Mi aportación al reto de estos días de transformarse en una imagen famosa es esta: cada vez que me asomo a la ventana del salón reproduzco la portada del Duke, el disco de Génesis de 1980. Clavado. Duke no me interesa mucho, pero un amigo al que quiero, a pesar de que le guste el rock sinfónico, lo defiende por incluir Turn It On Again y Misunderstanding.

Desde esa ventana puedo ver, entre dos edificios, un trozo de calle con sus elementos básicos: sus árboles, su acerca, su calzada. Durante estos días le he prestado más atención porque tenía la esperanza de ver, ahora que dicen que la Naturaleza se está recuperado, jabalíes. Un par de jabalíes estaría bien. Y luego, con la Naturaleza viniéndose arriba, jirafas. Y osos hormigueros. Y nutrias, que nunca las vemos porque parecen estar cedidas por el Míster del zoo para que hagan la temporada en otro. Todo el desembarco del Arca de Noé, ya puestos.

Pero no pongamos límites. Me gustaría que desfilaran animales ya extinguidos para que la Naturaleza dé un golpe en la mesa y muestre que, cuando quiere, puede. Un par de mamuts lanudos de Alaska. Y, detrás de ellos, algún ejemplar del Hombre de Neanderthal al que poder gritarle:

—Tened cuidado con los Sapiens, que somos un poco cabrones.

Pero, en vez del Hombre de Neanderthal, el que aparece por ahí con gorra, mascarilla y zapatillas, soy yo. Son las ocho de la mañana del primer sábado en el que se nos permite salir a la calle a pasear. Como Sapiens soy un desastre: no me he afeitado, camino con cierta torpeza y lo señalo todo pronunciando en voz alta su nombre. La sensación de descubrimiento es tan grande que por un momento temo que una voz atronadora me advierta de que puedo probarlo todo excepto el fruto del árbol del conocimiento.

Disfruto mucho de mi paseo, pero poco a poco me agobia la soledad, para la que mentalmente pido alivio. Como mi petición es sincera y mi alma también se ha regenerado estos días en los que he mantenido la distancia de seguridad con el pecado, mis deseos se cumplen. Al poco empiezo a ver por las vacías calles algunos ciclistas y deportistas que avanzan con desconfianza, tanteando su cuerpo por si alguna luz roja los invitara a volver a casa. Parecen fiarse de sus piernas, pero es probable que alguno haya necesitado esos diez minutos que al monstruo de Frankenstein de Cumberbatch le lleva ponerse en pie en el arranque de la obra del National Theatre.

Yo descubro que no es lo mismo caminar por los pasillos de casa que reencontrarse con las cuestas y el asfalto. Eso es lo primero que me dicen los pies. Al rato noto dos tirones en la parte posterior de los muslos que me obligan a recudir el ritmo del paseo lo suficiente como para ver cómo florecen algunas plantas. El objetivo de volver a la marca que teníamos antes del confinamiento desaparece pronto: el éxito hoy es no caerse de la bicicleta o no pisarse un cordón. Vamos tan despacio y nuestros tiempos son tan vergonzosos que nada más llegar a casa nos van a quitar esas medallas que ya nos habían puesto por permanecer tumbados en el sofá.

Con todo, mi paseo es agradable. Veo que en este nuevo mundo se conservan los bares. Eso es que hacíamos buen uso de ellos. También siguen ahí las marquesinas, las papeleras, la academia de baile, las clínicas dentales, las rotondas. De hecho, todo sigue en su sitio. No es que el diseño de este nuevo mundo haya llevado mucho trabajo. Igual la garantía del antiguo mundo ya había caducado y, con ella, el derecho a nuevas actualizaciones.

Aunque las calles estén vacías, camino por las aceras y cruzo sólo por los pasos de cebra. Me detengo si un semáforo está en rojo y reanudo el paseo cuando cambia de color. Quiero que quede constancia de que el nuevo Homo Sapiens respeta las normas. El antiguo Sapiens gastaba inútiles energías en saber si un dios superior podía estar vigilándolo o no. Esas dudas, afortunadamente, ya son cosa del pasado. Ahora basta con palmearse el bolsillo donde está el móvil para tener la certeza de que todo queda registrado. El mío va guardando los datos de tiempo y distancia de mi paseo para que algún friki pueda darle a la manivela de los modelos supervisados y llegar a conocerme mejor de lo que lo hago yo. Bendita información.

Me paro delante de una cafetería en la que pasé bastantes mañanas cuando estuve en paro. Mesas apretadas, olor a churros, bandejas con pan tostado y el recipiente para el tomate, migas en el suelo, el periódico doblado junto a un expositor de cervezas. Miro dentro. Todos los expositores están vacíos. Sólo puedo ver con detalle lo que la franja de luz que pasa entre las telas que ocultan los ventanales rescata. Parece que llevara mucho más tiempo cerrado que el del confinamiento.

Y es en ese momento cuando me doy cuenta de que en este nuevo mundo no se ha remodelado la realidad, como hace Chicote con los restaurantes que visita, porque se ha cambiado de estrategia. En vez de trabajar sobre la materia, se ha decidido usar las palabras, que exigen menos esfuerzo y, como los números, lo aguantan todo. Lo que habíamos dejado sigue ahí, pero ahora todo tiene, como los muebles en una tienda, una etiqueta con una letra pequeña que habla de distancias mínimas, uso, limpieza, riesgos, sanciones. 

El periódico, por ejemplo. Cuando los bares empiecen a abrir, no habrá un periódico en la barra al que añadir tus propias manchas de aceite a las que ya han dejado otros lectores mientras vas pasando las hojas. La letra pequeña advierte ahora del riesgo de que el virus se esconda en el horóscopo, la fotografía del gol o la noticia local. La letra pequeña te aconseja el encuentro virtual, pero a la palabra le pasa lo que al vino: no sabe igual en una barra que en casa.

Me alejo de la cafetería. En ese momento un científico con una bata blanca estará haciendo ensayos en su laboratorio. Pensábamos que a la ciencia siempre le íbamos a pedir que, como un tren afilado y brillante, nos llevara a una nueva estación del futuro. Ya no es el caso. Lo que ahora deseamos es que en alguno de esos pequeños tubos esté la llave que permita abrir esa cafetería en ese momento del pasado en el que cogías el periódico de la barra y acudías sin ninguna preocupación a tu cita con Leila Guerriero, Rosa Belmonte o Emilia Landaluce.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here