Es muy posible que la acción más poética del fútbol, si se me permite la analogía (y sé que es mucho permitir), sea el pase de gol. No digo “asistencia”, al menos en el primer párrafo, porque los puristas lo consideran una insoportable importación del baloncesto y es evidente que no les falta razón. El gol también puede incluir poesía, es cierto, pero es una poesía precoital. El pase de gol es una especie de sacrificio amoroso, el mismo que hacía Cyrano cuando susurraba al oído de Christian los versos que seducían a su amada Roxanne. Para entendernos: el verso lo escribes tú, pero el gol lo mete otro.

En este sentido, no hubo mejor asistente (con perdón) que el Bogart de Casablanca, que renunció al gol de su vida en favor del delantero checo Víctor Laszlo.

Si el pase de gol es poético en su esencia, ejecutado de tacón es un soneto. No cabe mayor sutileza. Ni mayor prodigio, porque en los casos más extraordinarios, estos pases se elevan por encima del gol, tal y como le ocurrió a Guti en Riazor y tal y como le sucederá a Benzema en cuanto el tiempo nos difumine el recuerdo del partido contra el Espanyol. Apuesten algo: dentro de unos meses (quizá semanas, tal vez días) permanecerá el pase y se nos olvidará el gol.

Siempre tuvimos a Benzema por un futbolista capaz de estas cosas y hasta es posible que le diviertan más que los goles sencillos. Lo asombroso es que sus gestos sobre el campo cada vez recuerdan más a los del Zidane futbolista, los controles y los taconazos, recientemente las voleas, y en general esa forma de desplegar el lienzo antes de trazar el dibujo. Sigo pensando que le faltan goles corrientes, de los que engordan estadísticas, pero no pienso debatir sobre este asunto durante lo que resta de verano. Los tacones son objetos contundentes y ante la posibilidad de un lanzamiento masivo conviene ponerse a distancia prudencial.

El Real Madrid no necesitó más que un soneto de Benzema y un gol de Casemiro para tumbar al Espanyol y acariciar el campeonato. La diferencia anímica con respecto al Barcelona es mucho más relevante que la distancia en puntos. Un equipo es feliz y el otro anda penando desde que Piqué declaró el estado de pesimismo. La vida es frágil y el fútbol más, pero parece complicado que asistamos a un giro del guion. Por cierto, algún día reconoceremos que Zidane, además de dos piernas sublimes, tuvo también una mano izquierda primorosa.

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