Ciento veinte años de historia pueden ser pasto de las llamas en apenas unos días. El infierno rojo como popularmente se conoce al Fritz Walter Stadion, el hogar del mítico 1.FC Kaiserlautern, parece herido de muerte. Otros ardieron antes allí. Le ocurrió al Madrid a principios de los ochenta y de aquellas llamas se salvó el Barça de Cruyff una década después, cuando Bakero sofocó el incendio con un inesperado cabezazo. Pero aquellos días de fuego y rosas quedan muy lejos para una institución carcomida por las deudas, declarada oficialmente en bancarrota tras hundirse en las catacumbas del fútbol alemán. Consumida ahora en una intrascendente duodécima plaza en la tercera división, no hay esperanza que reavive esos rescoldos.

Aquello de que la unión hace la fuerza, lo saben bien en Kaiserslautern. Fueron varias las fusiones que vivieron en esta ciudad del suroeste alemán desde que el 2 de junio de 1900 el Germania 1896 y el FG Kaiserslautern se unieron para crear el FC 1900, germen del club actual. Durante más de 30 años se siguieron produciendo absorciones de pequeños equipos locales hasta que en 1932 el equipo adquirió el nombre actual, 1.FC Kaiserslautern. La sala de trofeos, sin embargo, no se empezó a llenar hasta la década de los 50 del siglo pasado. Para entonces, Fritz Walter capitaneaba al equipo y empezaba a forjar una leyenda que culminó en El Milagro de Berna, cuando con el brazalete de capitán levantó la primera Copa del Mundo para Alemania.

“Fritz Walter fundó la ciudad de Kaiserslautern” escribió un niño en un colegio de esta ciudad del Palatinado en aquellos años. En realidad la ciudad debe su nombre al emperador Federico I, alias Barbarroja, quien alrededor de 1160 edificó un imponente castillo sin parangón en todo el imperio a raíz del cual fue creciendo la ciudad. Aunque su enclave privilegiado en el centro de Europa le haría padecer los estragos de los diferentes conflictos históricos, desde la Guerra de los 30 años hasta la II Guerra Mundial. De los bombardeos del bloque aliado se estaba recuperando cuando apareció Fritz y tal y como aseguraba aquel niño puso de nuevo Kaiserslautern en el mapa.

El capitán Stefan Kuntz celebra el título de Bundesliga conquistado en 1991. CordonPress.

Die Roten Teufel (Los diablos rojos) conquistaron sus dos primeros títulos ligueros cuando Alemania se hallaba en plena reconstrucción. El primero llegó en 1951, dos años después consiguió su segundo entorchado. En ambos títulos Walter compartía vestuario con su hermano Ottmar, y con otros ilustres protagonistas del Milagro de Berna, como Werner Liebrich, Werner Kohlmeyer y Horst Eckel. Aquellos éxitos no solo ayudaron a que el 1.FC Kaiserslautern se hiciera un hueco entre los clubes más importantes del país, sino que elevó a sus futbolistas como piezas fundamentales la Mannschaft dirigida por Sepp Herberger. Tras 20 años defendiendo su camiseta (1939-1959), la única que vistió junto con la de la Selección, Fritz Walter se retiró con 364 partidos y 357 goles en su haber.

A nadie le extrañó, por tanto, cuando en 1963 se incluyó al 1.FC Kaiserslautern entre los 16 miembros fundadores de la Bundesliga. De hecho, el club se mantuvo, con más o menos altibajos, en la élite del fútbol alemán hasta 1996. Justo en esa temporada consumaría su descenso a los infiernos, disputando la 2.Bundesliga por primera vez en su historia. Pero la gesta estaba a la vuelta de la esquina. “Es la mayor proeza que se ha visto en el fútbol alemán”, afirmó Günter Netzer después de que el Kaiserslautern ganara la liga. El primer paso fue recuperar la categoría al año siguiente. Lo siguiente fue conforma un equipo perfectamente equilibrado entre la veteranía y la juventud. El equipo era dirigido desde el banquillo por el técnico Otto Rehhagel, en cuyo palmarés encontramos tres Bundesligas, tres Copas alemanas y la Eurocopa más sorprendente de la historia, la conseguida con Grecia en 2004. Seis años antes de aquello ya dejó pistas en Kaiserslautern de lo que era capaz.

Andreas Brehme y Miroslav Kadlec (Kaiserslautern) pugnan por un balón con Thomas Hässler, en la final de la DFB disputada en Berlín en mayo de 1996. CordonPress.

Entre los veteranos del equipo sobresalían Andreas Brehme, campeón del mundo con Alemania en el Mundial de Italia’90, junto a él destacaban otros internacionales como Olaf Marschall, capaz de jugar con la RDA y con la Alemania federal, además de Ciriaco Sforza o de un jovencísimo Michael Ballack. Aquel equipo tras un inicio fulgurante llegó a la penúltima jornada con opciones de cantar el alirón y no lo desaprovecharon tras vencer 4-0 al Wolfsburgo. El empate del Bayern de Múnich hizo el resto. El éxito fue celebrado incluso por Helmut Kohl, canciller alemán hasta 1998: “El Kaiserslautern es algo así como el equipo de mi infancia”.

Aquel 2 de mayo de 1998 fue la última tarde de gloria del club por mucho que luego haya repetido varios ascensos a la Bundesliga. Ese récord, el de convertirse en campeón nada más subir de segunda división, no se lo ha quitado todavía nadie.

El 5-0 al Madrid

Los altibajos han sido una constante en la historia del club del Palatinado. En los años 70 participó por primera vez en competiciones europeas, aunque su primera gran gesta llegaría una década después, concretamente en 1982. Se disputaban los Cuartos de final de la Copa de la UEFA y el bombo había emparejado a los teutones con el Real Madrid. El conjunto entrenado por Vujadin Boskov venía de perder la final de la Copa de Europa la temporada anterior. Un año después pelear por la UEFA parecía un premio menor. Pese a todo los blancos se impusieron en la ida, en el Bernabéu por 3-1. En 17 minutos en Alemania el Madrid había echado a perder esa renta. Fue lo que tardó el Kaiserslautern en marcar dos goles y e igualar el partido. Aquello solo era el principio.

Las crónicas repetían machaconas términos como “humillación”, “debacle”, “noche negra” o se cebaban en la cacareada “maldición blanca en Alemania”. Así de contundente se mostraba Julio García Candau, enviado especial a Kaiserslautern esa noche: “El Madrid dio pena porque un club con su historial no puede ser vencido y humillado como lo fue en Kaiserslautern. El ambiente fue hostil, pero el equipo madridista no supo responder con la mínima serenidad exigible a un conjunto profesional”. A la eficacia teutona en esos primeros veinte minutos le siguió la desesperación blanca que aumentó tras el penalti fallado por García Cortes. El arbitraje casero del colegiado húngaro Karoly Palotei, terminó de rematar a los merengues. A la media hora San José fue expulsado, antes del descanso al que mandó para la ducha fue a Cunningham. El Madrid terminó con ocho después de que Pineda viera la roja en el 65. Para entonces el Fritz Walter Stadion había entrado en ebullición y los goles caían como rosquillas.

El 5-0 quedó grabado en rojo en la memoria de los aficionados alemanes. Poco importó que cayeran eliminados en semifinales a manos del Goteborg. Nunca volvieron a llegar tan lejos y aquella noche del 17 de marzo del 82 fue una de las más gloriosas en la región del Palatinado.

Bakero en Kaiserslautern

La leyenda del Dream Team de Cruyff pudo quedar sepultada en Kaiserslautern. Algo cambió esa noche en la controvertida relación que la Copa de Europa mantenía con la entidad catalana. “Ese día, el Barcelona dejó de ser un equipo sufridor porque aquí siempre pasaba algo en el último momento. Entonces rompimos el maleficio”, recordaba Bakero en Marca. Treinta años después de la final de los palos de Berna y tan solo cinco de la mayúscula decepción de Sevilla frente al Steaua de Bucarest, los azulgrana entendían la Orejona como un santo grial maldito. El segundo advenimiento de Johan Cruyff esta vez desde el banquillo había supuesto un lavado de cara para el club que ya se había refrendado en títulos: la Recopa el primer año; la Copa del Rey el segundo; y la Liga el tercero. Pero el Barça que disputa la Copa de Europa por primera vez bajo el mando de El Flaco está lejos de ser el Dream Team que luego conocimos.

Aquella Copa de Europa tenía sus particularidades. Era la edición previa a lo que hoy conocemos como La Liga de Campeones y se introdujo como novedad una fase de grupos entre los ocho mejores, esto es en cuartos de final. Los dos mejores de cada grupo disputarían la final de Wembley. Pero para alcanzar esa liguilla el Barça primero tiene que superar al Kaiserslautern, que representaba a la Alemania occidental como último campeón antes de la reunificación. En el partido de ida los azulgrana se impusieron por 2-0 en el Camp Nou, pero en el Fritz Walter Stadion les esperaba un infierno.

El Barça sofocó los primeros arreones teutones esa noche del 6 de noviembre de 1991. Pero a la media hora Zubizarreta no pudo evitar que el cabezazo de Hotic terminara en gol. Ese tanto prendió la mecha de la afición alemana. A los cuatro minutos del segundo tiempo Hotic hizo el segundo. El Kaiserslautern empataba la eliminatoria y el Barça navegaba a la deriva por un mar de niebla. El siguiente zarpazo parecía definitivo. A quince minutos del final, los alemanes pusieron el 3-0, obra de Goldbaeck. Otra Copa de Europa se marchaba por el sumidero.

Fue entonces, a la desesperada y saltándose todos los patrones del juego de posición cuando los azulgrana, aquella noche de naranja, se lanzaron a por el gol. A falta de tres minutos para el final una falta botada por Koeman fue cabeceada en el segundo palo por Jose Mari Bakero, un tipo de 1,70 que ganó en el salto a dos armarios alemanes. En el vuelo de esa pelota iban todas las esperanzas culés: “La sensación que tuve en el campo no fue de que el remate fuera tan difícil, estaba muy esquinado pero no tuve esa sensación. El remate fue ciertamente afortunado”, aseguró Bakero 25 años después de marcar ese gol en Mundo Deportivo. La celebración (por ahí aparece también Guardiola) y lo agónico del tanto guarda muchos similitudes con el Iniestazo de Stamford Brigde. Solo que aquella vez el gol no daba acceso a ninguna final.

Bakero celebra el gol de Kaiserslautern rodeado de compañaros. FC Barcelona.es

Con ese 3-1 en contra el Barça de Cruyff accedió a la fase de grupos donde los ocho mejores del continente se enfrentarían en dos grupos de cuatro. El Barça arrasó en su grupo con 9 puntos de 12 posibles superando al Sparta de Praga, Benfica y Dinamo de Kiev. Lo siguiente es de sobra conocido, quizá por ello Kaiserslautern ha quedado en el imaginario culé como el punto de inflexión de ese equipo, la noche en que por fin se desterraron todos los fantasmas.

El Kaiserslautern vio truncado su sueño con aquella gesta incompleta. La victoria por 3-1 resultó insuficiente y la competencia feroz en la Bundesliga con el auge del Borussia Dortmund, el Werder Bremen o el Stuttgart, además del omnipresente ogro del Bayern Munich, le relegó en el panorama del fútbol alemán. Su última machada fue la Bundesliga del 98, aunque su luz nunca más brilló en la Copa de Europa. Aquel vuelo de Bakero sepultó sus opciones europeas en una Alemania que aceleraba hacia la reunificación.

Treinta años después su situación es aún más dramática. El 1.FC Kaiserslautern sigue siendo el noveno club de la clasificación histórica de la Bundesliga pero está arrasado por las deudas. Sus principales acreedores no han llegado a un acuerdo para diferir los pagos, que ascienden a más de 20 millones de euros. La situación deportiva no es mucho mejor. Die Roten Teufel son duodécimos en la tercera división del fútbol alemán y ahora podrían ser sancionados con 9 puntos por los impagos. Eso provocaría el descenso del club de Kaiserslautern a la Regionalliga, y prácticamente su desaparición. Tras declararse en bancarrota un tribunal nombrará un administrador provisional para intentar salvar al club.

Kaiserslautern arde en su propio infierno y una parte de nuestro fútbol no se entendería sin aquellas visitas al Fritz Walter Stadion que hoy vive sus horas más bajas.

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