Para alegría de sus aficionados, la vuelta del Real Madrid de baloncesto se produjo en más de un sentido. El retorno físico a las pistas coincidió con un reencuentro acaso más importante: el del lasismo más puro. Un estilo que, a punto de cumplir una década en la sección, y aun habiendo adquirido matices y adaptaciones en función de las distintas plantillas concretas, todavía muestra con contundencia su identidad primigenia. El primer cuarto del debut frente al Gran Canaria respondió a los patrones que lo hicieron grande: defensa intensa construida sobre la velocidad y la anticipación, capacidad de correr al contragolpe a la mínima y pretensión de avasallar forzando más lanzamientos que el rival, a ser posible desde el triple. El imponente resultado, 37-16 en diez minutos, ilusionaba incluso menos que las sensaciones.

El Madrid había salido con Laprovittola a los mandos, quién sabe si como novedad para garantizar la concentración. El ciclotímico base argentino anotó los primeros ocho puntos del equipo, lo que se espera contribuirá a despejar las recurrentes dudas asentadas en su ánimo, generalmente más certeras a la hora de neutralizarlo que el propio adversario. El testigo ofensivo del equipo pasó a continuación a Randolph y Carroll desde el exterior, y, por encima de todos, a Llull. De todas las buenas noticias que dejó el partido, la chispa mostrada por el de Mahón constituye la principal. Se le vio fresco, activo en defensa, atrevido en el triple y con fuerza y determinación penetradora como en los buenos tiempos. Contra todo pronóstico, quien tuvo una actuación más discreta del trío de bases fue Campazzo, al que Laso quiso dosificar un poco más de lo acostumbrado en la temporada regular.

En el segundo período el conjunto blanco bajó el pistón de la intensidad, lo que permitió recordar que enfrente había un rival. El Gran Canaria se refugió en torno a la figura de un descomunal Matt Costello, ala-pívot taciturno que, a diferencia de lo que acostumbra su tocayo cantante, no recurrió a sutilezas. Supo sacar a Tavares de su zona de confort y castigó el aro madridista desde múltiples distancias. El de Michigan se marchó al descanso con varias medallas en el pecho: 23 puntos en menos de veinte minutos y el honor de haber ganado el pulso al gigante caboverdiano, hoy bastante fuera de tono a pesar de los cinco tapones que colocó. El equipo insular se acercó en el electrónico ayudado por un criterio errático en la señalización del contacto, que terminó desquiciando a madridistas como Campazzo o Randolph, penalizados ambos con faltas técnicas. Las ausencias de Garuba y Mickey, fuera de la convocatoria, impedían soluciones creativas en el juego interior, sostenido en los descansos de Edy por los rebotes defensivos de Thompkins y por algún minuto de refresco de Felipe.

No obstante, todas las dudas se disiparon en el último cuarto. El Madrid volvió por sus fueros y subió de nuevo la atención defensiva, recuperando una ventaja a la postre decisiva. Deck, que había sido incapaz de postear en la primera mitad, ayudó en la pintura dejando el puesto de alero para Rudy, con Llull y Carroll castigando desde fuera. El Gran Canaria adoleció de alternativas tras los problemas físicos de Costello: ni Shurna, ni Cook, ni Rabaseda, ni un marrullero Bourousis al que aferrarse de manera fiable. Sin referentes, fue arrastrado por la ola blanca, que apenas fue marejadilla en comparación con la marea del arranque. El Real se había tomado el choque como una final, y frente a esto no cupo apelación. La siguiente, contra el Burgos, en pocas horas. Ciertamente, el nuevo formato de la competición no da tregua. Aunque, por otra parte, el lasismo genuino tampoco suele necesitarlas. 

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