Me educaron para creer que quien llega a un puesto de responsabilidad lo hace por sus méritos. Esa línea está tan arraigada en mi código que, aunque la realidad se me ha demostrado suficientes veces que no es así, me cuesta renegar de este principio. Por eso, si el Gobierno impone una medida, no sospecho que carezca de datos y razones para hacerlo. Interpreto que, si no nos expone los motivos de una acción, es porque saben que somos tontos y que nos íbamos a liar con los datos.

Es seguro que la información que les ha proporcionado el Big Data sobre nuestros desplazamientos (y que servirá de alimento para una aplicación que, si no han distribuido, es porque no han conseguido todavía que sea lo suficientemente sencilla para nosotros), también les ha permitido saber cuántos somos tontos y en qué grado. No hay duda de que existen ya modelos entrenados con individuos reconocidamente tontos que permiten sacar a la luz, con unas pocas variables, a personas que lo son aunque ni ellas misma lo sepan.

Yo, para facilitarles la eficacia del modelo, me etiqueto como tonto. No ha sido un descubrimiento inmediato. Ya tenía la sospecha antes de la pandemia. Soy el que da por hecho que comerse un pastel en trozos pequeños engorda menos que acabar con él de una sentada. Soy el que, después de cinco años con el mismo juego de llaves, sigue dudando de si es la verde o la azul la que debe utilizar con el portal. Cosas así. Pero como a veces terminaba un sudoku en un tiempo razonable, pensaba que igual me salvaba.

En este tiempo, esa sospecha se ha convertido en una evidencia. Algo que tengo que agradecerle a estos días de confinamiento. No he aprovechado los momentos de ocio para empaparme de charlas TED o para repasar antiguos apuntes. Mi intención es buena, pero siempre se acaba cruzando algún vídeo en el móvil que me distrae y me obliga a compartirlo: el último, el del niño al que le han advertido que la cebolla que sostiene no es una manzana y se la come sin quejarse para no reconocer su error. ¡Pero niño! Los dos compartimos lágrimas. Las mías, de risa. Pero no le des otro mordisco, niño.

Si el algoritmo que me analiza fuera un espejo al que preguntarle si soy tonto, sé qué me respondería si no estuviera tan bien educado. Pero se viste con la dulce voz de Siri y se convierte en un ejemplo de diplomacia:

—“No sé qué quieres decir con “Piensas que soy tonto”. ¿Qué tal si lo busco en internet?”

Me conoce mejor que mi madre. El, o ella, ya sabía cómo iba a terminar mi proyecto de ver todas las películas de Orson Wells para poder formar parte, en una deseada nueva emisión de Qué gran es el cine, del grupo de colegas con los que Garci, bajo el humo de los cigarrillos, volvería a compartir opiniones sobre cine. Vi Sed de mal pero, a la mitad de La dama de Shangai, me rendí, cansado del montaje, la sucesión de frases para la posteridad y una Rita Hayworth que parecía maquillada para otra película. Que la feliz alternativa a ese plan fuera Ralph rompe Internet, ya da una idea del nivel intelectual al que he llegado y explica por qué Garci no dejaría ni que me encargara de vaciar los ceniceros de Miguel Marías.

El Gobierno ha tratado de adaptarse a nosotros, eso tengo que reconocerlo. El mismo vicepresidente, sin ir más lejos, nos ha llegado a hablar como a niños y niñas aunque sabía que no éramos niñas ni niños los que lo escuchábamos. Un método elegante y respetuoso con el que no dañar nuestra autoestima, pero el mensaje no debió llegar a su público objetivo porque no ha vuelto a utilizarlo.

En sus informes debemos estar en caída libre en lo respecto a la inteligencia. No tenemos remedio y parece que han tirado la toalla: ahora que están disponibles las máscaras buenas temen que las usemos por si nos confiamos y descuidamos la protección. El siguiente paso será desaconsejar el uso del cinturón de seguridad en el coche y recomendar que el bebé se siente a nuestro lado para que así seamos más prudentes al volante.

Pero le pido al Gobierno que no se rinda y que, ahora con el tema de los cambios de fases, no practique una política de hechos consumados. Si creen que, aun utilizando a Epi y Blas nos perderíamos entre cifras y gráficos y tendencias, pueden servirse de otros métodos para la selección de qué comunidades pasan de una fase a otra. ¿Qué tal una pequeña reproducción del sorteo de Navidad con las 17 bolas de las comunidades en un bombo y, en otro, como una pedrea, las distintas opciones? Todos aceptaríamos el resultado sin objeción y el presidente, sin poner en riesgo ni su respeto ni su dignidad, estaría en disposición de anunciar después que se hará lo que ha salido de las bolas.

Una alternativa más deportiva podría haber estado inspirada en el sorteo de semifinales de la Champions, ese en el que una mano inocente siempre saca un equipo que el Madrid se quita de en medio sin problemas y que al año siguiente elimina a los que lo consideraban una amañada perita en dulce. Este sistema serviría, además, para calmar a los que echan de menos todo lo que huela a fútbol.

Sin embargo, lo que más nos gusta a los tontos es que nos dejen participar. Los dos sistemas anteriores son interesantes, pero no permiten la intervención del público. La solución perfecta sería, dado que este año no se celebra Eurovisión, adaptar ese modelo y sustituir a los países por las comunidades. El presidente o presidenta de cada una podría presentar un tema y todos, desde casa, elegiríamos con nuestros votos qué comunidad pasa y cuál se queda después de la votación oficial.  

—Saludos desde Cuenca. Desde aquí damos nuestros puntos colgantes a Galicia, Murcia y Aragón.

El método no es muy científico, pero es democrático, qué más queremos. Todo no se puede tener. Además de entretenernos, libera de carga a un Gobierno desbordado que así se puede dedicar enteramente a hacer cosas de Gobierno y permite que los expertos se centren en hacer cosas de expertos y los ministros, en tareas de ministros.

Pero niño, suelta ya la cebolla. Jajajajaja.

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