El pasado 14 de junio se cumplieron 25 años de la muerte del gran e inolvidable Rory Gallagher. Por estas tierras áridas su popularidad fue inversamente proporcional a su grandeza como músico pero si le preguntan a cualquier gran músico de blues o de rock no escucharán otra cosa que admiración y reconocimiento.

En primer lugar me voy a permitir hablarles en primera persona porque la obra de Gallagher está íntimamente ligada a mi propia vida y porque, aun siendo muy reacio a la mitomanía, he de reconocer que con este personaje tengo algo más que una debilidad. Se podría decir que casi es una ciega y acrítica devoción parecida a la que muestran muchos de los infantiloides padres de hoy en día por sus vástagos y que les hace contemplarlos como seres únicos, irrepetibles, e incluso les lleva a convertir los defectos en excepcionales virtudes. Pero, créanme, con Rory Gallagher me es imposible parecer racional.

No voy a relatar su biografía, a quien le interese podrá encontrarla por la red en versiones más o menos extensas. En cuanto a su música tampoco voy a desgastarme intentando explicarles por qué es imprescindible escucharla, me limitaré a enlazarles una selección con algunas piezas de su extensa discografía por si a alguno de ustedes les pica la curiosidad y deciden concederle esa oportunidad que tanto se le racaneó en vida.

Lo que de verdad me interesa resaltar es la dignidad y el respeto que Rory Gallgagher mostró por su obra, porque creyó en ella, porque la respetó manteniéndola al margen de las veleidades de la industria musical así como de los estereotipos asociados al músico de éxito. Entendió como pocos la diferencia entre lenguaje del estudio y el del directo. Mimó sus grabaciones como obras indivisibles. De hecho se negó a publicar singles para la radio. Si querías escuchar su disco, lo comprabas y lo degustabas en casa tranquilamente. Si querías escucharle en la radio, tendría que ser a través de alguna de las sesiones que grababa para tal efecto y si querías conocerle realmente como genio de la guitarra y ciclón inagotable del escenario, tendrías que ir a verle en directo y descubrir una versión distinta y ampliada del artista que escuchaste en la intimidad de tu habitación. Si, como un servidor, no pudiste acceder a esta última modalidad, tenías que conformarte con escuchar alguno de sus tres directos publicados en vida. Esto, obviamente, cambió tras su muerte ya que hay muchísimo material audiovisual de distintas actuaciones suyas disponibles por la red y varios discos póstumos que recopilan tanto su actividad para la radio como sus directos y su material inédito.

Me voy a centrar en sus discos de estudio ya que quizá lo más recordado siempre es su impresionante y energética faceta en directo. Lo normal cuando eres un virtuoso es que tu obra esté al servicio del lucimiento de tu técnica pero en el caso de Rory Gallagher esto no es así. Si escuchas alguno de los álbumes no tienes la sensación de que las canciones sean un mero pretexto. Las canciones, las melodías, las letras tienen un sentido en sí mismas. Son más bien intimistas y parecieran concebidas no para conectar con un gran público en masa sino con individuos por separado, lo que un informático llamaría relación de 1 a 1 en lugar de relación de 1 a n. Quizá esa sea el secreto para que los pocos que por aquí seguimos su obra nos convirtiéramos en rendidos incondicionales. Desde la aparente sencillez, la aparente sobriedad y la ausencia de extravagancia, se establece ese férreo  vínculo entre el emisor y el receptor. Muchas veces me he preguntado por qué me gusta tanto alguna música y por qué no soporto otra y la explicación que más me convence es que hay música que me creo y otra que no. Tan sencillo como eso. Y la música de Rory Gallagher se me antoja de una sinceridad incontestable. Pero eso lo sé ahora que peino canas, cuando empecé a escucharle simplemente me limité a disfrutarlo.

Y me niego a poner en segundo plano, como hacen casi todos los críticos, su época más rockera porque defiendo fervientemente que los cuatro discos desde 1975 a 1979 culminados por el directo del 80 son pura dinamita y no tienen nada que envidiar a sus clásicos más bluseros, más bien diría que incluso los superan. No hay como enfrentarse a la tediosa tarea de tener que montar cuatro o cinco muebles de Ikea en una tarde para convertirlo en un placer acompañando la actividad con la música de unos cuantos de estos discos. ¿Que hay que pintar un par de habitaciones? No pasa nada, tengo discos para pintar una mansión.

Y así transitó este irlandés por la segunda mitad del siglo XX, haciendo las cosas a su manera, trabajando en lo que creyó sin buscar atajos, dando rienda suelta a su indiscutible talento con un absoluto desprecio por el narcisismo. Si los focos apuntaban a un lado, el pasó por el otro.

Murió demasiado joven, con 47 años, y 25 después, los que le seguimos añorando somos ya demasiado viejos como para que nuestro recuerdo tenga algún interés en este mundo de millennials.

La siguiente lista de reproducción incluye un tema al inicio y al final en directo y entre ambos un tema de cada uno de los discos en orden cronológico:

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