El Real Madrid post confinamiento nos deja jornadas extrañas. Decíamos el otro día que el formato de la competición favorecía los altibajos en el rendimiento de los equipos, pero ni siquiera esta innegable realidad consigue explicar del todo un derrumbe como el que sufrieron los blancos contra el Andorra. Entre atenazado e indolente, el Madrid naufragó inapelablemente frente a un rival a priori inferior, brindando una preocupante actitud que por momentos asemejó un shock postraumático. Ni en el encuentro de Milán a principios de marzo, en pleno azote del virus a la región de Lombardía, los jugadores mostraron una parálisis similar. Se puede invocar la inevitablemente deficiente preparación física, pero acaso el bloqueo pareció más de índole mental. En cualquier caso, y a falta de psicoanalista, el análisis del partido deberá ceñirse a lo fáctico.

Desde los primeros compases se pudo apreciar que el juego merengue no iba a destacar por su fluidez. Tras el recurso más o menos sencillo de los balones al poste para que Deck se enfrente a gigantes o a molinos —o a ambos, si se tercia—, el ataque madridista se basó en una sucesión de precipitados lanzamientos; quizá intentando solventar el compromiso por la vía rápida, sabedores de que en esta ocasión no había posibilidad de vía lenta. Por el contrario, los muchachos de Ibón Navarro demostraron mucha mayor versatilidad: contraataque, buenas opciones para los tiradores y Hannah prejubilando por enésima vez a Laprovittola. Las cruciales bajas de Todorovic, Musli y Diagné no menoscabaron el potencial andorrano, lo que echa aún más sal a la herida de los de Laso.

Doce puntos de desventaja al descanso apuntaban indicios de catástrofe, aunque nadie quería creerlo a esas alturas. Solo Campazzo —18 tantos para 25 de valoración global— trató de frenar el mar con las manos, penetrando e intentando levantar el ánimo de sus compañeros. Para un grupo que ha conseguido remontadas imposibles en la Euroliga, resulta difícilmente explicable la colectiva bajada de brazos del tercer cuarto. Ciertamente el Andorra conseguía algunas canastas rocambolescas al límite de la posesión, con el consabido daño lacerante que producen, pero el derrotismo ofrecido fue en cualquier caso desproporcionado. Los problemas físicos de Rudy, la indolencia de Randolph, la nulidad de Taylor, el nefasto papel de Llull, el desacierto de Carroll, la fatiga de Tavares, la impotencia de Reyes… todas las explicaciones parciales, absolutamente comprensibles, no bastan. Tampoco la táctica llegó al rescate: las soluciones planteadas a la desesperada en el último período, que incluyeron varios intentos de zona y presión en toda la pista, fracasaron. Como si una nube negra se hubiera posado sobre el Madrid y el club, por primera vez en muchísimos años, hubiera asumido la imposibilidad de luchar contra los elementos. El pitido final pareció hasta liberador: los dieciséis de diferencia iban a quedar cortos, una vez despeñados cuesta abajo y sin frenos.

Por la noche el Valencia colocó la puntilla venciendo al San Pablo Burgos y prácticamente ratificando la eliminación blanca. En cualquier otro momento los cronistas juguetearían con la posibilidad de una carambola que permitiese evitar el adiós madrileño. Victoria e inverosímil nunca han resultado términos incompatibles si el Madrid estaba de por medio. Aunque lo auténticamente inverosímil sucedió ayer en el parqué de la Fuente de San Luis a eso de las ocho y cuarto. Algunos en el club tratarán de buscar explicaciones. Por desgracia tiempo no les faltará, hasta septiembre.

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