El Real Madrid corría varios riesgos y no eran menores. El primero y más importante, distraerse. Por el escenario, nada habitual, o por la visión de los chopos al otro lado de los fondos. Cualquiera que haya jugado al fútbol guarda en su memoria el trauma de sacar la pelota del campo e ir en su busca, entre cardos y ortigas. La ley de la botella (el que la tira va a por ella) ha coartado la carrera futbolística de niños de varias generaciones.

La distracción del Madrid podía coincidir, eso imaginamos, con el envalentonamiento del Eibar, animado por la presencia de los chopos, y más acostumbrado a las reducidas dimensiones del estadio. Si la concentración era un factor a tener en cuenta, cabía suponer que Mendilíbar tendría a los suyos más concentrados.

Bien, pues ocurrió todo lo imaginado y también todo lo contrario. Me explico. El estadio y alrededores (los chopos) tuvieron una influencia indiscutible en lo sucedido. Hubo jugadas de campo pequeño, y no me refiero aquí a las dimensiones del terreno de juego, idénticas a las del Bernabéu, sino a la afectación que tienen los escenarios en los actores.

El gol de Kroos, por ejemplo, tuvo ese carácter entre doméstico y colegial. El golpeo fue sublime, conste en acta, pero la jugada resultó casi infantil de tan desordenada, con infinitas torpezas en cadena, Benzema obcecado y la defensa ciega.

El Eibar reaccionó muy dignamente y se apoderó de la pelota. Su problema es que todos sus viajes eran a ninguna parte. Es la diferencia entre hacer versos y hacer el amor, entre el tuno y tunante. Es la distancia (enorme) entre la voluntad y el talento. El equipo de Mendilibar se disolvía en la proximidad del área.  

El segundo gol del Real Madrid vino de una formidable arrancada de Sergio Ramos: cortó el balón en defensa, lanzó el contragolpe, lo corrió como Roger Bannister y lo culminó a pase de Hazard. Fue una jugada espléndida, sin duda, pero también tuvo algo de partido menor, de esos que enfrentan a equipos muy superiores con otros que no alcanzan.

Y el mismo aroma tuvo el tercero. Hazard atacó la portería con la decisión que acostumbra, pero la resolución de la jugada volvió a resultar un poco infantil, con demasiadas facilidades para el atacante, como no suelen ser los partidos de campo grande. En este caso, Marcelo chutó a placer y hasta su homenaje a George Floyd pareció algo impostado, como besarse el anillo en un partido de pueblo.

Y si no he tenido razón hasta ahora, la tuve cuando el Eibar recortó distancias gracias a un rebote que entró lastimosamente en la portería de Courtois. Esas cosas no pasan en los campos de Primera, no digo ya en los grandes coliseos. En cambio, entre chopos, las calamidades se convierten en churros.

Será cuestión de acostumbrarse. Nada parece imposible en estos tiempos de ánimos enlatados y público virtual. Quizá en poco tiempo estemos hablando del efecto Valdebéu y de las propiedades sanadoras de los chopos y del caldo ortigas. Como diría Sabina, más raro fue aquel verano que no paró de nevar.

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