Leo y escucho que el documental The Last Dance ha destapado las miserias de Michael Jordan, su humanidad menos gloriosa. Y no estoy de acuerdo. Desde de mi punto de vista, es Jordan quien se ha destapado voluntariamente en una demostración de humanidad que está más próxima a la grandeza que a cualquier forma de miseria. ¿Que fue un cabrón? Pues claro. ¿Alguien pensaba que tomaba batidos con Bugs Bunny? No podemos glorificar a los deportistas competitivos hasta la obsesión y negar lo que la obsesión conlleva: sociopatía, paranoia, insensibilidad… Detrás de la ambición llevada al extremo, esa que tanto placer nos hace sentir como espectadores, existe la enfermedad de la insatisfacción permanente. Lo que engrandece a Jordan es la conciencia y la consciencia de todo cuanto le ocurría y diría que de todo cuanto le ocurre. Muy pronto se dio cuenta de que se había convertido en un esclavo de las expectativas ajenas. Se debía a la ciudad y al equipo. Se debía a los compañeros, al público de cada noche, al país entero, al deporte, al mundo. Y la deuda, claro, terminó por hacerse insoportable. La primera vez que dejó el baloncesto fue más una huida que una retirada.

Jordan no necesitaba este documental para sacar brillo a su imagen hasta ahora inmaculada. Lo necesitaba como diván para poner en duda la utilidad de lo conseguido en comparación con el sacrificio empleado. Nos pide que le odiemos para que le entendamos. No sé si Jordan cambiaría los seis anillos por una vida normal, pero tal vez cinco de ellos ya le parecería un buen trato.

El testimonio que ofrece Michael Jordan en The Last Dance es el de un hombre de 57 años abatido por la victoria absoluta, pasado de peso, con los ojos amarillos (ictericia o alcoholismo, según los expertos) y acompañado de un whisky servido como si fuera una manzanilla. No es esa la imagen del triunfo. Hay que ser muy valiente para desnudarse tanto y para hacer un minucioso repaso a los defectos propios: la presión a los compañeros (lindando el bullying), la afición/adicción al juego, la persecución de los rivales más débiles… Jordan no se esconde nada, ni siquiera las lágrimas.  

He conocido cabrones que tenían como único objetivo lucir ellos a costa de los demás. He conocido a otros que en el trabajo se transformaban en seres despiadados sin más ambición que la supervivencia. Esos cabrones exigían lo que no estaban dispuestos a dar y jamás compartían su éxito. Jordan se aferra al argumento de que jamás pidió algo que no estuviera a dispuesto a ofrecer y siento que se agarra a esa evidencia como un náufrago a una tabla.

The Last Dance es una reconstrucción del mito. Del mito de Jordan y del mito del triunfo. ¿Qué es ganar? ¿Merece la pena? ¿Cuándo hay que plantarse? Estas cosas te las suele enseñar un psicólogo, un psiquiatra o un cura. Lo extraordinario aquí es que las lecciones las da uno que fue Dios.  

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