Sebastián Losada (Madrid, 1967) fue una de las grandes promesas del fútbol nacional de los años 80. Debutó en el Real Madrid a los 17 años y a los 19 fue finalista la Copa de la UEFA con el Espanyol. Volvió al Madrid, Jesús Gil lo fichó para el Atlético y de allí pasó al Celta, donde se retiró a los 27 años, poco después de debutar con la Selección. Se alejó del fútbol hasta que en 2004 presentó su candidatura a la presidencia de la Federación Española. Actualmente, es asesor jurídico en MGI Audicon & Partners.

—Cuesta mucho encontrar a un futbolista que se haya retirado a los 27 años sin estar obligado por las lesiones. ¿Por qué lo hizo usted?

—Lo llevaba pensando desde hacía tiempo y había llegado el momento para mí. Yo jugué en el Madrid, el Espanyol, el Atlético de Madrid… y sentí que había llegado un momento en el que había perdido mi progresión tras no jugar con asiduidad durante tres o cuatro años. En el Madrid jugaba, pero no tuve continuidad. A esas edades la necesitas para explotar. Cuando me vi con 27 años y jugando de oficio no me encontré bien. Ya había acabado Derecho y me apetecía hacer otras cosas; quería sentirme más libre y hacer algo diferente. Yo exploté muy joven y necesitaba jugar muchos partidos para seguir evolucionando. En el Celta, volví a disfrutar del fútbol y fui feliz, pero mi progresión se había frenado.

—¿El motivo fue entonces la falta de ilusión?

—No, porque si lo dices así parece muy simple. Cuando uno ve que los años en los que tenía que eclosionar no ha podido hacerlo, llega a la conclusión de que ha perdido un tiempo muy importante. No seguí una evolución natural que me hubiera hecho sentir bien y diferente. Sentí que jugaba por oficio, exceptuando breves etapas en las que recobré la ilusión, como la del Celta. Me quedaba un año de contrato en Vigo y sentía que no me iba a encontrar bien; lo mejor era dejar paso a otra gente.

—En 1995 debutó con Clemente en la Selección. Parece todavía más extraño que se retirara aquella temporada…

—El día que debuté con la Selección decidí que me retiraba.

-¿Por qué?

—Había sido internacional sub-21, estuve a punto de ir a la Eurocopa de 1988, pero como era demasiado joven no fui… Quería retirarme siendo yo el que lo decidiera, no obligado por las circunstancias.

—¿Se puede cansar un futbolista de jugar al fútbol?

—Yo empecé a jugar al fútbol a los 12 años, fruto de una decisión que tomé con esa edad. A mí el fútbol me encanta y disfruté mucho jugando; también dejé de disfrutarlo y me cansé. Te ves prisionero de una decisión que tomas desde muy pequeño. Desde los 12 años fui subiendo escalones. Mi ilusión era jugar en el Madrid y por eso empecé a jugar al fútbol. Si hubiera tenido continuidad en mi carrera, hubiera sido más dilatada, pero las circunstancias fueron esas. Cuando llegó el momento, no me sentía bien y decidí dejarlo. El Celta se portó muy bien conmigo, tanto el presidente como el entrenador, cuando me dejaron retirarme.

«Si no me hubiese retirado, tampoco hubiese llegado tan lejos, porque mis sensaciones no eran para continuar»

—¿Ha pensado alguna vez hasta dónde habría llegado de no haberse retirado?

—Lo que me hizo plantearme esa situación fue no haber tenido la evolución que me hubiese gustado. Cuando fui al Espanyol, sólo estuve un año, porque el siguiente regresé al Madrid. Yo me hubiera quedado una temporada más, que era lo que Javier Clemente quería. Allí hubiese jugado más porque Clemente tenía confianza en mí. Eso son hipótesis, pero no puedo entrar a pensar en eso. Lo que sí sé es que, si no me hubiese retirado, tampoco habría llegado mucho más lejos, porque mis sensaciones no eran para continuar. El día que fui internacional decidí que me retiraría al finalizar la temporada. Lo hablé con las personas próximas a mí y les expliqué las razones. Nunca me he arrepentido de ello. El que mejor me lo explicó fue Toshack: “Sebastián, Hugo Sánchez ha marcado 38 goles”. Entonces me puse en el lugar de entrenador y pensé que era imposible quitarle el puesto a alguien que había marcado tantos goles.

—Usted debutó con 17 años y seis días y fue el debutante más joven del Real Madrid hasta Odegaard. El fútbol español estaba en huelga y el Madrid fue a Gijón con juveniles y amateurs…

—Me pasaron dos cosas. Una fue esa y otra, la final de la Copa de la Liga, a la que fui convocado porque Lozano tuvo un problema. Allí estaban Stielike, Santillana, Juanito, Camacho… Lo de Gijón fue una circunstancia excepcional. En aquel momento, yo estaba centrado en el Castilla y continué allí.

—De los que disputaron aquel partido en Gijón, sólo usted triunfó en el fútbol… Ninguno de sus compañeros volvió a jugar en el Madrid…

—Hace relativamente poco me enteré de lo que me comentas de Odegaard. Nunca había caído en eso, porque pensaba que había otro jugador que había debutado antes. El fútbol es complicado. He tenido compañeros que eran grandísimos jugadores en su etapa juvenil, pero que por una lesión u otras circunstancias no han podido llegar. Todos los que jugaron aquel día en Gijón eran buenos futbolistas.

—Desde entonces, usted se convirtió en una de las grandes promesas del fútbol español. ¿Le pesó eso?

—Yo iba siempre cursos por encima. Cuando me tocó jugar el Mundial juvenil, era el más joven. También lo era en los equipos.

—¿Ser el pequeño comportaba alguna ventaja?

—No. Me protegían más los jefes del equipo a la hora de jugar. Eso me gustaba y disfrutaba con ello. Veía que mi carrera estaba evolucionando y que conseguía cosas. Eso me animó y hacía que me viera imbatible, que pudiese conseguir todo lo que me proponía. Cuando regresé al Madrid, lo hice lo mejor que pude, pero estaban Hugo Sánchez, que marcaba 38 goles por temporada, y Butragueño, cuyas características son totalmente distintas a las mías. Entonces mi puesto lo ocupaba Hugo, que era el mejor delantero centro del momento. No jugué con la continuidad que hubiese necesitado para dejar de ser promesa. De hecho, cuando Antic llegó al Madrid, se lesionó Hugo Sánchez. Habló con Aldana y conmigo y lo primero que nos dijo es que no quería promesas dentro del equipo. Quedaban diez o doce partidos hasta final de temporada y nos dijo que íbamos a tener nuestra oportunidad de jugar todos los partidos. El Madrid quería realidades, no promesas. La mala suerte fue que yo me lesioné esa misma semana y no tuve aquella oportunidad. Aldana jugó y a final de temporada explotó. Eso es lo que hubiera necesitado yo en ese momento, pero nadie elige el momento de lesionarse. Nunca me había lesionado, pero desgraciadamente ocurrió cuando iba a tener la oportunidad de jugar con asiduidad.

—Al comienzo de la temporada 90/91, usted tenía mejor promedio goleador que Hugo Sánchez y, sin embargo, era suplente…

—Siempre que salía, marcaba. Al finalizar la temporada había marcado 15 goles entre Liga, Copa y Copa de Europa. Hugo Sánchez llevaba una buena media y yo también la tenía, pero no es comparable.

«Clemente dijo: ‘Dejad a Losada, que es un pipiolo. Todavía le tienen que dar más hostias que lentejas dan por un duro»

—A los 19 años, se marchó al Espanyol de Clemente. Parece que encajó perfectamente con uno de los entrenadores más controvertidos del fútbol español. De hecho, fue él quien le apodó como ‘El Pipiolo’…

—A Clemente no lo conocía. Yo era muy joven y en la pretemporada me salí; había marcado en casi todos los partidos, me dieron el premio al mejor jugador en el Trofeo Ciudad de Barcelona… La prensa en Barcelona me quiso subir enseguida y de ahí viene el apodo. Clemente dijo: “Dejad a Losada, que es un pipiolo. Le tienen que dar más hostias que lentejas dan por un duro”. Era su forma vasca de decir las cosas. A mí no me gustaban los apodos, pero como me lo puso Clemente, estupendo. Empecé de titular, pero al tercer o cuarto partido dejé de estar en el once. Recuerdo que en aquellos partidos jugué muy mal y noté mucho el cambio de categoría. Volví a ser titular en enero y él me dijo que estuviera tranquilo. Tuve muy buenos compañeros y aquel equipo compitió muy bien, sobre todo en la UEFA.

—¿Cómo era Clemente? ¿Ha sido el mejor entrenador que ha tenido en su carrera?

—Tuve la gran suerte de tener un entrenador como él, pero también he tenido otros magníficos entrenadores en mi carrera como Beenhakker, Luis Aragonés, Toshack…

—¿A Bilardo no lo incluye?

—A Bilardo no lo metería en ese paquete. También tuve a Carlos Aimar, Txetxu Rojo… Fueron entrenadores estupendos. Clemente me dio la oportunidad y me cuidó. Cuando me quitó tras esos cuatro partidos, me dio tranquilidad. Él me dijo que llegaría el momento en el que jugaría. Esa ha sido la mejor experiencia que he tenido con un entrenador. En otras categorías inferiores tuve otras, pero a nivel profesional fue esa. En el Castilla tuve a Del Bosque con su retranca; en el Atlético de Madrid coincidí con Luis y le guardo cariño. Tuvimos nuestros encontronazos, porque tenía un carácter muy especial y yo también tenía el mío. A posteriori, nos vimos y nos reímos mucho.

—A Bilardo no lo ha incluido en la lista. ¿Cómo fue aquel Sevilla de la temporada 92/93?

—No tuve ningún tipo de feeling con él. Estaba en las antípodas de lo que entendíamos que era el fútbol, en todos los sentidos. No compartía su visión del fútbol, ni prácticamente nada con él. Aquel era un fútbol arcaico que me quedaba muy lejano.

—Se cuenta que los jugadores técnicos no lo tenían fácil con Clemente. No fue su caso, pero sí el de Lauridsen. ¿Cuánto hay de verdad y de leyenda en esa afirmación?

—Clemente fue un buen jugador y le gustaban los futbolistas técnicos, pero un entrenador debe mirar las armas que tiene en cada momento. La línea central del equipo estaba muy estructurada. Lauridsen era un pedazo de jugador y creo que había más polémica fuera del entorno que dentro. Él no polemizó con Clemente porque era una figura clave dentro del equipo. Había veces que jugaba menos tiempo, pero es que estaban Valverde, Soler… Hicimos un buen equipo. Los rivales, en la UEFA, nos querían porque pensaban que nos eliminarían fácilmente, pero nosotros fuimos eliminando a todos. Nos sobraban ilusión y ganas. Y no jugábamos tan mal al fútbol. Eliminamos a equipos que eran más que superiores como el Milán de Gullit, Van Basten y Rijkaard… Técnicamente, eran mucho mejores que nosotros.

—¿Qué recuerdos tiene de aquella temporada en el Espanyol y de la final de la UEFA frente al Leverkusen? Usted marcó dos goles en la ida y, sin embargo, falló el último penalti en la vuelta. ¿Les pudo el miedo escénico?

—En aquel momento, la UEFA era como una Champions, porque el campeón de cada Liga jugaba la Copa de Europa y el segundo y el tercero, la UEFA. Había equipos muy fuertes. Nosotros veíamos la competición como un premio a la temporada anterior y queríamos disfrutarla. Fuimos pasando eliminatorias y nos tocaron grandes equipos. Cuando nos emparejamos con el Milán, todos decían que nos iban a eliminar. Sin embargo ganamos 0-2 en la ida. Eso sí, no pasamos más de dos veces del medio campo. Defendíamos muy bien y sabíamos aprovechar las pocas ocasiones que teníamos. En la vuelta acabamos 0-0 y nos clasificamos. En esa UEFA ocurrieron cosas increíbles. Por ejemplo, Lauridsen no marcó un gol de cabeza en su vida e hizo uno de cabeza por la escuadra. El Espanyol fue eliminando a todos y llegamos a la final.

Milán 0-2 Espanyol, ida de la segunda ronda de la UEFA 1987/88.

«Clemente me dijo que le metiera una buena hostia y Pichi, que tirara a romper. Al final, el balón salió del campo»

—En Sarriá no cabía un alfiler…

—Sarriá siempre se llenaba cuando venían el Madrid, el Sevilla y el Betis, pero la mitad del campo animaba al equipo contrario. Sin embargo, en la semifinal y la final, hubo lleno y todos nos animaban a nosotros. En la ida, ganamos 3-0 al Leverkusen en casa. En la vuelta llegamos 0-0 al descanso y ese fue nuestro único momento de debilidad en el torneo, porque pensamos que podíamos ser campeones. Nadie nos había metido tres goles en toda la temporada. Alguien comentó que cuando terminara el partido había que ofrecerle la copa al presidente. Pensamos que estaba hecho y empezamos la segunda parte al 85% en vez de al 100%. En el minuto siete, nos metieron el primer gol; dos minutos más tarde, el segundo. Llegamos a los penaltis y me extrañó que Clemente me eligiera para lanzar el último. Si yo no marcaba, ganaba el Leverkusen. Yo siempre tiraba a colocar los penaltis, pero Clemente me dijo que le metiera una buena hostia; Pichi me recomendó que tirara a romper. Al final, saqué el balón del campo…

Resumen del partido de vuelta entre Leverkusen y Espanyol.

—¿Todavía tiene pesadillas con ese penalti?

—No, nunca he tenido pesadillas. Creo que los penaltis los fallan los que los tiran. Es como el penalti de Djukic: a él le hubiese gustado marcarlo, pero si él no hubiese cogido el balón, no lo hubiese cogido nadie. Me molestó mucho fallarlo y, en aquel momento, parecía que el mundo se me caía encima. No me causó ningún trauma y, de hecho, lo puedo ver repetido sin problema. Tengo amigos que cuando alguien falla un penalti y lo tira igual que yo, como en su momento Beckham y Ramos, hacen cachondeo con eso. También recuerdo que cuando jugué la final de Copa con el Celta, que perdimos, también fuimos a penaltis y lancé. En aquella ocasión si lo metí. Tiré el cuarto y mi madre me dijo que cómo se me había ocurrido lanzar, porque si lo llegaba fallar…

—En el Espanyol, coincidió con Valverde. ¿Ya se le veía futuro como entrenador?

—Le tengo mucho cariño. Me sorprendió que fuera entrenador, porque lo veía más bohemio. Le gustaban la fotografía, la poesía, la lectura… Cuando se hizo entrenador, yo estaba convencido de que lo iba a hacer bien, porque a todo le ponía mucha pasión, ilusión… A Tito Villanova lo tuve de compañero en el Celta y sí que le veía más como entrenador. En aquel momento, no pensaba que Valverde sería entrenador en el futuro.

El Madrid

—Tras aquella temporada en el Espanyol, regresó al Madrid. Allí se encontró con Leo Beenhakker…

—Es un grandísimo entrenador. Trajo unos métodos de entrenamiento novedosos para aquella época y eran muy entretenidos. Le tengo mucho aprecio, porque era muy serio y buen entrenador. En la pretemporada, jugamos Hugo Sánchez y yo en punta, pero nuestras características eran semejantes. El Madrid necesitaba un jugador como Butragueño, que recibía en los picos del área y era capaz de meterse hasta la portería. Además, marcaba muchos goles.

—Se encontró con La Quinta asentada en el primer equipo. Supongo que para los canteranos serían el espejo en el que mirarse…

Pardeza y Martín Vázquez, que era técnicamente perfecto, eran los iconos en la Ciudad Deportiva. Pardeza tenía una proyección brutal. En cambio, Butragueño llegó más tarde. Él empezó en el equipo de Aficionados y luego pasó al Castilla. Sanchís era muy sólido y un puntal en el equipo. Míchel fue el primero en llegar al Castilla y, sin embargo, el último en subir al primer equipo. En el Castilla demostraron lo buenos que eran, porque llenaban el Bernabéu con 70.000 personas. Yo iba a aquellos partidos y eran referentes.

—¿Quién fue el mejor de La Quinta?

—No me atrevería a decir uno. Cuando éramos pequeños, las referencias eran inmediatas. Es como en el colegio, uno siempre conoce a los mayores. Pardeza y Martín Vázquez eran los que teníamos más cercanos. Evidentemente, Míchel también era un referente. Estar en el Juvenil A y pasar directamente al Castilla lo hacían muy pocos jugadores, porque había que pasar por el Aficionados; los jugadores que hacían eso eran referentes. A mí me pasó lo mismo, yo no pasé por el Aficionados. En la cantera, dábamos por hecho que Míchel llegaría al primer equipo. Siempre estaba bien posicionado, pero no terminaba de dar el salto. Finalmente, fue uno de los jugadores más importantes que tuvo el Madrid.

Losada, durante su etapa en el Espanyol

—Por aquella época, usted ya había empezado a estudiar en Derecho. Parece que desde el primer momento tuvo un plan B por si se cansaba del fútbol…

—No es que tuviese un plan B, sino que era con lo que me habían educado. Yo jugaba al fútbol y seguía estudiando. Cuando iba a la facultad, la gente se quedaba sorprendida de ver a un jugador del Real Madrid en clase, pero a las dos semanas se olvidaban y ya era un compañero más. Tenía buena relación con la coordinadora y cuando tenía que jugar me ponían facilidades para hacer los exámenes con otra clase u otro grupo. Todavía no había planes para deportistas en las universidades. Tenía compañeros que también estudiaban como Sanchís, Butragueño, Aldana, Julio Llorente

«Los deportistas somos muy vanidosos y pensamos que tenemos sitio en todos lados. Hasta cuando vamos a cenar y no hay mesa»

—Usted estudió Derecho en el CEU y allí conoció a su primera mujer. Ha dicho en alguna ocasión que ella le arrastró a ir a clase…

—Es totalmente cierto. La carrera de Derecho la hice gracias a mi exmujer. Recuerdo que, de vez en cuando, tenía días libres y me apetecía irme fuera, pero ella me decía que teníamos clase. Al principio, yo la llevaba a clase y la recogía, pero no me quedaba. Un día pensé que ya que hacía el trayecto, me podía quedar. Y eso hice. Fue una buena decisión.  

—¿Cuándo comprendió que no tenía sitio en el Madrid?

—Los deportistas somos muy vanidosos y pensamos que tenemos sitio en todos lados. Hasta cuando vamos a cenar y no hay mesa. Yo podía haber jugado en otros equipos, pero llevaba en el Madrid desde alevines y quería jugar allí. Yo envidiaba a compañeros que tuve en las inferiores de la Selección porque jugaban todos los domingos. Tendillo me dijo en una ocasión que yo era muy afortunado, porque salía al campo, metía un gol y la gente me quería. Yo pensaba que, visto así, tenía razón, pero quería más. No me conformaba con jugar quince minutos y pocos partidos.

«La expresión «partido a partido» no fue acuñada por Simeone, sino por Gordillo»

—Pocos partidos y poco trascendentes…

—En realidad todos tienen su trascendencia. Como decía Gordillo, todos los partidos te hacen ser campeón. En el primer partido de Liga, él decía: “Si ganamos hoy, somos campeones”. Esa expresión del «partido a partido» no fue acuñada por Simeone, sino por Gordillo.

El Atlético de Madrid

—En 1991, se marchó al Atlético de Madrid. ¿Cómo fueron los primeros contactos? Dicen que usted era un empeño de Jesús Gil, pero supongo que Luis Aragonés también tendría algo que ver…

—El Atlético de Madrid se interesó por mí por primera vez cuando Clemente era el entrenador. El Madrid no me dejó marchar y al año siguiente, el Atleti insistió de nuevo. El Madrid me dijo que Antic contaba conmigo, pero tuve la posibilidad de irme al Atleti, que ofreció un buen traspaso, y me fui. Me marché con mucha ilusión, porque me quedaba en Madrid y en un gran equipo como el Atlético. Era una buena oportunidad, porque el Atleti siempre estaba arriba.

—Siendo madridista, ¿cómo es eso de pasar al eterno rival?

—En aquella época, era más normal eso de cambiar del Atleti al Madrid o del Madrid al Barcelona… Al principio, lo noté raro, porque jugué desde los 12 años hasta los 24 como madridista. Cuando llegué al Atleti, las primeras palabras que me dijo Luis Aragonés fueron: “Tengo el culo pelado de montar en moto”. Me quedé mirándole y me dijo: “No me mire usted como las vacas al tren”. En el partido de presentación con el Atleti, López me dijo que me pusiera espinilleras… Aquello me chocó porque era un partido de presentación. Tengo buen recuerdo del equipo, pero me lesioné durante la pretemporada y entré tarde a jugar. En mi estreno en un partido oficial hice gol en la primera pelota que toqué. Aquello fue anecdótico, porque los peores partidos que he jugado como futbolista también fueron en el Atlético. Allí estaba Moya, que marcó ocho goles en los ocho primeros partidos. El club tuvo la oportunidad de fichar al mexicano Luis García y Gil decidió prescindir de mí.

—¿Cómo era Luis Aragonés? ¿Tenía en aquel momento algo diferente como demostró con la Selección?

—En lo que Luis destacaba era en su visión personal a la hora de motivar y de entender el fútbol. Cuando llegué al Atleti, él tuvo una depresión y estuvo cinco o seis días sin entrenar. Era una persona de altibajos, pero a la hora de motivar era capaz de sacar lo mejor de ti en un momento determinado. Cuando se cabreaba podía soltar lo primero que se le pasaba por la cabeza.

—Aquel año ganaron la Copa. No sé si la arenga de Luis fue tan especial como la de Eurocopa 2008…

—Después del problema con Gil, no volví a jugar con el Atleti. Luis hizo lo posible para que volviera a la normalidad, pero yo no podía jugar. No estuve en el vestuario el día de la final. En realidad, no gané la Copa, porque ya estaba desvinculado contractualmente del equipo. El fallo del pleito creo que salió el 4 de junio y la final fue unos días después.

—En pocos meses, Jesús Gil pasó con usted el amor al odio. En enero de 1992 le apartó del equipo tras una derrota en Albacete (3-1). Parecía que iba a destituir a Luis, pero la tomó con usted… ¿Qué explicación le dio?

—La decisión fue muy sencilla. El Atleti tuvo la posibilidad de fichar a Luis García y lo hizo. Él me llamó a su despacho y la conversación fue en un tono muy cordial. Donde chocamos fue en el tema económico, porque entendí que quisiera prescindir de mí, pero le dije que me pagara el sueldo de lo que restaba de temporada. A mí me quedaban dos años de contrato más, pero le dije que me buscaría la vida. Él me dijo que no iba a pagarme nada y le contesté que no estaba de acuerdo. Él tenía una forma de decir las cosas que era muy difícil rebatírsela, porque controlaba muy bien los medios. Tampoco tenía ningún tipo de vergüenza en decir las cosas.

—Gil dijo que se equivocó con su fichaje (150 millones de pesetas), porque usted era “apático y no tenía sangre”. Sin embargo, usted no se dejó intimidar y denunció al club para luchar por los años de contrato. ¿Pasó miedo en algún momento?

—No. Me dijeron de todo y posteriormente me perjudicó. No me querellé contra nadie por los insultos, porque estaba tranquilo. Cuando un jugador no entraba dentro de la dinámica que el club quería, lo desprestigiaban.

—¿Recuerda alguna extravagancia de Gil?

—Recuerdo la primera vez que lo conocí en su despacho de la calle Goya. Él me contó una pelea que tuvo con Mendoza, que finalmente le perdonó. Le dijo a Mendoza que se le reblandecían las meninges… Tenía mucho desparpajo a la hora de soltar cualquier burrada.

«Mi padre escuchó por la radio que el Sevilla buscaba delantero. Entonces llamó al club y les preguntó si estaban interesados en mí»

El Sevilla de Maradona y Bilardo

—El caso es que usted acabó en el Sevilla de Maradona tras aquel año…

—Maradona llegó después de mí. Yo fiché a finales de agosto o principios de septiembre y Diego llegó a mediados de septiembre. El equipo ya había hecho la pretemporada. Me habían llamado el Zaragoza y el Espanyol, pero se echaron para atrás. La gestión del fichaje por el Sevilla fue de mi padre. Escuchó por la radio a Rosendo Cabezas, que dijo que el Sevilla buscaba delantero. Entonces llamó al club y les preguntó si estaban interesados y le dijeron que sí. Nos fuimos para allá y se suponía que íbamos a firmar al llegar. Sin embargo, me quedé toda la noche en el hotel, porque parecía que se frenaba el fichaje. Finalmente, fue Clemente quien habló con Cuervas para interceder por mí.

—Además de no tener feeling con Bilardo, aquel no fue un buen año, porque usted sólo jugó cuatro partidos. ¿Lo considera el peor de su carrera?

—No, porque lo recuerdo con cariño. Bilardo era un entrenador que tenía su equipo titular y el equipo reserva, algo típico en el fútbol argentino. Estaba tan en desacuerdo que se me notaba perfectamente. Yo iba a todos los partidos convocado, pero solía ser el descarte y me quedaba sin vestir. Llegué al equipo con la pretemporada terminada y él no hizo ningún cambio, porque ya tenía su equipo titular. En lo personal, fue cuando recobré la ilusión por el fútbol a pesar de no jugar, porque en el Atlético de Madrid ya pensé en retirarme.

—¿Fue la primera vez que pensó en retirarse?

—Sí, fue después del pleito, porque yo no quería ser portada de los periódicos deportivos por algo así.

—Es sorprendente que en Sevilla recobrara la ilusión a pesar de no jugar…

—Es más, Rosendo Cabezas me llamó y me ofreció renovar. Bilardo se iba y no había entrenador; le dije que cuando llegara el entrenador, yo hablaría con él. El Sevilla fichó a Luis Aragonés y fue una situación muy extraña, porque él había sido testigo de mi conflicto con el Atlético de Madrid. Él pensó que en Sevilla podría tener el mismo lío conmigo. Le dijo a Cabezas que, si yo estaba firmado, encantado de tenerme, pero que si era al contrario, prefería que me fuera. Eso me lo dijo al cabo de los años y me preguntó: “¿Qué hubiera hecho usted?”.

—En aquel Sevilla estaba Maradona. Ningún compañero habla mal de él…

—Me da mucha pena cuando oigo hablar a la gente de Diego. Es cierto que ha sido un personaje conflictivo en gran medida, pero he de reconocer que en el año que coincidimos fue un tipo estupendo. Era buen compañero, no iba de endiosado… Futbolísticamente era de otra galaxia.

—¿Mejor que Messi?

—Para mí sí, sobre todo por el tipo de fútbol que se practicaba en aquel momento. Había entradas por detrás, golpes de todo tipo… Además, no sólo jugaba él, sino que hacía jugar a todos. Era un tipo tocado por una varita. Fue una experiencia maravillosa tenerle de compañero, porque era muy humilde. Él venía de una dinámica muy negativa en Nápoles, porque allí apenas podía salir. En Sevilla, descubrió que podía vivir y eso fue importantísimo para él. Vivió en una ciudad en la que no lo acosaban como en Nápoles y en la que podía disfrutar de su familia.

«Bilardo era capaz de hacer un partidillo en el entrenamiento y que a un equipo le diera el sol de frente»

—Dicen que Bilardo ponía los entrenamientos por la tarde porque Diego no madrugaba…

—Bilardo hacía muchas cosas raras. Era capaz de hacer un partidillo en el entrenamiento y que a un equipo le diera el sol de frente. Había cosas que yo no entendía. Yo creo que Maradona podía jugar de día, de noche y de tarde… Allí en Sevilla se cuidó. Entrenábamos por la mañana y por la tarde; no recuerdo que los horarios estuviesen motivados por Diego, porque nunca exigió ese tipo de privilegios.

—¿Alguna anécdota con él?

—El primer día que entró en el vestuario, estábamos expectantes por saber cómo era. Llegó con Cuervas y el presidente le quiso presentar a la plantilla. Sin embargo, Maradona lo apartó y nos fue saludando uno a uno, porque nos conocía a todos. Son detalles que corroboran su humildad.

—Después de aquel año en Sevilla, se marchó al Celta. Allí debió volvió a sentirse futbolista, aunque lo dejó tras dos temporadas. ¿En qué equipo de todos los que jugó fue más feliz?

—En todos he tenido mis momentos de felicidad y de tragedia. El Madrid era el equipo de mi vida y debuté muy joven. Al Atleti llegué muy feliz porque me pareció un equipazo, pero mi momento de tragedia fue la forma en la que salí. En Sevilla igual… La parte positiva de mi etapa en Sevilla fue que me di cuenta de que podía ser fuerte, pese a tenerlo todo en contra. En el Celta, tuve momentos buenos y malos.

Tras el retiro

—Tras retirarse, se especializó en propiedad intelectual. Pocos saben que aquella decisión derivó en que usted montara una discográfica. ¿Con qué cantantes o grupos trabajó?

—Yo tenía un despacho de abogados y me dediqué a la propiedad intelectual, porque fui Secretario General de la Asociación Española de Editores de Música (AEDEM). Había muchos grupos y artistas que me daban maquetas para que se las diera a editores. Tenía un amigo que trabajaba en una multinacional de discos y nos gustó una maqueta que nos trajeron. En principio, lo que iba a ser una ayuda para que aquel grupo saliera adelante, acabaron siendo unos cuantos grupos más. Uno de aquellos cantantes fue Nacho García Vega. Fue una etapa divertida.

—En 2004, fue candidato a presidir la RFEF. ¿Por qué lo hizo si sabía que no había quien pudiera con Villar?

—Villar estaba imputado por unos supuestos delitos y se planteó la posibilidad de inhabilitarlo. Cuando entró en esa dinámica, a mí me dijeron que me presentara. Villar y Gerardo González, que había sido Secretario General de la RFEF, tenían una gran disputa. Los dos se presentaron y yo busqué ser un candidato que pudiese evitar la división de la RFEF, en caso de que a Villar lo inhabilitasen. Tres semanas antes de las elecciones, me comunicaron que Villar se presentaría y supe que él seguía teniendo sus apoyos.

—¿Le sorprendió cómo acabó Villar?

—Me da pena que eso ocurriese, porque no le deseo nada malo a nadie. No es sano que haya un presidente durante 29 años. Era necesario cambiar eso.

—¿Cuándo le pidieron el último autógrafo?

—No hace mucho. Hay una cosa muy buena que es descubrir que ya no te conoce nadie. Eso me pasó hace muchos años y creo que es algo que me ha hecho muy feliz. Hay gente a la que le encanta ser famosa, pero a la larga es mejor estar tranquilo.

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