A las ocho salgo a la calle con mi hijo a dar un paseo para el que se están buscando muchas comparaciones que sobran. El propio paseo, algo inédito, ya es una metáfora: durante muchos años diremos “aquí hay más gente que en un paseo de la fase cero” y eso delatará nuestra edad. Nos han anunciado tantos momentos históricos que cuando nos encontramos con uno de verdad no lo reconocemos y echamos mano de imágenes del pasado.

Siguiendo con el juego de las representaciones, hoy mi hijo y yo, con nuestras mascarillas grises, somos los Dalton en el universo de Lucky Lucke. Cuando por fin veo una excusa para seguir el consejo de Lou Reed e ir de malote, el disfraz que me pongo, perfecto para hacerle el puente a un Supermirafiori, me convierte en ciudadano modelo. Los demás, con sus sonrisas de anuncio de bífidus, en esta nueva normalidad representan el mal.

Y es que la gente, que siempre es el resultado de restarle a la Humanidad a uno mismo, camina confiada y alegre, como si el coronavirus fuera alérgico al optimismo. Casi todos los que nos vamos cruzando van sin mascarilla: en grupos, corriendo sin mantener la distancia o calentando ya para el Tour con una alegría a la que le falta la bota de vino compartida. Interiormente, todos parecen vivir su particular encuentro en la tercera fase.

Siempre he tenido la sospecha de que la vida es como el GTA: si sabes el código apropiado, aparece un helicóptero, te dan armas infinitas o te vuelves inmortal. Si no, te toca avanzar poco a poco con la preocupación de guardar la partida para no perder todo lo que has avanzado. En este paseo, esa sospecha se convierte casi en certeza. No puede ser que toda esta gente vaya tan confiada. De alguna manera, han dado con la combinación de teclas que te convierte en inmune a un virus que, en este momento, ya ha matado a 26.621 personas.

Me da pena porque esto demuestra que, aunque nos estén preparando una nueva realidad, esta se va a quedar más vacía que una promoción en Seseña porque ni el nuevo hombre ni la nueva mujer van a llegar. Seguimos siendo los mismos. Para qué llevar una mascarilla si sólo va a proteger a los demás. La confiada muchedumbre camina por el carril bici mientras sobre sus cabezas ángeles de alas negras tararean el Highway to Hell. Van a tener que traer japoneses o coreanos del sur en los aviones con los envíos de mascarillas para la ciudad del futuro.

La indignación hace que estalle.

—Vamos a asaltar una diligencia.

Mi hijo me mira. Le explico qué es una diligencia. Le explico qué tipo de botín se podía encontrar. Le explico que vamos vestidos para la ocasión. Le explico que así no vamos a parecer los dos únicos gilipollas del paseo (aunque utilizo otra palabra, estoy seguro de que él la ha traducido bien). Le explico que podríamos convertirnos en leyenda.

Las chicas de la familia han escogido otro recorrido y creo que mi hijo piensa que con ellas se habría divertido más. Sé que cuando llega el momento de elegir pareja, antes de salir, mi mujer anima a quien le toca conmigo con palabras como “edad”, “solo”, “compañía”, y “orientación”. Consigue que al salir a la calle me sienta como un fugitivo caminando con su agente de la condicional. Pero no importa. El plan de la diligencia es bueno. Quiero ver qué cara van a poner las mujeres cuando lleguemos a casa y vaciemos dos grandes bolsas de brillantes monedas en la mesa del salón.

—Al cambio no valen nada, porque son monedas de cómic, pero no las juzguéis por lo material.

La gente corre mucho. Pedalea mucho. Como si todos quisieran que en su lápida aparecieran los kilómetros recorridos con un mensaje subliminal para las futuras generaciones: superad eso, cabrones. Creo que parte de nuestra ansiedad se debe a que sabemos que ya no dejaremos textos con la calidad de los que se pueden encontrar en el cementerio de Edimburgo. Unas breves frases que, en muchos casos, en la falda del castillo, trasmiten el mensaje de vidas bien aprovechadas.

—¿No es acaso eso que veo por ahí una diligencia?

Mi hijo me mira. Como respiro mal por la nariz, a pesar de que la Naturaleza fue generosa conmigo, el aire sólo puede llegarme a través de la boca. No sé si es que la mascarilla no deja pasar el suficiente o que la pureza del mismo empieza a afectarme. El caso es que empiezo a ver las cosas con más claridad.

—No. Mire vuestra merced que aquello que ve no es una diligencia, sino un coche de los municipales haciendo su ronda.

—No te confundas, amigo Sancho, que, por no estar cursado en aventuras, no eres capaz de reconocer lo que sin duda es una diligencia.

—Mire bien lo que va a hacer, que parece que tiene otros parecidos en la cabeza.

—No ha de acompañarme quien tema seguir las más nobles de sus inclinaciones.

Me acerco con decisión hacia la diligencia, pero al instante veo que se mueve sin caballos, lo que me pone en alerta. Sé que Frestón está detrás de este encanto y me freno a tiempo.

—¡Detente, Sancho! Que trampa es esta, por sujeta a mudanza, en la que no debemos caer.

Descubierto el hechizo, el coche recupera su condición original. Al ver la tranquilidad con la que patrullan los municipales, empiezo a dudar. Quizás se haya emitido un nuevo mensaje sobre las mascarillas que desconozco y no haga falta llevarlas. Quizás es que solo haya que ponérselas en determinadas franjas horarias. O por edades. O por ser amante del vino blanco o del tinto.

Dejamos atrás la zona del paseo y nos metemos en la parte del barrio en la que se están construyendo chalés. Siento envidia. Como no sé qué decisiones en mi vida me habrían permitido vivir en uno de ellos, no puedo darle a mi hijo ningún consejo para que, en el futuro, una casa así sea suya. En cualquier otro momento, una certeza así me habría provocado un bajón, pero los forajidos no somos tan sentimentales.

Lo que sí noto es que las piernas ya no me aguantan más.

—¿Hay algún código en el GTA que te ofrezca dos caballos frescos y rápidos? Me he quedado sin bálsamo de Fierabrás y no puedo dar un paso más.

—¿Bálsamo de qué?

—El Red Bull de la época. Busca, Sancho, busca.

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