Hasta aquella tarde fría de febrero, su vida transcurría tranquila y previsible. Sí, lo recuerda muy bien. Era un tipo normal, teniendo en cuenta la acepción más aburrida de la palabra, si es que tiene otras, pero eso no le importaba.

Sus mayores inquietudes en esos tiempos eran leer los diarios deportivos por internet y revisar que se cargaran correctamente los recibos en sus cuentas. Su trabajo administrativo en el banco, mecánico e insulso, le proporcionaba la tranquilidad de obtener un sueldo, mísero, pero sueldo al fin y al cabo que le permitía sobrevivir. Los días pasaban sin sobresaltos pero sin expectativas, no sentía la necesidad de explorar cosas nuevas. Se suele decir que una persona corriente utiliza un diez por ciento de su capacidad cerebral, pues por ahí debía andar alguien rondando el diecinueve a su costa. Carpe Diem, para él, era desayunar churros en el bar los domingos.

Quería a su mujer, como se quiere a esposa tras veinte años de matrimonio, y quería a sus dos hijos, aunque no era precisamente el ejemplo que había soñado ser cuando nacieron. Se sentía también querido por ellos, más de lo que se merecía probablemente. Tenía un reducido número de amigos, de los de toda la vida, a los que cada vez veía menos, aunque la pereza les impedía desligar sus vidas por completo. Pero no le afectaba, estaba bien así. O eso creía…

Entonces sucedió, muchos años después de haber mezclado un tubo de escape y un talento desmesurado adelantado a su tiempo, apareció en su vida Toole, el maldito John Kennedy Toole… De manera fortuita e inesperada, aquella tarde de invierno iba a experimentar unas sensaciones nunca antes vividas. Estaba a punto de inocular el veneno más peligroso y letal para la mente humana. Llegó sin avisar, no se pudo preparar para los efectos. Fue abducido por el placer de…

—¡La lectura!

Sin saber la que se le venía encima, empezó a ojear primero y a hojear después La conjura de los necios mientras esperaba su reality favorito. Era de su hijo y lo olvidó en la mesa del salón. De repente, las sensaciones se entremezclaron en su cerebro. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Cómo podía ser legal el inmenso placer que estaba experimentando? Y ser tan barato… No podía parar de leer y su mujer estaba a punto de llegar. No podía pillarlo de esa guisa.

Se puso chaquetón, bufanda y gorro, y salió disparado al coche con su preciado tesoro en el bolsillo. Allí volvió a dejarse atrapar por las páginas mágicas que habían creado en él esa adicción inmediata. Durante los siguientes dos días repitió las escapadas para seguir devorando la novela hasta que la acabó. Ignatius J. Really dejó de ser su compañero de viaje y le invadió una profunda desazón. ¿Y si este es el único libro que te lleva a este nirvana inesperado? ¿Y si nunca más experimentara esas sacudidas tan intensas? No puede ser. Tiene que haber más libros así.

Su dilatada existencia ante el televisor le había mantenido al margen de los circuitos de distribución de esta droga desconocida. ¿Dónde podría preguntar lo que le convenía consumir? Haría el ridículo ante cualquier dependiente de cualquier librería. Le podrían dar cualquier cosa ante su ausencia de criterio.

—Llévese este de Dan Brown, es un best-seller y tiene película…

Cuando lee por internet la historia del libro que le ha cambiado la vida se derrumba. ¿Un escritor que es capaz de crear algo así y que se suicida por no encontrar quien le publique? Debe ser una broma. Necesita consejo urgente y sobre todo, de manera absolutamente discreta. Para mantener el anonimato, (incauto) decide indagar por la Red… Va a estar recibiendo publicidad de libros hasta que Cárdenas diga algo gracioso.

Entra en un buscador de internet y antes que nada escribe:

“Antonio Resines es…” La primera opción le hace desternillarse ¡CALVO! No puede evitarlo, la función de auto-completado le mata. Es uno de sus pequeños placeres inconfesables. Una vez repuesto teclea: “Libros como la conjura de los necios”. Mientras aparecen los resultados, cierra una ventana emergente que le felicita por ser el cliente un millón que cae en su anuncio. También es casualidad.

Luego aparece otra donde observa las fotos de dos personas distintas con letreros de «Antes y Después… «.

Ya.

Comienza a leer las primeras coincidencias para su búsqueda: “El Misterio de la Cripta Embrujada”, Eduardo Mendoza. Este escritor debe ser español, pero no me suena de ninguna tertulia. Bueno, probaré. Dos horas sin parar de reír. Menos mal que está sumergido en las entrañas de la ciudad, viajando en metro y no le conoce nadie, piensa. En lo que no cae es que en la superficie tampoco.

¿Cómo hará en casa para devorar El laberinto de las aceitunas y Sin noticias de Gurb, los otros dos libros del mismo autor que adquirió en económicas ediciones de bolsillo? En un alarde de imaginación, inventa una cena de la empresa y se vuelve a refugiar en el coche, aparcado estratégicamente en un callejón solitario para no ser descubierto por ningún vecino. A la mañana siguiente, bromea con los niños en el desayuno, baila con su mujer en la cocina, canturrea…

—¡! María de la Ooo… !!

—¿Mamá, que le pasa a papá?, ¿está caducada la leche?

No puede evitarlo. Está inmerso en el momento mágico de las primeras alucinaciones que producen los textos ligeros, ocurrentes e ingeniosos. Son siempre las mejores. Aún no sabe que después, inevitablemente, tendrá que llevar a reflexiones profundas, a ensayos sesudos que le harán discurrir, a biografías de pensadores, a libros de historia… Un callejón sin salida.

Ya en la oficina, otra vez al buscador: Jorge Javier Vázquez es…. ¡TATURA! Lagrimón. La lista que confecciona es muy variopinta en cuanto a autores y temas. Está basada en recomendaciones que parecen fiables y prometen horas de goce y disfrute: “El guardián entre el centeno”, de J.D. Salinger, Dormir es de patos de Rodrigo Cortés, Estrafalario de Rafael Azcona, Que se mueran los feos de Boris Vian, Pulp de Charles Bukowski, Cuentos sin plumas de Woody Allen y para finalizar la tanda, Hincaíto de Juan Luis Cano. No es cuestión de pedir la excedencia tampoco. En el viaje de vuelta a casa, y tras pasar por la librería donde ha adquirido la mercancía, decide comenzar por “el de los patos”. Es una antología de tweets sin faltas de ortografía. ¿Será posible, se pregunta?

—«No eres tú, soy yo. Que no me gustas tú».

La carcajada que le arranca esta ocurrencia detiene incluso al músico, que en su vagón interpretaba Un ramito de violetas. Una versión actualizada y dedicada a la cúpula de Podemos.

—Perdón… balbucea, ante las miradas inquisidoras mientras deposita un euro en la funda de la guitarra. Debe tener más cuidado y esconder sus emociones.

—«El pestillo del cuarto de baño es lo único que nos queda»

Mira al techo del vagón, poniendo la misma cara que el soldado romano de La Vida de Brian cuando escucha a Biggus Dickus. Cierra el libro y espera para proseguir en un lugar más seguro. Pasan varias semanas en las que se entrega por completo a su nuevo vicio, a hurtadillas, en cualquier momento en el que puede quedarse solo.

Ha comprado más títulos que le quedaron pendientes en la primera búsqueda.

Consume también todo tipo de periódicos y revistas especializadas. Las ventanas de incógnito de su ordenador le resultan utilísimas ante las revisiones inquisidoras de su superior, que nota algo raro en su comportamiento de un tiempo a esta parte.

En la oficina está a punto de ser descubierto por un compañero. Se dejó por unos minutos California 83 de Pepe Colubi en el retrete y tuvo que volver corriendo para recuperarlo, justo antes de que entrara Ramírez a descargar sus archivos legales.

—Sé más cuidadoso, dice para sí, limpiándose las gotas de sudor de la frente. Le  había gustado el título de California 83 porque le pareció que estaba a medias, que faltaba la información del visitante. Tantos años de Marca le habían dejado huella.

Todavía no era consciente de que ahora tendría que subir bastante de nivel e informarse en A la Contra.

Tras varias semanas consumiendo se le está acabando el material. Va a necesitar pronto más. ¿Estará preparado para subir la dosis ? Ha indagado sobre Philip Roth, J.M. Coetzee, Stephen Zweig y parece que le pueden hacer daño si no los prueba con moderación. Empieza a notar sensaciones muy extrañas y cambia muchos comportamientos rutinarios. En vez del 5, en el mando a distancia de la televisión pulsa por inercia el 2.

Ante un compañero de trabajo muy progresista, deja escapar una broma con trasfondo.

—Bueno, Luis, buenas tardes. ¡Hasta mañana o mañano!

Otro día, se sorprende cambiando a versión original con subtítulos una película. Sin salir de su asombro, se da cuenta además que ¡es en blanco y negro! Sus hijos no entienden qué pasa cuando, ante los concursos de preguntas en la tele, siempre se adelanta al concursante sabiondo.

—¡Plutarco!

Su mujer comienza a sospechar lo peor.

Nueva búsqueda: Cristiano Ronaldo es… ¡TÚPIDO!” La segunda entrada tampoco tiene desperdicio: ¡TUDIOS! La abstinencia le consume desde que acabo el efecto del último chute y compone tembloroso una nueva lista de la compra con los autores sobre los que ha investigado: La conjura contra América,Desgracia y Una partida de ajedrez. Coge aire y lo exhala con solemnidad antes de partir a la librería.

Esto es mierda de la buena, medita, —que ya es más que pensar—, mientras entre las páginas del libro un exprofesor universitario sudafricano es quemado por unos granjeros negros. Y luego viene la reflexión del autor, que le parece fascinante.

Ya no hay vuelta atrás. A por Roth y su distopía. Si le dicen esa palabra hace tres meses hubiera golpeado a su interlocutor por faltón.

¿Quién dijo miedo? Le vienen bastantes nombres a la cabeza y cambia su motivación por: Yo me atrevo. Y se lanza sin arredrarse al vacío.

—¡Dios mío! —exclama, con un asomo de duda por primera vez en lo referente a la deidad impuesta y asumida.

¿Qué va a ser de mí? ¿Tendré que subir siempre por la escalera, para no tener conversaciones anodinas sobre el tiempo en el ascensor?, ¿tendré que vivir sin taxis, comprar por internet en el supermercado para evitar la cola?

—¿Puedo pasar primero, joven, que sólo llevo una lechuga? Es que verá, tengo a mis chicos haciendo la mili en Móstoles… ¡Noooo…!

Está acabado…

Con lo fácil que era todo antes. ¿Qué será lo próximo?, ¿ponerse a escribir, ser asiduo a la filmoteca, gafas de cerca? A este paso, va a llegar un momento en el que hasta tenga opinión. ¡No!, por ahí sí que no pasa.

Si fuese famoso se podría ir a desintoxicar al programa de la isla desierta o a merendar todas las tardes a la tele. Pero no lo es, ni quiere serlo, ¡maldita sea!

Sólo quiere volver a ser normal, en la acepción aburrida, uno más en el rebaño; no molestar, pero que no le molesten, pasar desapercibido, ser el que sobrevive, aunque otros vivan del sobre.

¿Será demasiado tarde…?

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