Por sorprendente que parezca el caso de George Floyd, inmovilizar a un detenido contra el suelo y ponerle una rodilla en el cuello es un procedimiento estándar en muchas policías estatales estadounidenses. A diferencia de lo que sucede en Europa o Canadá, la compulsión física es una facultad libre para el agente. La usa cuando lo estima conveniente, y si recurre a modalidades como apretarle la garganta, totalmente prohibidas en otro país —y hasta cierto punto también allí— sabe que no le ocurrirá nada.

Alguien dirá: ‘Bueno, pero la brutalidad policial no se usa sólo contra los negros. Los blancos también pueden sufrirla’. Se muestran entonces las estadísticas. La mayoría de víctimas mortales por brutalidad policial en Estados Unidos son negros. Entonces aparece otra estadística: cerca de un 40% de los delitos violentos en ese país los cometen varones negros, el 6% de la población. Además, recordemos que también hay mártires blancos de malas praxis policiales. ¿Qué más pruebas necesitamos de que el racismo en Estados Unidos no es una cosa de cuatro locos del KKK?

Mirad, hasta la sentencia Guinn vs Estados Unidos (1915), había en muchos estados, sobre todo sureños, una ley electoral que, para entrar en el censo, exigía superar una prueba de alfabetismo y pagar ciertos impuestos. En la práctica esto dejaba fuera a la mayoría de la población negra y también a gran parte de los blancos. Eso sí, había una excepción: “La cláusula del abuelo”. Estaba exento de la rígida prueba de alfabetización quien el 1 de enero de 1866 tuviera un antepasado censado como votante. Pensad que la esclavitud se había abolido en febrero del año anterior ¿cuántos afroamericanos creéis que había en los censos de Estados sureños el 1 de enero de 1866? Eso es: NINGUNO. Pero también había algún blanco que seguro no se podía acoger a la cláusula del abuelo, nos dirá alguien. Ya… ¿y?

La discriminación indirecta es lo que tiene: bajo criterios aparentemente objetivos, en la práctica perjudica mucho más, sino exclusivamente, a ciertos colectivos.

¿La brutalidad policial en EEUU se consentiría igual si la mayoría de víctimas fueran blancas? Creo que las leyes que regulan las prácticas policiales estarían reformadas hace décadas. Pero afectan a blancos pobres y a negros… también pobres, es decir, la mayoría.

Cualquier estudio sociológico de criminología muestra la relación entre la marginalidad social y determinadas conductas delictivas y antisociales. Por cierto, otra cosa que muestra es que sólo una minoría entre quienes sufren la pobreza incurren en tales conductas.

Este hecho debería llevarnos a poner en duda el criterio estadístico de que los negros comenten proporcionalmente más delitos que los blancos. Volviendo a los estudios de criminología sociológica, en los países denominados del primer mundo es habitual que una minoría de la población cometa la mayoría de delitos. Dicha minoría suele vivir en condiciones económicas muy precarias. Por tanto, los afroamericanos no tienen la criminalidad arraigada ni son más violentos por naturaleza. Es simplemente la consecuencia de que esa minoría racial, que apenas representa el 13% de la población de EEUU, en casi un 20% vive en la extrema marginalidad y en casi un 35% adicional por debajo del umbral de la pobreza. Comparar a esa minoría, en términos estadísticos, con una mayoría, blanca en este caso, que reúne a la práctica totalidad de clases medias y altas del país, sólo puede dar lugar a datos aritméticamente ciertos, pero falaces, pues insinúa una vinculación entre raza y violencia, al tiempo que se invisibiliza la cuestión de la desigualdad social.

La estadística es el último refugio de la racionalización del racismo y la xenofobia. No sólo en EEUU sino en todo Occidente. Es aquello de: “Yo no soy racista, lo dicen los números”. Sin embargo, en Europa cada vez nombramos menos a las razas. En general apelamos a cuestiones culturales y economicistas: No podemos admitir extranjeros porque no hay recursos para todos. Tales culturas, léase los gitanos, son más propensas a la delincuencia, o al radicalismo religioso, léase los musulmanes. Y así miedos y prejuicios perviven sustentados gracias a medias verdades y otras falacias.

Nuestro racismo se ha economizado y que no se me entienda mal, Estados Unidos no es ajeno a este fenómeno. Sin embargo, lo proyecta más hacia los hispanos. Con los afroamericanos persisten tópicos raciales que parecen de otra época.

El poligenismo

Quizás hoy nos sorprenda, pero hasta principios del siglo XX el racismo se consideraba una ciencia y tenía su base en el poligenismo, es decir, la teoría de que cada raza humana desciende de un simio diferente, no hay antepasado común. Obviamente, los blancos descendemos del mejor simio. Ernst Haeckel fue el último gran defensor radical de esta teoría, los nazis y otros supremacistas blancos lo adoraron.

Ideas similares al poligenismo siguen muy arraigadas en el racismo norteamericano, donde, a diferencia del racismo europeo, las ideas de distinciones biológicas y superioridad racial siguen extendidas, más allá de grupúsculos radicales. De hecho, gran parte de la población blanca de ese país cree que existen diferencias relevantes de carácter biológico entre razas, que afectan a la inteligencia o aptitudes sociales de las personas. Persiste asimismo la creencia de que las parejas interraciales tienen más posibilidades de tener un hijo con enfermedades o malformaciones genéticas. ¿Sorprendente? No tanto como que hasta 1967, quince Estados tuvieran por ley prohibido el matrimonio y relaciones sexuales interraciales. El Tribunal Supremo abolió esas leyes en el caso Loving vs Virginia.

No olvidemos el pasado esclavista y la segregación legalizada en más de una docena de Estados hasta la década de los sesenta. La tolerancia al KKK y otras tantas asociaciones racistas se escuda en la libertad e incluso la tradición cultural. Ningún grupo supremacista ha sido declarado terrorista o criminal pese a que todos coleccionan miembros con antecedentes por delitos violentos y que a menudo los cometieron conjuntamente en el ámbito ideológico de la organización.

Esta combinación de factores hace que la garra del racismo siga asfixiando a los afroamericanos en su propio país. Y cada vez, si no con más dureza, lo hace con menos pudor, porque ahora, además de vivir con actitudes racistas, puedes ofenderte cuando te lo recriminan, gritando que el oprimido eres tú.

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