Cuando somos pequeños e imaginamos nuestra vida es probable que esta se parezca a la de Hemingway. El famoso Nobel norteamericano gozó de una vida que merece la pena ser vivida y este es un logro no al alcance de todo el mundo. Conductor de ambulancias en la Primera Guerra Mundial, periodista, escritor, habitual de San Fermín y las corridas de toros, mujeriego (casado hasta en cuatro ocasiones), cazador, pescador, testigo de la Guerra Civil española, participante en múltiples safaris africanos, corredor de juergas profesional, viajero, bebedor alcohólico…

Los 61 años que vivió el oriundo de Oak Park dan para mucho. Otros llegaremos a esa edad y no habremos hecho ni una cuarta parte. La vida de Hemingway es como un torbellino, es la perfecta muestra del vitalismo de alguien que se conocía muy bien a sí mismo y que al mismo tiempo luchaba contra sus demonios.

La editorial Hatari Books nos acerca a la figura del escritor en sus últimos años de vida en la obra Hemingway en Otoño, de Andrea Di Robilant. Se trata de un libro muy bien editado, que alberga un archivo fotográfico de lo más interesante, y que permite conocer a través de fuentes de primera mano el carácter carismático de Hemingway. Los últimos años en la vida del escritor son un fiel reflejo de sus pasiones y amarguras, de su lucha consigo mismo y de un carácter aventurero aderezado con un comportamiento de lo más infantil en ocasiones.

Di Robilant manifiesta cómo la vida de Hemingway pega un cambio drástico cuando conoce a la joven Adriana Ivancich, de tan solo 18 años, cuando él rozaba ya los 50 (1948). El escritor se enamora de Adriana como si fuera un adolescente. La joven se convierte en un amor platónico que inspirará futuras obras como Al otro lado del río y entre los árboles e impulsará su espíritu creador. También generará en él una dependencia obsesiva que le traerá no pocos problemas con su mujer, Mary Welsh, y un desequilibrio emocional que le hará sentir como esos chavales que fuimos y que perdíamos la conciencia por la chica más inalcanzable de la clase de al lado.

En Hemingway en otoño somos testigos de cómo un hombre curtido de 50 años, un escritor reconocido, es capaz de las más pueriles tonterías cegado por el flechazo de Cupido. A lo largo del libro, paladearemos el vino francés, los whisky sours, patos y faisanes recién cazados. La vida de Hemingway es un canto a Epicuro y a todo cuanto nos da de bueno la madre tierra.

Pasar por sus páginas es un gusto para el olfato y el gusto. Terminas algunos episodios con resaca, difícil seguir el ritmo alcohólico de Hemingway incluso en el negro sobre blanco. Pero terminas disfrutando como uno más de su banda de las cacerías, la pesca, las charlas con los amigos y los paseos por Venecia, Cortina, Torcello, Kenia, París o La Habana.

Podemos comprobar cómo el gran Ernest Hemingway no era muy estoico y entre sus múltiples necesidades estaban siempre los amigos. Es un ser social al que le gusta estar rodeado de camaradas y mujeres, cuantos más mejor. Las veladas solitarias con su mujer tienden a amargarle. Es amigo de sus amigos, muy generoso con ellos. Su perfil no quedaría completo sin subrayar su alma caprichosa. Cuando quería algo tenía que ser como imaginaba, si no, quedaba insatisfecho y refunfuñón.

Su capricho por Adriana le llevó a maltratar a su mujer en múltiples ocasiones y hasta a enfadarse con ella por lesionarse la pierna mientras practicaba esquí. Hemingway era todo eso pero también sentido del humor y romanticismo. No escatimaba en detalles hacia Adriana y Mary, sus dos amores. Su capacidad para la comedia hacía las delicias de sus amigos y tan pronto se ponía a imitar a los toreros en un restaurante, como inventaba la ficticia Orden de Brusadelli, en honor a Giulio Brusadelli, un hombre hecho a sí mismo que había ganado una fortuna en la industria textil y que estaba siendo juzgado por evasión de impuestos. Brusadelli había acusado a su mujer de engañarlo para hacerlo, ya que esa “astuta proveedora de placeres sexuales” había “perturbado psicológicamente a su marido”.

Es un hombre al que le preguntan qué opinaba sobre el existencialismo, la filosofía de su amigo Sartre y que respondía: “Sartre es mi amigo. Cuando lo veo en París nunca le pido que me explique el existencialismo. Pero como ahora estamos entre amigos, puedo decirlo: es una porquería”.

Hemingway en otoño va de todo eso, pero también de que hay viajes que nos cambian para siempre. Viajes que hacen salir una parte de nosotros que permanecía oculta, quizá criogenizada en el tiempo. Como un Walt Disney personal escondido en las profundidades del yo. Viajes, aventuras, momentos que forjan el espíritu y lo refuerzan y magullan a partes iguales, porque todo viaje llega a su fin.

Todo apunta a que había viajes que Hemingway no deseaba acabar nunca, como la primera vez que viajó a Cortina y Venecia con Mary Welsh. O los días de safari con Philip Percival. Probablemente muchas noches en el Harry’s Bar, o en el Gritti. O los días de pesca a bordo del Pilar. Pero lo bueno acaba y solo queda la soledad y un vacío en el corazón.

Se tiene nostalgia de los buenos momentos, pero también de los malos. Como cuando Hemingway volvió por segunda vez al lugar en el que fue herido por un mortero en la Primera Guerra Mundial. No está claro si fue la nostalgia lo que llevó a Hemingway a destrozarse con dos disparos. O quizá las secuelas de su accidente de aviación en África, que lo dejó malherido. O si fue el amor perdido de Adriana. Puede que hasta fuera resultado de los electroschocks a los que le sometió la Clínica Mayo para ayudarlo con su depresión.

Lo que está claro es que no se marchó de repente. Su deterioro fue paulatino. Se fue yendo como marcha el otoño. Apagándose poco a poco, hoja a hoja. Dejando tras de sí un frío invierno donde la vida no crece y cuyo único testigo son los restos amarillos que quedaron en el suelo una estación atrás.

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