El improvisado formato para dirimir al campeón de la ACB 2019-20 contribuye a incrementar la natural tendencia a las sorpresas que posee de por sí el baloncesto. Como en los torneos estivales de selecciones, la dificultad para coger la forma en tan cortos períodos de tiempo implica una amalgama de rendimientos irregulares e imposibilidad de trazar pronósticos demasiado certeros en función del análisis.

El Madrid, que había mostrado distintas caras a lo largo de sus anteriores encuentros, también presentó altibajos a lo largo del partido contra el Valencia Basket. No únicamente el equipo en su conjunto: jugadores que habían dejado prometedoras sensaciones pasaron en esta ocasión por el pabellón sin pena ni gloria —véase el caso de Llull—. Del mismo modo, otros resurgieron de sus cenizas y refutaron un inicio decepcionante de campeonato. Entre estos últimos destaca, cómo no, Facundo Campazzo, que pasó de deambular incómodo contra canarios y burgaleses a alcanzar la mejor actuación europea de su carrera, con 29 puntos y 11 asistencias en 37 minutos sobre el parqué.

El base argentino salió espoleado por el carácter decisivo del choque —algo atenuado con la derrota del San Pablo Burgos unas horas antes— y dirigió sin desfallecer a los suyos durante casi dos cuartos íntegros, sin interrupciones. Los triples entraban con una facilidad inusitada —9 de 12— y el Madrid abrió una pequeña brecha de hasta 13 puntos. Sin embargo, unos breves instantes de resuello para el cordobés permitieron contraatacar a los de Ponsarnau, un entrenador tan interesante como inexplicablemente infravalorado. A los mandos de Loyd, Marinkovic y Abalde —próximo tres de la Roja en unos años, quédense con el nombre—, el Valencia se fue encontrando y contrarrestó la energía inicial madridista. Los tapones de Tavares suponían una intimidación más resultona que real, y el tiro exterior desapareció como granero de anotación, con un errático Randolph al que resultará capital sacar de su ensimismamiento. En ese momento hizo su aparición en escena Bojan Dubljevic con nueve puntos consecutivos y mandando al banco al caboverdiano posteriormente, castigado con la cuarta falta. La alternancia de diminutas ventajas tensionaba los rostros merengues, sabedores de que un nuevo traspié conllevaba una más que probable eliminación. Y, entonces, Laso pidió un tiempo muerto.

El técnico vitoriano suele ser más alabado por sus planteamientos y su estilo que por genialidades redentoras derivadas de la lectura del choque en momentos determinados. Como todos los tópicos, existe parte de verdad y parte de injusticia: si bien Laso permite cierta libertad y otorga confianza al jugador, no debe colegirse una incapacidad perenne para el intervencionismo puntual. Ante la amenaza montenegrina, movió a un alfil desacertado en los cuartos anteriores como Deck para improvisar un marcaje intenso y poco ortodoxo. La jugada salió redonda: Dubljevic quedó desactivado y Campazzo retomó su liderazgo sin oposición visible en el rival. Un 2+1 cerca del final cerró el partido con un broche merecido para el pequeño timonel blanco. El Valencia marchó del Fuente de San Luis sacando la calculadora, temeroso de los triples empates. El Madrid, salvado el match ball, puede respirar. Eso sí, solo durante 48 horas.    

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