Tengo un amigo que es todo lo contrario a un cinéfilo. Detesta el blanco y negro y se traga cualquier cosa en la que haya disparos y una buena dosis de acción. Omitiré su nombre, por eso de la protección de datos, y para que la jauría cultureta no le machaque. Fue mi compañero de piso mientras hacía el Erasmus en Coventry, una ciudad fea con avaricia en el mismo centro de Reino Unido. 

Recuerdo que un día llamó a mi puerta y me dijo: “Tienes que ver esto”. Yo, con bastante escepticismo, le hice caso, y un día quedamos en su habitación para ver Cloud Atlas, la película de los Wachowski. Me gustó más de lo que podía imaginar, y dejó un regusto onírico en mi paladar intelectual. Era como transitar por un sueño a medio hacer. No he visto la película desde entonces (2013), y no sé qué me parecería a día de hoy. Ya saben que el momento vital es indisoluble del momento cultural.

Sinceramente, y ligándolo con mi artículo de la semana pasada, quiero pedir perdón, porque yo también fui un gilipollas. Uno de esos tíos que miran por encima del hombro a los pobres miserables que se entretienen con el cine de palomitas y no son capaces de degustar las mieles de John Ford, Howard Hawks o Richard Brooks. Uno de esos clasistas y elitistas que desprecian las cheeseburger y se les llena la boca alabando el caviar beluga.

Todo me vino a la cabeza con la que se armó esta semana cuando la plataforma Filmin anunció que pronto iba a disponer en sus contenidos de la saga Torrente. Filmin, para quien no lo conozca, es una plataforma española que apuesta por el cine independiente, pero que también incluye en su amplio catálogo cine clásico, español, series de la BBC y manjares de todo tipo… Hasta tienen la serie Érase una vez la vida, una de mis favoritas en la infancia.

Es el perfecto reducto del cinéfilo cultureta que se la machaca con Bergman o Tarkovsky. Ahora bien, tras el anuncio de la plataforma de incluir al policía más cerdo que ha pasado por la gran pantalla en su lista de contenidos, una oleada de gafapastas indignados arremetieron contra el templo sagrado del séptimo arte: “¡Sacrilegio!”. “¡Pero cómo ponéis esta bazofia!” “¡Estáis acabando con el espíritu de la plataforma!”. Alguno hasta amenazó con irse, no es broma.

Uno de los que entró a la gresca fue el Nega. Sí amigos, el rapero integrante de Los chikos del maíz. Comunista marxista-leninista, como se empeña en recordarnos en todas sus canciones. Uno de esos raperos que optan por dar la turra y sentar cátedra con su música. Es ese rap que no ha evolucionado todavía, que está anclado en el mundo musical anterior al gangsta rap, siguiendo con el recorrido por la historia del rap que hace el filósofo Ernesto Castro. Tiene su público y lo respeto, aunque no lo sigo. No escucho música para que me den lecciones de esa forma. Prefiero algo más sutil.

En definitiva, el Nega puso un tuit que luego borró: “Joder, muy apropiado después de las jornadas que hemos vivido y tras las demenciales declaraciones de su creador, muy apropiado. Mañana saga de Pajares y Esteso?”. Este comentario me hizo reflexionar y pensé en la música de Los chikos del maíz. Caí en la cuenta de que eran unos elitistas de manual.

Es curioso que alguien que se define como comunista presente unas maneras propias de la burguesía. El elitismo cultural es puramente burgués, consiste en considerar que existe una alta cultura que no está reservada para todos, sino para una élite, y desprecia todo lo que conlleva la baja cultura. En este sentido, Nega es un elitista cultural de manual, no hay más que escuchar alguna de sus canciones y la gente a la que cita, o ver su reacción en este tuit.

Este desprecio por la baja cultura, es un desprecio por el vulgo, por los gustos populares. Lo popular es baja cultura, es de baja calidad. Esta forma de pensar es un grave error. Para empezar, el arte es aquello capaz de despertar una emoción en alguien. Puede ser un arte popular o no. Torrente es una caricatura cómica de la ranciedad española, una crítica al homo hispanus que todavía habita entre nosotros. Puede gustarte o no, pero no despreciarlo por el simple hecho de ser popular, de que guste a una mayoría, como ocurre con las películas de Pajares y Esteso.

Este elitismo cultural es el que mueve a la mayoría de los que critican que Torrente entre en una plataforma como Filmin. Me apiado de ellos, porque no saben lo que se pierden. La felicidad está en disfrutar tanto del cine de Wilder como en ver sin prejuicios una comedia típica de los años 90. O combinar trap con música clásica. Se puede, créanme.

Pero en la crítica de Nega hay algo más que elitismo, hay censura. Ya lo apuntó el director de la Revista Mongolia, Eduardo Galán, que en Twitter, a raíz de la polémica, señaló que el Nega era “un censor en potencia. Solo que en realidad es un pobre hombre”. La censura está muy ligada, justamente a su ideología. La revolución es la muerte del arte, como anticipa Albert Camus. Proudhon ya decía que el arte debía ponerse al servicio del progreso social. La forma de pensar del revolucionario es que el arte que no está en favor de la revolución, es enemigo de la revolución y hay que acabar con él. El problema es que Nega no ha terminado de entender Torrente.

Si la censura es ad hominem, tampoco estoy de acuerdo: Santiago Segura puso un tuit (a mi juicio inofensivo) y le comieron los leones en Twitter, llamándolo, cómo no, fascista. Ya tenemos el ejemplo de los censores de Woody Allen. Si empezamos a censurar contenido cultural en base al comportamiento moral o inmoral del autor nos quedamos solos. No podríamos disfrutar del cuadro del Guernica, ni del cine de Hitchcock, ni de la música de… prácticamente nadie.

El elitista es un censor en potencia, y los moralistas revolucionarios son censores al cien por cien. Disfrutemos del arte y respetemos los gustos ajenos. Hakuna matata, vive y deja vivir, Hakuna matata, vive y sé feliz. “Ay, perdón por citar el Rey León, la próxima vez acudiré al propio Shakespeare”.

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