Los abrazos no son rodearnos con los brazos los unos a los otros como pueda parecer si lo ves desde fuera. Los abrazos son otra cosa. O mejor dicho, un abrazo es otra cosa, porque cada uno es distinto, diferente. Cada abrazo es único y no tiene nada que ver con otros abrazos que puedas ver por ahí.

Un abrazo es hacernos un pequeño nudo para parecer que no somos dos, que solamente somos uno. Un abrazo es pegar mi corazón a tu pecho para que puedas sentir cómo me late más fuerte al poder tenerte cerca y que yo pueda también sentir el tuyo.

Un abrazo es juntar nuestras caras en medio de ese nudo, desde las orejas, juntas, para que podamos escuchar el uno del otro las cosas que nos decimos sin tener que hablar, hasta nuestras barbillas, que se pegan a nuestros cuellos, calientes y acogedores, la mía en el tuyo y la tuya en el mío, para que tú puedas sentir de cerca de dónde salen esas palabras que sí te digo cuando no te estoy abrazando.

Y mientras hacemos todo eso, tus manos y las mías sobre nuestras espaldas, las mías sobre las tuyas, y las tuyas sobre las mías, nos ayudan a mantener ese nudo que nos hace sentir que por un momento somos uno, mientras dejamos que de nuestros oídos surjan las palabras que no hace falta que nos digamos.

Y es que en un abrazo es muy difícil hablar, porque nuestras gargantas están apretadas sobre nuestros hombros, la mía sobre el tuyo y el tuyo sobre la mía, porque así quedan nuestros cuerpos encajados cuando nos damos un abrazo. Tal vez sea para que evitemos hablar, porque en un abrazo, en uno de verdad, de esos que se dan con muchas ganas porque lo llevas guardado hace mucho tiempo, las palabras sobran.

Y en ese abrazo, entre mi oreja y tu barbilla, mi cara puede notar el calor de la tuya y los dos sentir ese ligero roce de nuestros cabellos por encima de nuestras orejas mientras nuestras manos aprietan nuestras espaldas, las tuyas, la mía, y las mías, la tuya.

Y quería explicártelo para que, cuando te vea, no te preguntes por qué mis manos te aprietan ni por qué tu barbilla está en mi cuello ni nuestras orejas juntas, para que no te tengas que preguntar por qué no digo nada, para que en ese momento en el que te pueda dar ese abrazo que llevo tanto tiempo guardando, sólo escuches el latido de nuestros corazones.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here