libertades” por encima de las del resto. 

Hablamos de volver a la normalidad y creo que aquel viejo escenario era consideraba como fundamentales cosas que nunca debieron serlo. Esperemos que la normalidad del futuro sea mejor que la que dejamos atrás. 

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