Tengo que admitir que ser pesimista me ha hecho la vida más fácil. En mi desgraciadamente larga etapa optimista me llevé los previsibles golpes financieros y personales por esperar lo mejor de la gente. El golpe de timón posterior sólo me ha traído alegrías porque ya no me afecta que mis mejores amigos no me feliciten por mi cumpleaños o que el antiguo compañero al que le mando el currículo no me conteste. Es lo previsible. Pero ser pesimista requiere carácter. No se puede exhibir esa cobardía que Floyd Patterson reconocía en él: la del que, tras perder un combate de boxeo, no se atreve a ir a la fiesta de después para no dar la cara. Aquí nos apuntamos a todas las celebraciones posteriores con los amigos que no marcan tu número o con los que no reenvían el archivo que tú les mandas.

Ese pesimismo me es muy útil cuando, para celebrar la fase 1, cojo el metro. Otros se lanzan a las terrazas de los bares, pero me parece muy arriesgado colocar una copa de vino encima de una mesa que, tras tanto tiempo de inactividad, ha perdido todos los músculos de sus patas y es posible que acabe temblando como una gacela recién nacida. Ya habrá tiempo de probar a las mesas con ese peso y más. Ahora lo que toca es el metro.

El pesimismo, decía, hace que entre en el metro con el mismo temor con el que el inspector Clouseau abría la puerta de su casa sabiendo que Cato, su mayordomo chino, podía atacarlo cuando menos se lo esperara. Llevo mascarilla nueva y, en el bolsillo, un pequeño bote de gel. Aunque las estadísticas, dicen los optimistas, son buenas, yo sé que el virus se ha escondido en los túneles del metro y está analizando cómo ha jugado, porque lo que hemos vivido es el partido de ida y esta tregua es el tiempo intermedio en el que cada uno adapta su estrategia. Los optimistas ya se ven clasificados para la nueva realidad, pero yo le tengo más miedo al virus que al Madrid después de perder contra el Anderlecht en el primer partido de octavos de la Copa de la UEFA 84/85.

Hay poca gente en el metro y muchos adhesivos. Adhesivos en el suelo que indican por dónde caminar. Adhesivos en los asientos que te prohíben que los ocupes. Adhesivos en las escaleras mecánicas que te recuerdan que tienes que mantener la distancia, cambiando el Mind the gap por el Keep the distance. Adhesivos en el andén que te señalan, en fin, dónde tienes que colocarte a esperar. Detrás de todo esto se ve la mano de un meticuloso pesimista, lo que me pone de muy buen humor porque a los pesimistas, que tenemos tan mala fama, no nos gusta sentirnos solos.

Todas esas indicaciones sobre dónde debes situarte me hacen sentir como una pieza en un tablero de ajedrez. No es mala imagen, porque sirve para también para transmitir el mensaje, si no viviste lo del encuentro de vuelta contra el Anderlecht o te da pereza buscarlo, de que esto también puede verse como una partida en la que todavía no ha ganado nadie. Las piezas siguen en movimiento y, desde mi atento pesimismo, en nuestro bando solo veo peones mientras que el contrario cuenta con más figuras.

No hay mucha gente en el metro. Se siguen las recomendaciones porque no cuesta mucho, pero habrá que ver qué ocurre cuando el concepto de hora punta se combine con el de nueva realidad y todos acabemos encontrando nuestro punto de equilibrio entre la necesidad de ir a trabajar y el riesgo que implica. Pero ese momento ya llegará. Ahora toca disfrutar de lo que sigue funcionando, incluido uno mismo.

En la parada de Santiago Bernabéu me pregunto cómo será el fútbol que nos espera. Las plantillas ya están entrenando, pero quisiera saber cómo nos van a afectar a los espectadores las nuevas normas: conforme pasa el tiempo, me interesa más lo que sucede alrededor del campo que sobre el propio césped. Me sigue gustando el fútbol y defiendo el escudo, pero ya noto una irresoluble desconexión sentimental con la plantilla. El periodista Seth Stepehns-Davidowitz señalaba en su artículo en el NYT The Songs That Bind que, según las estadísticas de Spotify, la música que nos marca es la que escuchamos con catorce años. Puede que con el fútbol pase lo mismo y todos tengamos una alineación de referencia que ninguna otra pueda desbancar por mucho éxito que obtenga. La idea de un Bernabéu repleto de asientos con adhesivos como los del metro hace que el corazón se me pare unos segundos. No pasa nada, porque los pesimistas hemos desarrollado un corazón resistente.

Adivinar cómo será viajar en metro tomando como referencia este viaje es como valorar un concierto por lo que han tocado los técnicos en las pruebas previas de sonido. Lo único que ahora puedo dar por cierto es que me sigue gustando el metro y ver y escuchar a la gente. La conversación entre un hombre y un amigo sobre el iPhone que le ha pedido el hijo. La pareja de adolescentes que sube por la escalera, uno frente al otro, las puntas de sus mascarillas tocándose. Esas cosas.

Esas cosas y, claro, la salida del metro en Alonso Martínez. De todas las posibles estaciones, está es la que más me gusta. Al verme en Alonso Martínez tengo la impresión de que es la opción que me va a permitir que disfrute de un día que no habría sido el mismo de aparecer en Tribunal o Sol. Es ahí donde bajo del vagón y me uno a los pocos que subimos por las escaleras. Por un momento tengo la impresión de que las personas que me he encontrado son trabajadores contratados para asegurarse de que todo sigue en funcionamiento, como ese director de mantenimiento que se ha confinado en el hotel en Barcelona donde trabaja para comprobar diariamente que, entre otras cosas, los 1.400 grifos siguen a punto.

Pero no. Somos peones resignados a cumplir con todo lo que nos digan. Es lo que hay. En la superficie están los optimistas, dispuestos a desafiarnos con su falta de cuidado. Ojalá pudiéramos ver la partida como ellos, pero nosotros sabemos que falta la figura de la reina, que se estrenará en el tablero tan pronto se confirme la vacuna. Con esa reina las cosas serán distintas. Su aparición revolucionará el escenario como Freddy Mercury en aquella noche del 86 en el estadio del Rayo Vallecano, en la gira del A kind of magic.

         Qué concierto. Qué remontada, joder.

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