Como con las uvas de Nochevieja, me cuesta seguir el ritmo de las fases que señala el Gobierno. Mi primer problema es de orientación, porque no sé si la Fase 2 está a más profundidad que la Fase 1 o si es al revés. El 31 de diciembre, las campanadas avanzan conforme se iluminan los números del 1 al 12, pero, como nos han enseñado desde Cabo Cañaveral, la cuenta también puede comenzar por el 10 y retroceder hasta el 0, momento en el que despegará definitivamente la Nueva Realidad.

En cualquier caso, y no me duele reconocerlo ahora, con muchas zonas en Fase 3, yo todavía me muevo por la Fase 0. Temo, y éste es mi segundo problema, que, si me precipito demasiado, mis pulmones, como en una ascensión repentina hacia abajo o un descenso precipitado hacia arriba (léase el párrafo anterior para comprender mi desorientación) acaben explotando y no me dejen con la capacidad necesaria para celebrar el primer gol en el Nuevo Bernabéu.

Así que intento fingir que estoy perfectamente integrado en la Fase 1 cuando salgo a pasear, pero busco rincones en los que la Fase 0 todavía se conserve. Los hay: en el pequeño barrio de los chalés desde cuyas azoteas se ve el mar, a 600 kilómetros de distancia, aún se conserva una pura burbuja de silencio a la que no llegan los sonidos de la Fase 1. Sé que este ecosistema acústico tiene fecha de caducidad, así que lo disfruto como el último libro de un autor fallecido. Habría que grabar este silencio con la mejor calidad posible.

Además del silencio, busco aquí refugio para el olfato. De la Fase 0 echaré de menos el descubrimiento de que el olfato no es un sentido en blanco y negro, sino que esconde dentro la capacidad de percibir la escala cromática. Obligados a estar en casa, la primavera estaba lejos de nuestra vista, pero esta, a cambio, se ha presentado para que la oliéramos en color. Y en varias dimensiones. Como si fuera una respuesta al puto virus, que podía eliminar el olfato y el gusto, la Naturaleza ha puesto empeño en afilarnos los sentidos.

Mientras camino, puedo oler los desayunos que se van preparando en los chalés y las flores que me voy encontrando y para las que no tengo nombre. Algunas de esas flores caen, agrupadas, por los muros y su olor forma una barrera que me obliga a ir más despacio para poder atravesarla. No es solo una invitación al olfato, sino también una presión que percibo en la piel, como una incitación a algo, una promesa de algo que se me ofrecerá con tan solo decir los nombres de estas flores. Pero no los sé. Además del silencio, debería guardar también muestras de estas flores que aquí se desarrollan con una voluptuosidad que solo se ha dado en la Fase 0, sin jardineros ocupados en controlarlas.

Pero no me engaño. Tengo que cambiar de fase, sobre todo, por una cuestión de integridad física. Sé que, dependientes de alguna de las nuevas direcciones generales, aparentemente inofensivas, se mueve por la ciudad un grupo de desfasadores con la orden de que nadie siga en una fase ya cerrada. La doctrina oficial es que “no se deja a nadie detrás”, y cuando sospechan que no estás en la que te corresponde, intentan seducirte.

—Grandes maravillas te esperan en la siguiente. Mira, tú, que eres de letras, ¿sabías que hemos descubierto que el autor del Lazarillo de Tormes fue Francisco de Enzinas? El cómo lo hemos hecho, en la siguiente Fase.

Si te notan reticente, su enfoque ya cambia, porque al poder no le interesa que queden rezagados que puedan recordar detalladamente lo que pasó. Cierran el ejemplar del Lazarillo, dejan de sonreír, te piden que te sientes en una mesa y que fijes la vista en una extraña máquina. Necesitan estar seguros de que no van a cometer un error.

—Estás caminando por un desierto de la Fase 0. Miras hacia abajo y ves un galápago que se arrastra hasta ti. Te agachas y pones el galápago patas arriba. El galápago yace sobre su espalda con el estómago cociéndose al sol y moviendo las patas para darse la vuelta, pero sin tu ayuda no puede. Y tú no le ayudas.

Al final es la realidad la que me empuja: una mañana me encuentro a dos jardineros municipales utilizando una máquina, semejante a las que sirven para encontrar tesoros en la playa, con la que eliminan las plantas que han crecido en los bordes de la calzada. Con el sonido de una Bultaco y elevando más polvo que el Correcaminos por el desierto, ejecutan su misión con la precisión de un peluquero ajustándole las patillas a un hípster.

Esas plantas no, porelamordedios. Si hay un símbolo de esta Fase 0, son estas plantas. Ahí donde nadie las habría esperado, entre las rendijas del asfalto, han aparecido con una fuerza y una energía cautivadoras, esto es, “que ejercen irresistible influencia en el ánimo de alguien por medio de atractivo físico o moral”. Yo diría aún más: físico y moral.

No me atrevo a decirles nada a los operarios porque tienen que hacer su trabajo, pero sé que ellos también sienten cómo la cuadriga de su alma se encuentra dividida entre los caballos de la profesionalidad, que tiran hacia un lado, y los de la estética, que lo hacen hacia otro.

No hay ya nada que hacer. Es la señal de que el fin de la Fase 0 es definitivo. Pero antes de que esta Fase 0 desaparezca, sería bueno guardar algunos elementos en un museo. Nada espectacular. Uno de andar por casa, como el que Kemal, el protagonista de El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk, crea con todos los objetos que le recuerdan su apasionada relación con Füsun. La primera mascarilla, los titulares de los periódicos, las frases de los políticos, el silencio de los paseos, los guantes de plástico del Mercadona, el olor de las flores, el móvil con el que se hicieron las videoconferencias. Todo bien organizado en distintas salas para conservar lo que, superadas las fases, comenzaremos a olvidar.

En ese museo no debería faltar, como un diorama a tamaño natural, un trozo de calzada con una de estas flores resistentes. Ojalá ser en este momento el árbitro que, después de soplar el silbato, y ante la mirada sorprendida de los jardineros, saca de la cintura el espray reglamentario para marcar un área alrededor de las flores para declararlas intocables. Ojalá, ante las quejas de los jardineros, mantener el temple mientras se canturrea el “No me acostumbro”.

—¿Por qué esas flores raras crecen en las aceras para ti? Volveré a cogerlas, ¿sabes? No me acostumbro a estar sin ti.

El proyecto puede parecer descabellado, pero el propio Orhan Pamuk creó en Estambul uno basado en los objetos que describía en la novela. Su Museo de la inocencia fue galardonado como el mejor museo europeo del 2014.  En el nuestro, esto no se discute, Orhan, también habrá una copia en vinilo del Enemigos de lo ajeno.

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