En el fútbol del silencio pueden escucharse mejor los propios latidos. Si contra el Rayo Vallecano el Cádiz ofreció un espectáculo plano y banal, en el estadio de Los Pajaritos, a la impropia hora de las siete y media (entretenido juego de cartas, pésimo momento para comenzar un partido de fútbol), los de Cervera protagonizaron un duelo pleno de emoción y alternativas que puso a prueba la salud cardíaca de los cadistas más pochos.

Y eso que la tarde pintaba tranquila. Con un once remozado, los amarillos se apropiaron del balón y lo combinaron con filo y sentido. El míster hizo de la necesidad virtud (el carrusel de Tebas exige dosificación) y plantó sobre el verde a Pombo y Mesa. La movilidad de ambos los convirtió en indetectables para la defensa local y las ocasiones y los acercamientos empezaron a llegar. El acoso fructificó, por fin, cuando una buena jugada de Nano la culminó José Mari con un violento zapatazo que se estrelló en la red como si fuera un atún desesperado por escapar.

Lo que podría haber sido el inicio de una cómoda victoria se convirtió en una espuela en el lomo de los sorianos. Sostenidos por la calidad de Curro y por el empuje de sus laterales Sola y Calero, el Numancia comenzó a poner en apuros a David Gil, sorprendente titular hoy en detrimento de Cifuentes. Y en uno de los huys llegó el ay: Cala derribó a Higinio de manera tan ingenua como indiscutible. Curro convirtió el penal (tras repetición) y negros nubarrones de verano comenzaron a cernirse sobre el futuro del encuentro.

Poco después del empate, llegó la pausa de hidratación (en este punto no puedo dejar de pensar en anuncios de cremas para pieles secas) y, casi a continuación, el descanso. El fútbol del silencio es también el fútbol sincopado.

En la reanudación pasaron tantas cosas que más que una crónica sería recomendable escribir un resumen: se lesionó Gil (y entró Cifu), se lesionó José Mari (y entró Jurado), se lastimó Mesa (y entró Lozano). Calidad por calidad, Perea sustituyó a Pombo. Hizo un caño (a Curro), estrelló un balón en el palo y casi le patea la cabeza (a Curro). Roja y a la caseta: imposible hacer más cosas en menos tiempo.

Con tan solo diez hombres, el Cádiz parecía condenado a firmar un honroso empate y a cruzar los dedos para que el Mirandés echase un cable en El Alcoraz (que lo echó, por cierto). Pero —¡sorpresa!— el partido tenía vocación de Aleph y siguieron pasando cosas: salió Salvi, entró Alejo, provocó una falta y Cala (el mismo Cala que hizo el penalti) cabeceó para anotar el uno a dos (¿dónde está la cafinitrina cuando se la necesita?). Todavía pudo empatar el Numancia en varias ocasiones que no acabaron en gol porque la vida es así y, a veces, el destino se muestra caprichoso y esquivo (o complaciente y dulce, según la perspectiva).

Los últimos minutos fueron, por fin, una demostración de madurez y picardía de los jugadores amarillos. Cada falta a favor (con Alejo casi siempre por los suelos) venía acompañada de gestos de dolor y lamentaciones sin cuento (o con un poquito de cuento, para qué engañarnos). Compañeros que se acercaban, piernas que se estiraban, cuchicheos cómplices. Conscientes de la importancia del botín que tenían en sus manos, los gaditanos no estaban dispuestos a dejarlo escapar. Con oficio fueron asfixiando los últimos minutos del choque ante la impotencia de un Numancia que empieza a coquetear con el descenso.

El Cádiz, por su parte, abre brecha con los dos perseguidores más tenaces —Almería y Huesca— y se encarama a lo más alto de la clasificación.

Un poco más, solo un poco más.

Nuestros corazones resistirán.


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