El río Bidasoa baña las orillas de una isla singular, única, excepcional. La Isla de los Faisanes. Pequeña de tamaño, pero de una grandeza histórica sobresaliente. Su presencia en el devenir de los tiempos atestigua su monumentalidad y trascendencia.

Este montaraz río navarro, en su nacimiento y cabecera, surge a la vida en el pico de Astaté, en plena cordillera pirenaica. Allí su nombre es río Baztán. Después de serpentear por el  hermosísimo valle del mismo nombre, en Oronoz-Mugaire, todavía montano navarro, pasa a denominarse Bidasoa. Desde Endarlatza se convertirá en un montañés  caudal guipuzcoano hasta morir, rindiendo su tributo al mar Cantábrico, en la bahía de Txingudi, en pleno golfo de Vizcaya. Hondarribia y Hendaya le despiden en su morir. Apenas sesenta y seis kilómetros de vida transitados por hermosos valles saludando a su paso a hermosas villas. Sin pretenderlo, pero sin poder evitarlo, es frontera natural entre España y Francia.

Y es en su desembocadura, en las proximidades del paraíso natural de las marismas de Txingudi, donde se encuentra nuestra deshabitada isla. Ile des Faisans, Ile de L´Hospital, o Ile de la Conference, en francés; Faisaien Uhartea, o Konpantzia, en vasco; o en castellano, Isla de los Faisanes. Su diversa denominación nos manifiesta la diversidad de su particular naturaleza político-administrativa e histórica. Sus apenas dos mil metros cuadrados, con espesa y cuidada vegetación, hacen de este islote fluvial el condominio más pequeño del mundo. Francia y España ejercen, de forma semestral, su dominio de forma ininterrumpida desde que, el 27 de marzo de 1901, un Convenio franco-español regulara su jurisdicción por turnos de seis meses. Actualmente, su administración y orden corresponde a los comandantes franceses de Bayona y comandantes  navales de San Sebastián por parte hispana. Este punto se acordó el 14 de agosto de 1908.

Así pues, desde el 1 de febrero y hasta el 31 de julio de cada año la isla es española, desde el 1 de agosto hasta el 31 de enero es gala. Pero su biografía y el origen de esta situación se remontan al siglo XVII. Reinando del Rey Planeta, o Rey Pasmado, Felipe IV de España y su homónimo francés, Luis XIV , el Rey Sol, allí de firmó, nada más y nada menos, que el Tratado de los Pirineos, el 7 de noviembre de 1659, poniendo fin a nuestra común guerra desatada desde 1635 entre ambos reinos.

isla de los faisanes, la tierra de Francia y España
isla de los faisanes, la tierra de Francia y España.

Se puede afirmar, sin temor, que el hundimiento político español se sellaba en aquel tratado. Sin embargo, la deriva ya se había iniciado desde el reinado de Felipe II, confirmándose durante los desgobiernos de sus sucesores. Francia, Inglaterra y Suecia asumían el protagonismo de la escena internacional.  Aquella ceremonia fue distinguida con la presencia, en representación de Francia, del cardenal Mazzarino; por el lado español fuimos acreditados por el entonces valido del rey, Luis de Haro y Menéndez Guzmán, hombre fuerte de la corte desde 1643, después del dominio del conde-duque de Olivares, desterrado por el monarca.

Ceremonia de cambio de autoridad en la Isla de los Faisanes
Ceremonia de cambio de autoridad en la Isla de los Faisanes

Los términos firmados no fueron en absoluto positivos para los intereses de España. Cedíamos ante Francia en las Provincias Unidas de los Países Bajos y en el Rosellón. Veinticuatro conferencias tuvieron lugar hasta la ratificación del acuerdo final. Allí también se comprometieron en matrimonio la infanta, María Teresa de Austria, hija de Felipe IV y su primera esposa, la reina consorte, Isabel de Borbón, con el monarca francés Luis XIV. Así se convertiría en yerno de sus tíos carnales. Políticas matrimoniales de estado como en tantas ocasiones. La ceremonia se celebraría el 9 de junio de 1660 en San Juan de Luz. La felicidad de María Teresa y la honorabilidad de España fueron seriamente comprometidas.

La isla de los Faisanes no tiene aves y no se puede visitar, pero debe ser reconocida por haber sido distinguida por la historia. Grandeza en su pequeñez, riqueza en su discreción. Allí, cada 31 de julio, España cede su dominio a Francia en una solemne ceremonia, discreta eso sí. Solamente un monumento levantado con motivo del trescientos aniversario de la firma del tratado deja constancia de su proyección pretérita hoy. No es simplemente una masa de tierra en medio del curso fluvial del río Bidasoa, es una pequeña gran porción de nuestra historia, un capítulo más de nuestro acervo cultural y patrimonial. Un episodio de nuestra endémica rivalidad con nuestro vecino del norte. Isla recogida, recoleta, desconocida, pero por la historia señalada y distinguida. Nombre hermoso para una tierra por la naturaleza cincelada y moldeada.

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