Mi primer beso no fue en un bar, tengo que decirlo, y, sin embargo, guardo la misma nostalgia por ellos que por mis primeros pasitos en esto que llamamos vida. Los bares se han convertido en tótems de la libertad en estos tiempos de pandemia. Muchos consideramos que la vida no volverá a ser vida hasta que no se nos conceda el lujo de volver a ellos.

En un bar perdió Valle Inclán su brazo tras pelear con un amigo, y en un bar muchos (todos) hemos perdido la conciencia. Pero también en ellos hemos recuperado la felicidad, aunque sea momentánea, de sentirse acompañado. Hablo de esos bares que son como familia. De esos lugares donde uno acude con rutinaria fidelidad a hablar de lo de siempre, con los de siempre, pero cambiando la forma.

Eso que Arcadi Espada llama ecosistema convivial, quizá lo más definitorio y único de nuestra cultura española. Uno puede ir completamente solo a un bar a tomar una cerveza y nunca sentirse solitario. Tiene a mano los comentarios de la pareja de al lado sobre la situación política, la charla a menudo profunda e interesante de las personas mayores (asiduos a los bares) o la conversación atropellada de chavales jóvenes que le hacen sentir a uno demasiado viejo, a pesar de no llegar ni a los 30.

Aun en el momento más duro del confinamiento podemos seguir haciendo cosas que hacíamos en el bar. Podemos tomarnos los gintonics en casa, cocinar nuestras tapas, tomar el vermú en la terraza con el Resistiré a toda pastilla en el altavoz… pero no es lo mismo. Nos faltan nuestros vecinos de barra, nos falta la atmósfera, los chascarrillos (a menudo zafios), la constancia de que el tiempo pasa y la libertad.

Esa libertad que le permite a uno escoger su bar como el que forma parte de una tribu. Un sí quiero entre cuatro paredes, una repleta de ardor etílico. Cuando el virus y la cuarentena todavía parecían un sueño lejano, mi amigo Pedro, dueño y currante del Buggy Bar, decía que ojalá el confinamiento nos pillase en el bar.

—Hay reservas de sobra —dijo.

—Ni tan mal —respondí.

Uno es del Barça y del Madrid, porque le toca, seamos sinceros. O, si me apuras, del PP o del PSOE. No elegimos dónde nacemos ni qué influencias recibimos. Pero uno elige su bar. Nadie se lo impone. Es por ello que nos aferramos a él con una fidelidad como la que mostramos por nuestros amigos. Esta fidelidad es tal, que ha tenido que venir una pandemia para romperla. Como cuenta Ignacio Peyró en un reciente artículo, Hitler no consiguió que los británicos dejasen de acudir a sus pubs. “Lo que no consiguió Hitler, lo ha conseguido el coronavirus”. Ni siquiera cuando caían las bombas, la gente dejó de ir a sus bares.

Ir a un bar fue lo último que hice antes de que se decretase el estado de alarma. Lo recuerdo con nitidez. Fue un día antes. Saboreé el último gintonic en la terraza del Buggy Bar sabiendo que se nos avecinaba lo peor. Fue una despedida a los viejos tiempos, esos que ya parecen tan lejanos. Si el tiempo es elíptico, como dice Nietzsche, para mí esta pandemia habrá pasado a mejor vida cuando me vuelva a sentar en la terraza de mi bar, con mi gintonic, y un largo y lejano sueño por delante. A ver cuál toca esta vez.

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