Hubo goles como antaño, pero faltó la emoción de aquellos partidos de mediados de los 90. El fútbol post-pandemia sigue falto de ritmo y escaso de continuidad. Lo que sobran son las pausas, incluidas las de hidratación, esas que han destapado todas las vergüenzas culés. El Atlético se mantiene pertrechado hasta en esos recesos en los que Simeone alecciona a sus hombres en primer plano. Los colchoneros siempre parecieron tener más claro el plan, mientras que los culés suspiraban por la inspiración de Messi y la hiperactividad de Riqui Puig.

Pocas veces en un partido se habrán pitado tantos penaltis (3) por menos razones. Todos parecieron bajos en calorías, roces más que zancadillas. Todos se pitaron con la contundencia con la que reclamábamos falta en el último minuto del recreo. Solo que allí nadie pedía el VAR. Ahora te pueden hacer hasta repetir un penalti. El que detuvo Ter Stegen después de adivinar el disparo de Diego Costa, pero adelantándose demasiado. Si la ventaja ya es amplia para el delantero, esta norma lo convierte en una quimera. Fue Saúl el encargado de tirar las dos penas máximas y aunque la segunda la acarició el portero alemán, Simeone habrá tomado buena nota de quien tiene que ser el primer lanzador.

Que el partido sería rocambolesco quedó claro pronto. En este Barça crepuscular no se puede despreciar ni una carambola. Fue Diego Costa el que terminó embocando la pelota en su portería después de un córner botado por el argentino. Nunca fue el Camp Nou un terreno abonado para el delantero hispano-brasileño. Después del autogol, falló un penalti. La gasolina pareció durar 20 minutos y desde entonces el Barça atacó andando y el Atleti defendió al trote. Simeone sonreía desde la banda. Setién no podía quitarse esa mirada mortecina que adivinamos tiempo atrás a Valverde.

Tampoco el 4-4-2 puesto hoy en liza por Quique Setién solucionó las cosas. El problema es estructural y de fútbol en un equipo que ha recuperado los vicios del último Barça de Rijkaard. Así que ahí la hiperactividad de Riqui Puig reluce ante el pasotismo de sus compañeros. El chico se mueve lenguaraz y dispuesto, como un vendedor de seguros el primer día de trabajo. El chico conoce el idioma y los movimientos pero con todos pidiéndolas al pie, tampoco puede hacer milagros. Después de todo el canterano puede ser el único brote verde de este tiempo.

Más agridulce resultó el partido de Marcos Llorente. Auténtico MVP de Anfield hasta aquí , su paso por el Camp Nou fue de puntillas. Apenas una arrancada al inicio y poco más. Ni siquiera su pasado madridista sirvió como acicate en la mole de cemento del coliseo azulgrana. Y con todo y con eso, como si de un calco de la Supercopa se tratara, los colchoneros pudieron pegar un zarpazo definitivo a la Liga en los últimos minutos con el partido ya roto. Ni Joao Félix, ni un inspiradísimo Carrasco supieron darle la puntilla al Barça. Y quién sabe si también a Setién.

El empate sirve más para el Atleti en su carrera por la tercera plaza que para el Barça. Los azulgrana han entregado La Liga tras el confinamiento por inoperancia de unos y dejadez de funciones de otros. En medio de ese desaguisado el gol 700 de Messi en su carrera quedará como un pellizco, un cucchiaio (cuchara) que dirían los italianos. Un guiño a Panenka que es también un grito nostálgico del tiempo que ya se fue. Como el Barça.

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