El baloncesto español es, sin lugar a dudas, una de las potencias mundiales de este deporte desde los años 60. Ahora lo es en todas sus categorías, también en la sección femenina. Nuestras competiciones nacionales son de una altura verdaderamente excepcional, las mejores del continente, siendo la Liga ACB, tras la NBA, la de mayor calidad a nivel mundial. Es cierto que llevamos casi tres décadas de éxitos deportivos, con generaciones  brillantísimas de jugadores y clubes en la élite internacional, pero no podemos olvidar las décadas de los sesenta a los noventa. En aquellos años España presentaba su candidatura a ser una de las mejores selecciones nacionales en cuantos campeonatos competíamos. Una etapa gloriosa y emotiva de recordar. La rivalidad con Italia, o la extinta Unión Soviética,  era verdaderamente épica.

Hoy quiero recordar a un jugador sensacional, diría que único por su genialidad y brillantez. Me refiero a Carmelo Cabrera Domínguez. Durante veinte años nos regaló la magia del manejo del balón sobre la cancha. Cuando a los treinta y ocho años se retiró, sentí que sería difícil volver a encontrarse con un jugador como él. No es exagerado, tuve ocasión de verle evolucionar en la pista durante su corta estancia en Valladolid, entre 1979 y 1981, en aquel Miñón Valladolid tan aguerrido. Allí coincidió con otro estratosférico jugador, Nate Davis, acompañado de Toño Martín, el malogrado Martín de Francisco Morty, Arturo Seara y Samuel Puente. Un lujo a todas luces para Pucela.

Su carrera profesional se desarrolló en el Real Madrid (1968/1979), en el ya mencionado Miñón Valladolid (1979/1981), para finalizar en el C.B. Canarias (1981/1988). En la selección nacional jugó 102 encuentros, entre 1970 y 1977, debutando a la edad de veinte años. Ha sido considerado el mejor jugador de baloncesto canario de todos los tiempos y, con merecimiento, uno de los diez mejores de la historia del Real Madrid. Sus 1,83 metros de altura atesoraron una talla aún mayor en su demarcación como base.

En el año 2016, José Luis Hernández publicó un libro dedicado a él, El globetrotter blanco, en el que se detenía en su figura deportiva y su lado más humano. El título ya señala la grandeza humana y deportiva de Carmelo. Les recomiendo encarecidamente su lectura.

Sus características técnicas eran exquisitas, elegantes, atractivas de ver y disfrutar como espectador. Talento a raudales, visión de juego, mando en la cancha, personalidad en la construcción de la jugada, autoridad y respeto de los compañeros, y admiración del contrario. Rápido, inteligente, habilidoso y eficaz. Buena mano con el tiro y enorme pasador. Dos temporadas conquistó el liderazgo como mejor asistente de la liga durante su estancia en Canarias (1983/84 y 1984/85).  No tengo ninguna duda de que hubiera podido jugar perfectamente en la NBA. Era distinto, moderno, creativo. Un mago con el balón. Si tuviera que compararle con algún jugador europeo sería con el griego Nikos Gallis, o con el dominicano Carlos Alberto Arroyo. Enorme, muy grande, fabuloso.

España siempre ha tenido grandísimos directores de juego. Todos magistrales y no quiero menospreciar a ninguno de ellos: Nacho Azofra, Rafa Jofresa, Juan Antonio Corbalán, Nacho Solozábal, Nino Buscató, José Luis Llorente, Pablo Laso, Joaquim Costa, Vicente Ramos, José Miguel Antúnez, Nacho Rodríguez, Arturo Seara, Mike Hansen, Pablo Martínez, Juan Antonio Arcega, o Josep Lluis Cortés, ya retirados. Otros han jugado o juegan en la NBA como José Manuel Calderón (retirado), Raúl López (retirado), el siempre genial Chacho Rodríguez, o el emergente Ricky Rubio. No puedo olvidarme ni por un momento de Sergio Llull, estratosférico y carismático, o de un enorme Guillem Vives. Todos sensacionales. Sin ellos el lance hubiera sido y es más aburrido, muy diferente por calidad, plasticidad y belleza.

Sin embargo, me permito una licencia, para mí Carmelo Cabrera representó arte, emoción, genialidad. Un jugador que se adelantó a su tiempo en España y en Europa. Sigo reteniendo en mi memoria su forma de entender el juego, su capacidad para comunicar con el espectador, con el  aficionado, su sentimiento y su competencia técnica.  Sencillamente, era  un mago del balón.

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