Hoy, si se me permite, voy a hablar de mí y de algunas vivencias y sucedidos por los que he atravesado a lo largo de los años.

Hace unos días tuve que solicitar a un cliente su vida laboral para realizar un trámite. En qué hora, porque a raíz de este asunto me dio por pensar. Eché la vista atrás a mi trayectoria profesional; primero de manera literal, luego, con calambres en el cuello en sentido figurado. Recordé las ocupaciones de buscavidas que he tenido que desempeñar en tiempos de universidad, con mayor o menor fortuna y siempre con menor o aún menor retribución.

Necesidad obliga, y a como a mí nunca me ha caído nada del cielo he tenido que buscar las escaleras para subir a coger las cosas.

Con el tiempo te das cuenta de que, en este mundo, nunca debes parar de buscar, curiosear, experimentar, probar, no puedes cejar en el intento de crecer, aunque te equivoques. La vida es ese periplo, no la llegada a la meta.

Cuando piensas que has encontrado la vida plena, la satisfacción total, la tranquilidad y no necesitas más desarrollo personal ni desafíos es cuando te mueres, aunque te entierren muchos años después. Tenemos una eternidad para descansar cuando se acabe la película.

En este proceso vital no han sido pocos los sitios donde me he dejado caer, y alguno bastante surrealista.

Una de mis primeras incursiones al mundo laboral llegó a través de la figuración en series y películas. Era fácil, te dejaba muchos tiempos muertos en los que poder estudiar y a veces era hasta divertido. El principal problema que me encontré es que, por razones físicas, me encasillaron; siempre me ponían de guardaespaldas, policía o militar. La única vez que me salí un poco, muy poco, fue cuando hice de leñador. Tuve una escena con conversación al lado de Fernando Fernán Gómez y eso no lo puede decir todo el mundo. Menudo duelo interpretativo, aunque debo decir que creo que ganó él. Me querían timar y emparejar con una dominicana a la que parecía que le habían saltado los dos airbags y que se dedicaba a la mal llamada “vida fácil”. A mí no se me ocurre una vida más difícil que la de las trabajadoras en el oficio más antiguo del mundo.

En los descansos se podía ver a un leñador, con su camisa de cuadros, qué en vez de estar rodeado de troncos y maderas sostenía el producto ya acabado en forma de libros y apuntes.

A través de las agencias de extras también conseguí participar en varios concursos televisivos. Uno de palabras más intelectual que conducía Ramoncín. ¿Qué pudo fallar? Y otro más físico, cuyo objetivo era llenar un carro de compra contrarreloj para llevarme su valor. El de la compra, no el del carro.

Sin salir del mundo de la farándula, pasé otra época en el equipo encargado del material para el programa Hola Rafaella. ¡He conseguido evitar decir el anglicismo backstage! ¡Yeah, Good for me!, ¡So Cool!

Fue como hace 25 años, por lo que calculo que la Carrá tendría en torno a 70-75. Una persona estupenda y muy divertida, por otro lado. Siempre tenía palabras amables hacia nosotros, los mindundis que rondábamos por allí. Todavía recuerdo la cara de El Fary cuando salió al escenario y se encontró el micrófono colocado a dos metros… O la que formó Raphael poniendo boca abajo las gradas e histéricas a las señoras del público. Y eso que era playback… en los conciertos deben volar las bragas de cuello vuelto por el escenario. Te puede gustar o no, pero ese tipo tiene algo especial y yo lo comprobé en directo.

El trabajo más duro que hice dentro del mundo de la televisión fue el de desmontar el escenario en el programa Un, dos, tres. En cuanto se apagaban los focos, a medianoche, nos tocaba recoger durante toda la madrugada el decorado para cargar camiones con las maderas y conglomerados. Creo que mi amigo Josebe me odia un poco todavía desde que le convencí para acompañarme.

El bocata de media barra a las cuatro de la madrugada entraba solo. Y el momento de felicidad y alivio cuando llegaban las ocho era indescriptible. No besábamos el suelo de la calle por si no podíamos luego incorporarnos. De ahí a la Universidad, con dolores hasta en las pestañas y algún clavo en el cuerpo.

Más empleos en los que he laburado, que dicen los argentinos. (Dicen muchas más cosas, casi todas); Pinchadiscos y camarero en bar de copas. Y no en cualquier sitio, no; ¡En el mítico Cien por Cien!, uno de los lugares más especiales de la noche madrileña en los 90 y que todavía sigue al pie del cañón. Tenía que poner sólo música española, no todo iba a ser bueno.

En ese garito, que decíamos antes, pasé momentos increíbles y conocí a gente estupenda. Si os dejáis caer por allí, cuidado con los bordillos primero, y después fijaos en la guitarra gigante que hay en el techo. Yo estaba en el equipo de “ingenieros” que la puso y que tardó cuatro botellas de whisky.

Entre esas cuatro paredes he hecho de todo. Y no voy a entrar en más explicaciones y detalles por si queda algo que no haya prescrito.

Poniendo copas también he pasado por bares de playa, en La Manga, cuando todavía había fauna viva en el mar, porque fuera sigue habiendo ahora.

Todavía recuerdo el pedido más inverosímil e impactante que me han hecho nunca: Centenario Cola, JB Trina y tres Heiseker… Salí de la barra y le di un abrazo al cliente, qué menos.

Junto al trabajo del Un, dos, tres lo más cansado, aunque era mucho más concentrado, fue hacer roscones. Treinta horas seguidas dale que te pego en vísperas del Día de Reyes. Hasta San Valentín seguía viendo frutas escarchadas en vez de personas por la calle. Acababa uno molido, pero la cuesta de enero se veía un poquito menos tendida.

En Londres también puse copas, serví desayunos, comidas, cenas (las primeras en la espalda de los comensales, para luego ir mejorando hasta llegar sin incidentes a los platos), monté salas de reuniones, de cócteles etc., pero esa etapa merece comentario aparte. La palabra “penurias” la inventé yo allí. Anda, otra cosa que no sabíais.

Entre medias de estas ocupaciones bizarras, un día me llegó la posibilidad de batir un Récord Guinness: el partido de baloncesto más largo de la historia. Después del trabajo en la pastelería y cargar camiones toda la noche sonaba a juego de niños.

Perdimos, tras más de 24 horas y en un final apretado por 1.200 puntos, aunque el resultado es lo de menos en estos casos. Fue una experiencia compartir cancha con ex profesionales como Iturriaga, Vicente Gil o Beirán, además de otros amigos de diferentes equipos en los que jugué. Logramos el objetivo y estuvimos unos meses con el récord. Yo batí otro personal: dormir tres días seguidos…

Si les digo que he hecho de todo no miento.

¿Saben quién se atrevió con un estudio de mercado para comercializar sistemas de riego españoles en Inglaterra? Correcto, el menda lerenda. Me queda como reto tratar de vender DYC en los Highlands para superarlo.

Finalmente me he dedicado a trabajar de manera más convencional en el mundo de los mercados financieros y de la inversión. Más aburrido sin duda.

Por todas estas vivencias que les he contado, cuando me cruzo con algún papanatas que se dice “de buena familia”, al que alguien del servicio le ha atado los cordones de los zapatos hasta que se ha puesto él solo sus castellanos de borlas, que no sabe cómo freir un huevo y que se agobia si no le entregan el nuevo Audi para ir a esquiar el fin de semana, me doy cuenta de la suerte que he tenido en la vida. Si me han educado para hacer frente a los problemas de este modo y a valorar todo lo conseguido, yo sí que puedo decir que soy de buena familia, aunque no tuviera dinero.

Esta vez no me voy a referir a un amigo concreto al final, sino que voy a dedicar estas líneas a todos los que he ido haciendo a través de mis aventuras laborales y personales, que son lo mejor que me ha quedado.

Ellos y ellas ya saben quiénes son.             

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