La muerte de George Floyd tras una desmesurada intervención policial ha generado un estallido de protestas en Estados Unidos y parte de la industria de la música ha querido oponerse al racismo estableciendo el Blackout Tuesday, una especie de “apagón” durante un día para “desconectarse de las redes sociales y conectarse con la comunidad”.

Nunca he sido muy partidario de este tipo de “acciones solidarias virtuales” que, en mi opinión, tienen una alta cuota de demagogia, fariseísmo y comodidad. El objetivo es “sentirse bien” simplemente poniéndose el pin virtual de turno. Pero la industria musical, más que poner pantallitas en negro en sus perfiles de redes sociales, tal vez podría colaborar de alguna otra forma más concreta: por ejemplo, explicándonos por qué durante tanto tiempo ha fomentado (creo o quiero creer que ya no lo hace, o lo hace menos) que el público categorice la música que consume en “para negros” y “para blancos”.

Y digo esto porque un día, examinando un llamativo vídeo en Youtube titulado “Canciones que creías que eran originales pero son versiones” caí en la cuenta de que a muchos de los grandes éxitos que allí sonaban uno, inconscientemente le ponía “una cara blanca” pero en realidad debería haberle puesto “una tez negra”.

Pensemos, por ejemplo, en la mítica balada Nothing’s Gonna Change my Love for you. Automáticamente a uno se le viene a la cabeza la imagen del hawaiano Glenn Medeiros, con su voluminoso pelo y su voz melosa. Y su piel blanca, por supuesto. Pero resulta que este éxito mundial de 1987 ya había sido originalmente grabado por George Benson apenas tres años antes, en 1984. No estamos hablando de un músico cualquiera: diez Grammys jalonan la carrera del músico de Pittsburgh quien, como el 40% de la población de esa ciudad, es de raza negra.

Parecía haber una regla no escrita en esa industria de la música que ahora iza la bandera del antirracismo: “Si una canción cantada por un negro es un éxito, a los blancos les va a gustar más que la cante un blanco”. Un caso evidente es el de Piece of my heart (1967) de Emma Franklin (la hermana mayor de Aretha), versionada y asociada para siempre en el imaginario colectivo blanco a Janis Joplin ¡apenas un año después! ¿Era necesario? Pregúntenle a Columbia Records.

¿Más ejemplos? Tainted Love… ¿del dúo británico Soft Cell? ¿O más bien de la compositora afroamericana Gloria Jones cuya versión de 1965 apenas tuvo trascendencia en los “oídos blancos”? Se podría caer en la tentación de pensar que, siendo Marc y Dave (o el propio Glenn Medeiros) unos desconocidos, era lícito darse a conocer actualizando un viejo éxito que no fuera tan conocido para el gran público (el blanco, claro). Eso mismo debieron pensar también las barbies inglesas Atomic Kitten cuando no tuvieron problema en darse a conocer con The Tide is High un antiguo éxito de los (negros) jamaicanos The Paragons allá por 1966.

Pero ¿necesitaban Los Beatles o Elvis Presley hacer un “remake” de un gran éxito cuando ya eran estrellas mundiales consagradas? Twist and Shout y Hound Dog, temas que uno asocia indefectiblemente a John Lennon y al Rey del Rock, son en realidad canciones originales de los neoyorquinos The Top Notes y de la cantante de blues Big Mama Thornton, respectivamente. Sí, ambos eran de raza negra.

Tal vez afirmar que se buscaba que el público se identificase con su “color de piel” pueda parecer algo exagerado pero es que hasta bien entrado el siglo XXI los ejemplos se acumulan y no parecen una casualidad: la lista es tan extensa que amenaza con ser interminable. Desde el I’ve got my mind set on you compuesta por James Ray pero popularizada por George Harrison hasta el The Great Pretender con el rostro pálido de Freddie Mercury sobre una composición original de The Platters treinta años antes.

Entre medias, Rod Stewart borrando de la memoria a The Persuaders y su Some guys have all the luck, Joe Cocker “robando” el éxito de You are so beautiful a Billy Preston con una versión “blanca” ¡el mismo año!; Phil Collins haciendo suyo el You can’t hurry love de The Supremes o los Faith No More intentando relanzar su carrera opacando a los Commodores con su famoso Easy. Ni siquiera los alternativos Nirvana se libraron de meter en el cajón del olvido a otro artista de color: Where did you sleep last night había sido compuesto y popularizado por Lead Belly en 1944. Sin duda, habrá algunos ejemplos en dirección contraria pero bien podrían ser la excepción que confirma la norma.

En 1971, Muhammad Ali (anteriormente Cassius Clay) dio un diagnóstico sobre el racismo en Estados Unidos en el popular show de la BBC Parkinson: «Siempre quise saber por qué Tarzán era el rey de la jungla en África y era blanco. O por qué Miss América siempre ha sido blanca. Tanta diversidad y siempre escogen el blanco. Hasta el Presidente vive en la Casa Blanca. Y María tenía un corderito blanco como la nieve, y Blancanieves, Santa Claus… Todo era blanco. Y todo lo malo es negro. El patito feo era negro, el gato negro trae mala suerte, y si te amenazo, es un blackmail (chantaje). Le dije: ‘Mamá, ¿por qué no lo llaman whitemail? ¡Ellos mienten también!’. Siempre fui muy curioso, y así es cómo supe que algo iba mal».

El campeón mundial de boxeo hizo referencias al cine, a la TV, a los concursos de belleza, a la navidad, a la religión… Pero le faltó la música. Tal vez porque no sabía que 40 años más tarde la gente le pondría el semblante blanco de unos chicos de Birmingham, los UB40, a una de sus canciones favoritas, Kingston Town. Nadie se pararía a pensar que Kingston está en el Caribe, “casualmente” el lugar de donde era su compositor original, el mulato Lord Creator.

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