«Aquel que dijo más vale tener suerte que talento conocía la esencia de la vida». Así arranca Match Point, la fantástica película de Woody Allen y esa idea sobrevuela constantemente esta charla con Milinko Pantic (Brasina, 1966). Sobrado de calidad pero enemistado con la fortuna en alguno de los momentos cumbre de su vida: «En los 3 años que jugué en el Atleti el balón se estrelló 34 veces en los palos», el serbio abre su corazón caliente mientras recuerda su golpeo de seda: «Yo me he equivocado mucho en mi vida por decidir con el corazón. Me pasó en Partizán y me pasó en el Atlético». Un corazón golpeado también por una guerra que desangró a su país mientras él triunfaba lejos y escuchaba todo aquello por la radio. Y un golpe maestro que sacudió la ribera del Manzanares en el verano del 95. Aquel flechazo se inmortalizó en un ramo de flores capaz de sobrevivir al tiempo y las mudanzas. Todavía hoy hay rosas frescas en su córner. Quizá no hay título que supere eso.

—Su ciudad natal se sitúa hoy prácticamente en la frontera entre Serbia y Bosnia-Herzegovina, pero usted creció en una Yugoslavia unida, ¿cómo recuerda aquellos años?

—Brasina es una ciudad fronteriza con lo que hoy es Bosnia-Herzegovina. Está cerca de un río que se llama Drina y el río es la frontera entre los dos países. Antes de la guerra había puentes entre las dos ciudades sin policías ni aduanas. Ahora te piden el pasaporte, el DNI, lo que sea. Es triste pero es así. Cuando yo era pequeño podías pasear por allí libremente, podías cruzar sin problemas. Ahora por los dos lados te hacen controles.

—Al menos esos puentes sobrevivieron a la guerra

—Sí, esos no eran puentes estratégicos aunque estuvieran cerca de la frontera. Los puentes que fueron destruidos fueron otros, cuando la OTAN atacó a Yugoslavia y masacró a gran parte de su población. Estos puentes no le interesaron, supongo. No habría un gran interés en aquella zona.

—¿Cuándo fue la última vez que estuvo allí?

—El año pasado. Suelo ir una vez al año, aunque depende del trabajo. En los últimos tres años he ido un poco más porque se murió mi padre y tuve que arreglar papeles. Pero me gusta ir allí y reencontrarme con mi gente, con mis amigos. Además soy pescador, sabes, me gusta la pesca y yo por un buen día de pesca soy capaz de ir a un montón de kilómetros de mi casa. Empecé a pescar con siete años en el río Drina, que es un río maravilloso, muy bueno para la pesca. Allí me reencuentro con gente a la que le gusta la pesca también. Cuando voy allí siempre intento desconectar, apago el móvil y me levanto a las cinco de la mañana. Estoy todo el día pescando hasta que vuelvo por la noche a casa.

—Y el fútbol, ¿cuándo llegó el fútbol?

—Yo empecé con el fútbol desde que estaba en el estómago de mi madre. Mi afición nace desde la cuna. Todas las fotos que tengo de pequeño son con la camiseta de Partizán de Belgrado, con el balón en una mano y la mochila en la otra.

—Le imagino corriendo por las calles de Brasina detrás de un balón. Ese fútbol de la calle que ahora tanto se echa de menos

—Y tanto. Muchísimo. Muchísimo. Este es el problema del fútbol actual porque ahora todo es físico, pero en mi época ha habido muchísimo talento. Luego, por unas cosas o por otras, hay chavales que no han triunfado, pero en ese fútbol en la calle tú ya veías quién era el bueno. El fútbol en la calle es lo mejor. Ahora los niños rápidamente van al césped artificial y al poco viene el padre y dice: ‘No, no quiero que juegue que está lloviendo y se moja’. Nosotros salíamos con un trozo de pan y mermelada a jugar por las tardes y nada nos paraba. Ahí se jugaba y se competía. A mí me parece eso más bonito. Ahora el fútbol es más aburrido.

—¿Cómo se vivía en la Yugoslavia de Tito?

—Hemos vivido de puta madre, créeme. Hemos vivido mejor que vosotros aquí en España, con diferencia. Hemos vivido muy bien. Nosotros teníamos mucha libertad, tú sabes que hay mucha mentira y mucha propaganda, y a veces la gente no conoce la verdad. Yo era muy joven, tenía 14 años cuando Tito murió, pero yo recuerdo mi país como una maravilla. No teníamos necesidades, la gente se movía con libertad y sin problemas entre las diferentes provincias yugoslavas. Lo que pasa es que en el exterior se vendía que nosotros estábamos en el comunismo total o en una dictadura total. También lo dijeron luego con Milosevic, pero bueno yo no tengo capacidad ni ganas de pelear contra esto.

—Y después de la muerte de Tito, supongo que empezaron las dificultades, ¿no se veían ya ciertos problemas raciales o una fractura social?

—Qué va. Nada, nada, nada. Mira, con 18 años yo jugaba en el Jedinstvo, un equipo humilde equivalente a un segunda B aquí en España, y era el capitán. Y yo tenía en mi equipo muchos musulmanes, porque esta zona donde vivía yo había una mezcla de todo, con gente de diferentes religiones, y nunca hubo ningún problema. Y después de tantos años sigo hablando con algunos de ellos. De ahí luego me fichó el Partizán. Lo de la guerra fue a partir de 1990, pero no fue culpa nuestra. Los de fuera lo quisieron así y así fue.

—Usted nació en 1966, el mismo año que el Partizán de Belgrado jugó la final de la Copa de Europa contra el Real Madrid. No sé si eso influyó para decantarse por los Crno-beli (blanquinegros).

—En casa también estábamos divididos. Mi tío era de Partizán y mi padre de Estrella Roja, imagínate. Ahora el hijo de mi tío es del Estrella Roja, menuda mezcla, pero bueno todos tenemos fallos en esta vida (risas). Yo desde pequeño he sido fiel a los colores negro y blanco del Partizán, que viste como la Juventus, como sabes.

—Y cómo se vivió en su casa esa decisión entre el Estrella Roja y el Partizán, porque tenía usted ofertas de media liga.

—Muchísimas. Tuve muchísimas. Pero elegí con el corazón y me equivoqué, porque quizá no debería haber ido al Partizán entonces. En mi puesto había jugadores buenos y veteranos, de los que mandaban mucho y pronto me di cuenta de que el talento no era suficiente. Yo demostré mi talento después, cuando me dejaron, como hice en Grecia o en el Atlético. Lo que pasa es que era una época donde los veteranos tenían mucho poder y era muy difícil quitarles el puesto. Pero te digo que me equivoqué por tomar la decisión con el corazón. Partizán era mi sueño. Te juro que no pasaba día sin que algún representante de los otros clubes yugoslavos preguntara por mí, algunos acudían a mi casa y todo. Me ofrecían barbaridades, tenía 18 años y un talento brutal.

—Menudo ambiente en aquellos campos a finales de los 80, el Pequeño Maracaná, el Maksimir de Zagreb, el del mismo Partizán… no sé si ha vuelto a vivir situaciones similares.

—Era muy difícil jugar, además era una liga muy fuerte. Jugar fuera era tremendo, el público también hacía su partido e influía mucho. Ahora es un teatro comparado con esos años de la antigua Yugoslavia, con los campos del Dinamo, Hadjuk, Estrella Roja, los dos equipos de Belgrado, el campo de Mostar Velez… te hablo de equipos muy duros y muy fuertes. Es que el Estrella Roja llegó a ganar la Copa de Europa (1991), y eso que antes no se veía bien a los equipos de Europa del Este, se les consideraba inferiores.

¿En quién se inspiraba usted aquellos años? ¿Quién era su ídolo?

—Mís ídolos eran Michael Platini y Zico. Eran los dos muy buenos tirando las faltas también. Y para los más jóvenes les diría Sinisha Mihajlovic, que también tenía un golpeo maravilloso, era zurdo como Messi, pero yo creo que tiraba las faltas mejor . Es que era impresionante cómo bajaba su balón. Alguna vez me tocó estar en la barrera cuando él golpeaba y rezaba todo lo que sabía para que no me diera. La pegaba muy fuerte y con una rosca tremenda. Además Sinisha es un ejemplo de lucha, de cómo éramos nosotros en la Antigua Yugoslavia, lo está demostrando con su enfermedad (leucemia), está peleando y está en primera línea, no ha abandonado a su equipo. Y me alegro muchísimo de que lo esté superando. Era muy competitivo como jugador, un cabrón en el campo, quería ganar a toda costa. Por eso sé que se va a recuperar.

Milinko Pantic jugando en el Partizán de Belgrado.

—Volvamos al Partizán, nada más llegar gana dos ligas, pero les acusan de amañar partidos y les sancionan con pérdida de puntos, por lo que les quitan el primer campeonato. ¿Qué pasó exactamente?

—Yo ficho en diciembre del 85 con el Partizán. Nosotros ganamos la Liga esa temporada la 85/86, así que toqué el cielo muy rápido, yo colaboré con mis goles a ese título. Era muy joven y no me enteraba muy bien de lo que pasaba. En la penúltima jornada teníamos un partido muy difícil contra Dinamo de Zagreb en su campo. Nos iban ganando 2-1, yo salí desde el banquillo y di el pase decisivo en el 2-2 y luego marqué el 2-3 en un partido que era a vida o muerte. En la última jornada necesitábamos una victoria con el mismo resultado que el Estrella Roja, el título se iba a decidir por la diferencia de goles. Ganamos 4-0 y ellos consiguieron el mismo marcador, así que los campeones fuimos nosotros. Lo celebramos de manera brutal en nuestro campo. Luego se anuló porque dijeron que había resultados amañados que por lo visto eran muy cantosos. Yo no sabía si había amaños o no, te lo juro. Era muy joven.

—Posteriormente la justicia rectificó y les devolvieron el trofeo.

—Si, eso es. Nos devolvieron los puntos que nos quitaron. Rectificaron y nos dieron el título de Liga 85/86 de manera oficial, aunque transcurrieron muchos meses. El del 86/87 lo volvimos a ganar también y con este no hubo ningún problema.

—Dónde no hubo marcha atrás fue en la Copa de Europa, en la que no participaron por la primera sanción. Quizá eso nos privó de descubrir a Pantic antes.

—Sí, puede ser. Todo empezó muy bien tras mi fichaje por el Partizán, demasiado bien, incluso con esos dos títulos. Lo que pasó luego, ya lo sabes: se ficharon grandes jugadores, de mucho peso y yo ya no podía competir contra ellos. Mi fichaje por el Partizán no había supuesto una gran inversión para el club. Al fichar a Mijatovic, Jokanovic, Milko Gjurovski y Vokrri, pagando gran cantidad de dinero, es lógico que ellos jugaran más. Pude haber salido antes del Partizán, pero tenía que hacer el servicio militar, que allí era obligatorio. Afortunadamente luego salió lo de Grecia con el Panionios y me volví a sentir futbolista y disfrutar del fútbol.

—En el Partizán ya coincide con Radomir Antic como entrenador. ¿Es cierto que le quiso llevar con él cuando se marchó a Zaragoza a entrenar?

—Sí, eso es. Pero no nos dejaban salir del país porque había una ley un poco increíble por la que no nos podíamos ir antes de cumplir los 28 años. ¿Y dónde vas tú con 28 años? Imagina que a mí me hubiera fichado el Atlético de Madrid con 23 años, ¿qué hubiera pasado? Los 28 años de aquella época eran distintos a los de ahora, salíamos más desgastados, las pretemporadas eran mucho más duras, eran dobles en verano y en invierno. Antes con 30 años eras veterano y ahora con 35 o 36 los ves y dices ‘qué bien están’. En nuestra época no había una preparación tan específica, no había tanto soporte vitamínico.

—¿Estaba desencantado con el fútbol justo antes de marcharse a Grecia? ¿Sentía que su carrera se había estancado?

—Sentía que, poco a poco, me estaba apagando en el Partizán, menos mal que surgió Grecia y me volví a sentir futbolista. Yo había intentado buscar soluciones. Antes de irme a Grecia me había marchado cedido al Olimpia de Ljubiana y me habían llegado ofertas de Turquía, del Ankaragücü. El presidente me quería un montón, pero a mí no me gustaba el ambiente que había en Turquía, el estilo de vida de la ciudad y no tuve buen feeling. Así que rechacé esa oferta.

Del pozo le saca Moca Vukotic, un exentrenador y veterano del Partizán que había emigrado a Grecia como técnico del Panionios, un equipo de mitad de la tabla entonces que encima descendió a Segunda en su primer año...

—Moca Vukotic es uno de los mejores jugadores de Partizán de toda la historia. Él era director deportivo cuando me fichó el Partizán, y junto con Antic ayudó mucho a mi fichaje. Cuando estaba en Grecia se acordó de mí. El primer año que estuve allí es cierto que bajamos. Fue un amaño total en la última jornada. Amañaron de todo y nosotros no estábamos preparados para que esto ocurriera. Durante toda la temporada estuvimos fuera de los puestos de descenso y en esa última jornada se produjo la carambola. Bueno, no fue carambola, ya te digo. Pero recuerdo que jugué bastante bien ese año, lo que pasa es que yo estaba solo contra todo el mundo porque el equipo era malísimo. A pesar de descender yo tenía ofertas de Aris de Salónica y de otros equipos de primera. Pero yo era muy orgulloso y me dije: ‘No, hay que devolver al equipo a primera, que para eso han apostado por mí’. Sentía que se lo debía. Y así fue.

—Al año siguiente ascienden en gran medida gracias a sus goles y se convierte el ídolo de la afición. ¿Cree que le benefició jugar sin presión, sin grandes expectativas, sin la obligación que tienen los equipos grandes de ganar siempre?

—Joder, es que jugaba en el Panionios. No te hablo de jugar en un Panathinaikos o un Olympiacos o AEK. El Panionios era un equipo muy pobre, limitado en todos los sentidos, y yo me convertí en el mejor jugador de la liga griega jugando en ese equipo, imagínate. Pero era difícil jugar, porque presión hay en todos los equipos, todos tienen presión, en tercera, en segunda b o en primera. No existe equipo sin presión, todos tienen sus objetivos, y más en Grecia o en Turquía. ¡Madre mía! Cuando salías al terreno de juego ya sentías la presión con el ruido del ambiente. Mira, el último año terminé como tercer pichichi de la Liga: marqué 17 goles y veintitantos pases decisivos. Y te hablo del Panionios, ¡eh! Y lo digo con todo el respeto del mundo, porque yo les quiero mucho. Los hinchas me siguen mandando cosas, tengo aquí en mi casa un recuerdo en el que dicen que nunca me van a olvidar.

«Escuchábamos las noticias que llegaban de la Guerra de los Balcanes por la radio, nos juntábamos todas las noches en casa de mi entrenador, Vukotic»

—Mientras triunfa en Grecia, Yugoslavia se está rompiendo a pedazos. ¿Sentía aún más impotencia al ver todo aquello por televisión?

—El 13 de julio de 1991 fiché por el Panionios y ya había conflictos en la parte de Eslovenia. Creo que en Eslovenia la guerra había empezado un mes antes. Gracias a Dios yo no viví ni los bombardeos, ni la guerra ni nada. Pero se sufre, se sufre igual. No es lo mismo que las bombas caigan al lado de tu casa que verlo por televisión o escuchar la radio. Entonces nosotros en Grecia no teníamos televisión y recuerdo que lo que hacíamos era juntarnos en casa del entrenador, de Vukotic, y escuchar la radio para ver lo que contaban. Lo único que deseábamos es que firmaran la paz. Pasaron años y parecía que no terminaría nunca. No me gusta hablar de esto porque es algo muy complejo. Gracias a Dios en nuestra zona en Serbia no hubo conflictos y ni mi familia ni la de mi mujer se vieron muy afectados.

—Cuando le llamó Antic para fichar por el Atlético, ¿se sentía preparado o le empezaron a temblar las piernas?

—Yo no he tenido nunca miedo. Ni ahora, ni nunca. Sabía lo que podía dar como jugador, estaba muy seguro, lo que pasa es que todos tenemos nuestro destino, sabes. A veces unos lo tienen más fácil que otros y en mi caso fue más difícil llegar hasta aquí. Pero yo era un jugador con mucho talento y lo he dicho varias veces: yo al fútbol no le he dado ni el 30% de mis posibilidades por culpa mía, por culpa de una cosa o de otra. Nunca uno es culpable de todo, siempre son varios los factores. Quizá lo mío no fue como yo esperaba, pero con el Atlético de Madrid me llegó una pequeña compensación. Lo de Antic, de todos modos, no fue como todo el mundo piensa. Él me llamó porque mi equipo necesitaba un entrenador y él tenía un amigo sin trabajo y me preguntó si había alguna posibilidad de que yo recomendara a su amigo en el club. Y de ahí pasamos a hablar de mí, me preguntó qué tal, cómo me iba, nos pusimos al día, vamos. Pero Antic entonces estaba negociando con el Oviedo para ver si seguía allí o no.

—¿Cuando aparece entonces el Atlético ?

—Cuando yo salgo para hacer la pretemporada con el Panionios, Antic me pide que le pase unas cintas con jugadas mías. Y a mí eso me costó muchísimo, porque entonces no era como ahora. En estos tiempos cualquier jugador puede parecer mejor que Maradona en un vídeo, pero entonces no había nada de eso. Ahí me ayudó mucho un periodista griego, que me preparó algo básico pero muy concreto de mi juego. Eso fue suficiente para el míster. Después de aquello nos fuimos a hacer la pretemporada a Serbia. Estando allí me enteré de que Antic ha fichado por el Atleti. Y, claro, cuando fichas por un grande quieres tener a los mejores contigo. Su primera opción fue fichar a Robert Prosinecki, un fenómeno como jugador. También intentó contratar a Enzo Scifo, que también era espectacular. Y por último a Jokanovic. Yo leía todo eso y no tenía ninguna esperanza. Era consciente de que, con mi nombre, yo no podía pelear frente a esos grandes nombres. ¡Cómo me va a fichar a mí!, pensaba yo. Así que estaba tranquilo, porque tenía un año más de contrato.

—Pero le fichan…

—Empezaron a descartar a uno y a otro, supongo que por un asunto económico. Nosotros habíamos vuelto a Grecia para iniciar la liga y entonces el míster me llamó y me dijo que me quería fichar. Así que había que hablar con los griegos, explicarles que el Atleti me quería y todo eso. En la última reunión, el presidente terminó llorando por mi marcha. Él era también de Esmirna, la zona donde está el Panionios, y me pidió hasta el último momento que me quedara. Llorando como un bebé. Le expliqué que lo tenía que intentar, que no podía decir no al Atleti. Había tenido otras ofertas de la liga francesa, pero el Atleti era un caramelo. Un caramelo envenenado entonces, porque la situación no era sencilla tampoco. Era un riesgo, más aún con Jesús Gil, pero yo tomé la decisión solo porque ni mi mujer ni mi familia quería que nos marcháramos de Grecia. Pero yo estaba seguro, no tenía ninguna duda de que podía triunfar.

—¿Es cierto que cuando llegó a Los Ángeles de San Rafael sus compañeros de equipo pensaron que era un familiar de Antic?

—Así es. Es lógico también. Antes no había ni redes sociales, ni internet. En aquella época los jugadores no salían de la liga griega para fichar por un equipo español. Era normal que pensaran eso. Pero te digo una cosa: esas dudas de mis compañeros duraron hasta el primer partido de pretemporada. Fue en Talavera de la Reina, en un amistoso y marqué un golazo de falta. Ya me miraron con otros ojos. Al día siguiente apareció Miguel Ángel Gil y me hizo firmar el contrato, porque no lo había hecho todavía. Hasta ese momento, yo estaba allí arriba —Los Ángeles de San Rafael— entrenando y sin saber qué decir a mi mujer cuando me preguntaba si había firmado ya. Imagínate que me lesiono… Firmé el contrato con una cláusula de 800 millones de pesetas, que me engañaron también con eso, porque yo no sabía que existían las cláusulas de rescisión. No lo había oído en mi vida, pero bueno.

—Su tarjeta de visita en el Calderón es un gol de falta a la Real Sociedad, en su primer partido de rojiblanco.

—Ya había jugado en el Calderón una semana antes del estreno en Liga frente al Newell’s Old Boys y también había marcado de falta. El Calderón se dio cuenta rápidamente de mi calidad y vieron que no era ningún primo de Antic. Es curioso, porque mi principal arma tanto en Serbia como en Grecia no fueron las faltas, yo era un jugador de regate, de último pase, pero es cierto que al llegar aquí Antic supo ver ese don que tenía y lo exprimió con el balón parado. Cuando le mandaba vídeos a mis amigos en Grecia con mis partidos en el Atleti no me reconocían; se daban cuenta de que mi juego aquí era otro. Yo en Grecia era un chupón, en el buen sentido, porque siempre quería ganar y hacer disfrutar a los demás.

—Y cómo disfrutaba más Pantic, ¿marcando un gol o dando el pase de gol al compañero?

—Dar un buen pase es lo máximo. Pero he marcado más de 120 goles en mi carrera. Y eso que en el Atlético de Madrid tuve muy mala suerte, a pesar de lo que puede pensar mucha gente. En tres años tiré 34 tiros a los palos. Es mucho, ¡eh! Eso podía haber mejorado mi estadística.

—Ese flechazo inmediato con el Calderón se representó con un ramo de flores en el córner. Haces más de 20 que no juega y esa tradición ha resistido hasta un cambio de estadio.

—Es algo espectacular. Yo siempre tuve muy buen feeling con la afición. Quizá por cómo fue mi fichaje y por la humildad con la que me presenté, la afición ha ayudado muchísimo. A la afición del Atlético de Madrid no le gustan los prepotentes. Me gané al Calderón a través de mi esfuerzo, calidad y, por supuesto, trabajo. Hemos visto grandes jugadores que han fracasado con la camiseta del Atlético porque no han podido con la presión. Yo me gané a la afición por cojones, como suele decirse. Es una afición muy lista, a ellos no se les puede engañar. Ellos te permiten fallar, y si lo das todo, te van a apoyar siempre. Y el tiempo termina poniendo a cada uno en su sitio. Yo he disfrutado muchísimo en el Calderón y el respeto era mutuo.

—¿Son los mejores años de tu vida?

—No, en Panionios disfruté aún más como futbolista. Pero claro hablas de Partizán y de Atlético de Madrid y es otra cosa. La afición, la masa social, la repercusión, los medios… ahí Partizán y Atlético son otra cosa.

—Si tuviera que dar las claves del Atleti del Doblete, ¿cuáles diría que eran sus fortalezas?

—La clave fue Radomir Antic, el artífice de todo. Él fue el que juntó a todos esos jugadores que no tenían mucho nombre. Él nos dio mucha confianza y nos transmitía mucha alegría. A partir de ahí surgió todo lo demás. Lo que ocurre es que no era un equipo muy bien valorado, no tenía una gran estrella. Era un equipo humilde. Teníamos a un portero que era un visionario, como Molina, que jugaba con los pies muy bien, adelantado, como hacen ahora; los laterales eran ofensivos y técnicos, los centrales no eran especialmente altos pero eran fuertes y efectivos. Ahí teníamos a nuestro líder en el vestuario que era Roberto Solozábal, que era además el capitán y sabía llevar muy bien al equipo. Vizcaíno jugaba por delante de la defensa y nos daba un equilibrio tremendo. Para mí era como mi hermano. Era mi compañero de habitación y fue un orgullo jugar con él, corría por todos. Los dos interiores eran Caminero y Simeone, que abarcaban mucho campo y metían muchos goles. Yo jugaba por delante de ellos, porque jugábamos en rombo, como enlace con los delanteros que eran Kiko y Penev. Dos puntas de muchos nivel. Kiko era magia absolutamente.

—Cómo explicaría a alguien que no le haya visto jugar su estilo de juego.

—Yo era el organizador, el playmaker que se dice en baloncesto. El que surtía de balones al resto. Mi trabajo era que el resto funcionara. Siempre pensaba antes de recibir el balón cómo había que devolver el balón. A cada jugador hay que darle el balón de una manera, más tenso, más bombeado, en carrera, al pie… todo eso pasaba por mi cabeza.

—Estos días han repuesto la final de Copa del Rey y al terminar el encuentro le entrevistaron y dijo: “Estoy de puta madre y Antic es mi padre”. Vale como definición de felicidad.

—Fue lo que me salió de corazón, no era ningún insulto a nadie. Pero te voy a contar una cosa. Debido a esta cuarentena hemos visto por primera vez en mi vida este partido por televisión. Lo hemos visto en familia, los cuatro juntos y te digo que sufrí igual, macho, sudando en casa mientras lo veía. A mí generalmente no me gusta verme en la televisión, tampoco en mi época de jugador. Fíjate, después de veintitantos años y nunca lo había visto, soy así.

—Al menos sabía que terminaba con final feliz.

—Fue un partido tremendo, duro, difícil, táctico. Se enfrentaron dos grandes entrenadores y muy parecidos como Cruyff y Antic. En la primera parte del partido yo no estuve muy suelto, no recibía muchos balones en condiciones y mis compañeros no me buscaban. En la segunda, Cruyff me puso un marcaje individual con Roger García, el hermano de Óscar, el actual entrenador del Celta, porque vio que estaba entrando más en juego. Lo tuve pegado a mí hasta el final del partido, pero en la prórroga conseguí escaparme de su vigilancia y marcar ese gol de cabeza.

—Hay otro partido con el Barça que imagino que también se le quedó grabado. Es la noche que marca cuatro goles en el Camp Nou y el Atlético pierde 5-4 ¿Qué sensaciones tuvo cuando llegó al vestuario después del partido?

—Pues no era la primera vez que lo hacía. Había marcado cuatro goles en un partido en Serbia, cuando empezaba y jugaba en la Segunda B de allí. Ese día ganamos 5-0. Lo del Camp Nou me supo muy mal, porque si hubiéramos pasado aquella eliminatoria no solo hubiera sido clave para el equipo, mi nombre también hubiera salido reforzado. No se me olvida nunca, es una lástima. Pensándolo ahora fríamente creo que fue un partido que perdimos nosotros, no lo ganó el Barça. No se puede perder un partido que ganas 0-3 al descanso.

—Los cuartos de final fueron ese año el tope del Atlético de Madrid, tanto en Copa del Rey como en la Champions frente al Ajax. Contra los holandeses se les escapó una buena oportunidad también…

—Sí, sí. Yo se lo digo a todo el mundo y muchos me toman por loco. Siempre comento que mi segundo año en el Atletico fue mejor que el primero. Jugué mucho mejor, hice partidos más redondos como el del Camp Nou o este que dices frente al Ajax. La misma semana del Ajax perdimos contra el Valencia también y se nos fueron las últimas opciones de optar a la liga. La fortuna no estuvo con nosotros al final, di un montón de palos también. Del tercer año no te hablo porque ese año…

«Me tenía que haber marchado del Atlético tras mi segundo año. Ese fue el gran error de mi carrera»

—Empezó a tener más problemas musculares

—No era tanto eso. En realidad lo que pasó es que ficharon a Juninho por 30 millones de dólares y tenía que jugar sí o sí, por decreto. Yo me equivoqué por no marcharme del Atleti tras mi segundo año. Ese fue mi primer gran error como futbolista, no leer la jugada y marcharme. Juninho era muy parecido a mí y los dos no podíamos jugar juntos, aunque alguna vez al principio de temporada ocurrió. Pero era muy difícil soportar a dos jugadores así para el equipo.

—Decía Aritz Aduriz en la carta en la que anunció su retirada del fútbol que “el fútbol te deja a ti antes de que tú lo abandones”. ¿Tuvo usted esa sensación cuando se marchó del Atlético?

—La sensación que tuve es que me había equivocado. Yo me he equivocado mucho en la toma de decisiones. Yo no pintaba nada en mi tercer año en el Atlético de Madrid con Juninho ya en el equipo. Luego vino Arrigo Sacchi, y aunque no dijo que me echaran ni nada, yo sabía que no contaba conmigo. Tenía todavía un año más de contrato y ahí el Atlético de Madrid no se portó bien conmigo, no noté su protección ni que quisieran pelear por mí. Yo me equivoqué por ir a Francia (fichó por Le Havre), porque quería respetar al Atlético de Madrid y no deseaba jugar para otro club español, tenía ese sentimiento. Por eso no acepté la oferta del Racing de Santander que tenía encima de la mesa. Era por dos años y me pagaban mucho dinero, más dinero que en Francia. Pero me equivoqué porque yo me he portado mucho mejor con el Atlético que el Atlético conmigo. Mi sensación es que siempre voy a salir yo perjudicado con ellos. Me fui a un equipo pequeño, más pequeño que Panionios, pero pensé que era Francia, que estaba cerca, que era una nueva cultura por aprender y decidí ir marcharme allí. Tenía otras ofertas de países más lejanos, como México o Japón, pero me decidí por Francia.

—Luego se hizo entrenador y siempre me ha extrañado su escasa vinculación con el Atleti, porque usted es uno de los ídolos de ese equipo ¿Qué ha pasado ahí?

—Pues sí, resulta extraño. Es que con el Atlético ha sido un sí pero no. Yo estuve negociando varias veces con la directiva cuando estuve en la Fundación para entrenar al primer equipo y no salió. Creo que nunca me han valorado, ni mucho, ni bien. Cuando estaba en el Atlético de Madrid hicimos un temporadón, terminamos quintos en la Liga y ellos no me renovaron el contrato. Quizá yo no me haya sabido vender bien o mi forma de ser no sea fácil, alguna culpa tendré yo también, aunque tampoco me siento decepcionado. Ya está, ya pasó. Creo que he cumplido con ellos y para mí es una página pasada, una etapa cerrada, al menos así lo siento.

—Sus experiencias como entrenador han sido cuanto menos exóticas: Azerbaiyán y China.

—Eso salió a través del Atlético y de su fundación. He trabajado a través de ellos en Azerbaiyán y en China, pero fueron experiencias cortas, en las que incluso había dificultad de pagos. Fueron experiencias complicadas.

—Entonces ni hablamos de que le vayan a llamar ahora como posible recambio del Mono Burgos.

—No, no. No sabía ni siquiera que Burgos podía dejar de ser el segundo entrenador hasta que tú no me los dicho. Estoy desconectado últimamente. A Burgos lo conozco bien, es un buen tipo. Vino con nosotros a la Fundación a hacer las prácticas un verano con los chicos, es un tipo muy bueno. Llevo mucho tiempo sin verle, pero seguro que le va a ir bien, haga lo que haga. Y no, claro que no me han llamado, tampoco lo espero.

«No me importaría entrenar al Real Madrid o al Barcelona. Mi sueño sigue siendo el Atlético, pero hay sueños que no se cumplen»

—¿Donde se imagina usted en los próximos años?

—Yo lo que quiero es actualizarme como entrenador, esa es mi única preocupación. Me da igual donde entrene, en qué país, lo único que me gustaría es tener esa oportunidad de volver a entrenar. Me gustaría volver a sentirme importante y hacer algo que me apasiona y me gusta, pero te juro que no pierdo ni un segundo pensando en el Atlético de Madrid. Yo solo pienso en ser primer entrenador ahora mismo y ese puesto está ocupado en el Atleti. Lo he dicho otras veces y lo sabe todo el mundo, mi sueño es entrenar al Atlético de Madrid pero hay sueños que no se cumplen. No creo que sea ningún problema decir esto, todos podemos soñar, todos queremos ir a más.

—Y si el que le llamara fuera el Real Madrid, ¿aceptaría un cargo en las categorías inferiores del club blanco?

—Lo que tengo claro es que no quiero trabajar en las categorías inferiores de ningún equipo. Eso lo tengo claro, eso es el pasado. Pero como primer entrenador no tendría problema en ir a un Madrid, Barcelona, Atlético, Deportivo o donde sea. Yo he entrenado en Bakú en primera división, en China en Segunda y aquí en Segunda y no hace falta volver a trabajar con los niños. No hay nada malo en eso ¡eh!, es un trabajo precioso trabajar con los niños pero ahora quiero otra cosa. Esa es una etapa cerrada al cien por cien.

—Le quiero preguntar por dos nombres propios. El primero es el de Joao Félix, ¿cree que su juego puede tener ciertas similitudes con el suyo?

—A mí me gusta como jugador, lo he visto mucho en Benfica. Ahora no sé si es el jugador ideal para Simeone, yo ahí no me meto, aunque puede haber muchas dudas en este sentido. Hay que ver si se adapta al Atleti porque con Simeone y con El Profe (Ortega) se trabajan otras cosas. Ojalá supere esta fase de adaptación. Pero la calidad la tiene, creo que es uno de los jugadores de futuro. A mí me gustaría tenerlo en mi equipo, porque si nada se tuerce es un jugador que en tres o cuatro años puede aspirar al Balón de Oro.

—Y sobre su compatriota Jovic, ¿cree que le ha podido la presión del Bernabéu?

—Es normal. No es fácil jugar en el Real Madrid, como tampoco lo es en el Barça o en el Atleti. Es muy joven y hay que tener paciencia, porque además se encontró con un monstruo por delante como es Benzema, un delantero que a mí me encanta y gusta a todo el mundo. Ha coincidido con una temporada de Benzema en la que está muy fino, pero yo creo que Jovic es el futuro del Real Madrid. Jovic tiene el don del gol, es como Raúl González, que siempre estaba en el lugar exacto para marcar gol, con eso se nace. Y Jovic ha nacido con el gol, te lo aseguro, es un killer, es un jugador estilo Hugo Sánchez, de primer toque. Seguro que tiene que mejorar en cosas pero en el Real Madrid lo podrá hacer.

Milinko Pantic junto a su padre deportivo Radomir Antic. CordonPress.

—Para acabar me gustaría preguntarle por Radomir Antic que nos ha dejado hace unos días. Imagino que han sido unas fechas difíciles para usted.

—¡Buff! Han sido días muy duros. Son cosas de la familia, por eso nosotros le hemos cuidado mucho, hemos intentado que no salieran muchas cosas en prensa de su enfermedad y hemos pensado hasta el último momento que se iba a salvar. Fue un golpe muy duro tanto para mi familia como para mí. Nosotros éramos parte de su familia, era mucho más que una amistad. Tengo mucho contacto con su mujer y con sus hijos. Ha sido una pérdida terrible también para el fútbol, porque se ha ido uno que sabía mucho.

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