Comencemos con la letra pequeña: el coronavirus se ha llevado la Eurocopa de los terrenos de juego, pero no de mi imaginación. A partir de aquí, voy a desarrollar el torneo sin más razón para los resultados que el desarrollo del partido según sople el viento, o según qué jugadores hayan hecho algo destacable en el retorno de las ligas, según qué canción acabe de escuchar o según cuál haya sido el último artículo que he leído en A la Contra, o según qué película me apetezca ver. Es decir, todo caprichoso y susceptible de cambiar en cada momento. No tengo pensado quién va a ganar ni quién va a darse el golpe más sonado, ni mucho menos intento sustituir un programa informático que, por medio de miles de algoritmos, nos diría el resultado más probable de cada partido. Simplemente pretendo entretenerme y quizá que ustedes sigan con interés el desarrollo de esta Eurocopa que no pudo ser.

Preámbulo

Antes de llegar al partido inaugural, hubo que resolver los play-off surgidos del sudoku avanzado compuesto por la fase de clasificación y la Liga de las Naciones, aquella que acabó con victoria de Portugal. En el play-off A, se clasificó Hungría tras ganar 0-2 a una Bulgaria muy pobre y superar a Rumanía en Budapest por penaltis tras un disputado 1-1 . El grupo B anticipaba una final entre las dos Irlandas en Belfast, pero ambas fueron derrotadas en sus visitas a Bosnia y Eslovaquia. El olfato de gol de Dzeko y el factor campo clasificó a Bosnia para su primera Eurocopa. En el grupo C, la Noruega de Odegaard derrotó a la Serbia de Jovic en la primera semifinal, malas noticias para un Real Madrid con ganas de poner al serbio en el escaparate. Noruega perdió su sitio en la Eurocopa en Oslo en favor Escocia tras un pesado 0-0 y una tanda de penaltis irregular. Buenas noticias para un Real Madrid que no tenía ganas de poner a Odegaard ante más escaparates. Kosovo se hizo con la última plaza en un grupo que disputaban cuatro posibles debutantes y gracias a un fútbol atrevido pero algo ingenuo. Su premio, enfrentarse a Portugal, Francia y Alemania.

Transcurre lentamente el espectáculo inaugural en Roma y deseo que el futbol no se retrase. No soy aficionado a las ceremonias de apertura y clausura ni siquiera en los Juegos Olímpicos, ese momento en que cada sede aprovecha para proclamar la suya como “la mejor ceremonia de la historia” y así colgarse la primera medalla de oro, aunque sea virtual, de la competición. Chovinistas somos todos. Me aterra pensar que, en una competición con 12 ciudades en 12 países, podamos tener una serie interminable de ceremonias inaugurales. Me doy cuenta de que suenan ya las últimas notas de il canto degli italiani, el himno italiano, coreado por el publico de Roma, mayoritariamente apoyando al equipo local. Se espera que los turcos tomen Bakú, la segunda sede del grupo, en sus próximos dos partidos.

Italia viste camiseta blanca y pantalón azul y Turquía de rojo. El partido empieza un poco acelerado en busca de que alguien se haga con el control del balón: a falta de Pirlo, Italia espera que el joven Tonali y Jorginho se hagan con el centro del campo. Turquía juega feliz dejando pasar minutos en un partido descontrolado a la espera de cazar un gol. Pasados unos minutos, el correcalles se asienta en el partido tradicional con el que comienzan los torneos: fundamental no perder para ir construyendo la confianza del equipo, no se pueden cometer errores de bulto. Italia juega lenta y Turquía no sufre. No es un partido malo pero tampoco será un clásico que revisar en un verano sin futbol: todo parece indicar que será un partido de pocos goles, si acaso llegase alguno. ¿Quizá a balón parado?

En el minuto 43, una de las pocas jugadas de ataque de Turquía acaba en córner. Donnarumma mide mal la salida y Soyuncu, el central del Leicester, remata fácilmente a gol en una jugada que recordaba al gol de Godin en Lisboa. El pequeño grupo de aficionados turco en el Olímpico de Roma celebra el gol, mientras los italianos murmuran, sabedores de que su selección es capaz de llegar muy lejos o apearse al comienzo del torneo, sin término medio.

Durante el descanso calienta Zaniolo, ídolo de la Roma, que cumplirá 21 años unos días antes de la final. El público romano, tímidamente, había silbado al ser citado su nombre entre los suplentes, protestando la decisión del seleccionador Mancini, que al fin y al cabo era un ex del Lazio del que no cabía fiarse.

Zaniolo se mueve con libertad por ambas y bandas e intenta conectar tanto con Tonali y Jorginho como con Immobile en la delantera. Hasta esta segunda parte, el juego de Italia había sido plano, cómodo en la posesión pero sin crear peligro a una selección turca bien plantada y poco ambiciosa con el 0-0 y menos aun tras el gol. Zaniolo intenta eliminar rivales encarando y regateando, ofreciendo algo distinto al juego del equipo. En una de esas acciones fuerza una falta del centro del campo turco, en la zona derecha del campo, aún a unos 40 metros de la línea de gol. Bonucci, central y capitán de los azzurri, remata el preciso centro con la zurda de Zaniolo. Transcurridos 60 minutos de partido, el empate calmaba la impaciencia que se hacía latente en el estadio.

El jugador de la Roma es el rey del partido, como Baggio en su aparición 30 años antes en el mismo escenario. Conviene recordar que es fácil derribar los listones que se sitúan demasiado altos. Turquía decide dar un paso más atrás e Italia no consigue encontrar huecos en la defensa. El público italiano miraba al reloj viendo los minutos pasar a la velocidad inversa que los aficionados turcos: si para unos volaba, los otros pensaban que el tiempo se había detenido. Mientras unos y otros se entretenían cuestionando la teoría de la relatividad, Zaniolo se deshizo de un defensor con un quiebro y estrelló un zurdazo en el larguero. Con el portero batido, Immobile, fue el más rápido en reaccionar para empujar el 2-1. Los últimos seis minutos transcurrieron entre el alivio y el lamento hasta el pitido final.

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