Julio César Iglesias (Zamora, 1944) creció en el pueblo zamorano de Fermoselle, donde forjó sentimientos y curiosidades. En la librería de su casa encontró libros forrados con hojas de periódico que daban cuenta de la Segunda Guerra Mundial y los desenvolvía con cuidado para leer aquellas viejas historias. Tenía razón su amigo José Vicente Hernáez. Era periodista sin saberlo. Con el tiempo se convirtió en uno de los mejores de España en prensa, radio y televisión. Fue el autor de una denominación de origen que forma parte de la historia del fútbol español: La Quinta del Buitre.

—Ha ganado dos Antenas de Oro, tres Premios Ondas y un Premio Nacional de Periodismo. ¿Le ha quedado algo por hacer o por ganar en su carrera?

—Los premios son accidentes sobrevenidos. Uno no los busca, sino que los recibe. Nunca me pregunté si me quedaba alguno por conseguir. No me parecieron pocos ni muchos. Consideré la profesión un verdadero milagro en lo que se refería a mi relación con ella. Me consideré siempre un superviviente.

—¿Qué relación tenía cuando era niño con el periodismo, o más concretamente con el deporte?

—Mi relación con el periodismo fue nula hasta avanzados los 20 años. Hasta que cumplí 24 o 25 no tuve ninguna relación. A mí me gustó mucho escribir desde primera hora. Escribí mucho en bachillerato, reflexionaba sobre asuntos, sucesos… En realidad, no tenía otra relación que no fuera esa. Nunca asocié al periodismo las cosas que yo podía escribir.

—Usted empezó Ingeniería de Caminos y Biología, pero he leído que se pasó a Periodismo por el boxeo…

—No pensé en dedicarme al periodismo, de hecho, empecé estudiando Ingeniería de Caminos. Estuve un par de años estudiando esa carrera y durante ese tiempo escribí mucho, sobre todo de mis primeros años en Madrid. Esa es una de las razones por las que yo terminé dedicándome al periodismo. También porque yo había hecho amistad con José Vicente Hernáez.

—Tengo entendido que le dio un cheque de 6.000 pesetas para que se matriculara en Periodismo…

—Él era un joven periodista que trabajaba en el diario Informaciones, un gran periódico. Lástima que desapareciera. Yo a él le había conocido antes, porque en Salamanca, donde estudié dos años, había coincidido con un boxeador que me presentó a un adversario suyo madrileño, que a su vez me presentó a Hernáez. José Vicente y yo nos hicimos amigos. En algún guateque, me metió un papelito en la chaqueta y era un talón bancario por valor de 6.020 pesetas, el precio de la matrícula de Periodismo. Pensé que era una broma: él me explicó que, aunque yo no lo sabía, era periodista. También tengo que destacar a otro amigo, Fabio Matilla, que escribía reportajes para el Faro de Vigo y me propuso escribir alguno. Me lo tomé como algo divertido. José Vicente se fue un verano y me preguntó que si también quería hacerlos para El Mundo Deportivo. Y así empecé a colaborar en el periodismo deportivo. Más tarde, Manuel Alcántara, poeta y cronista insigne, me planteó trabajar en Marca. Allí comencé como becario sin beca, como suelo decir, porque seguía en la facultad y mi sueldo variaba cada mes; nunca fue superior a 4.700 pesetas (28’25 euros).

—Usted llegó a Madrid con 17 años, ¿con qué ciudad se encontró?

—Tenía un adelanto académico, porque había hecho dos cursos en uno al principio del bachillerato. Aquello me hizo ser un observador sorprendido y atento. Madrid era una ciudad enorme, muy cosmopolita y hacía muy compatibles a todos. Hice dos amigos de Murcia, otro de Zaragoza, de Cantabria… La pandilla estaba compuesta por personas que procedían de todas partes y eso indica el espíritu de la ciudad.

—Dicen que Madrid es de todos…

—Efectivamente. En realidad, yo fui porque sólo había Escuela de Caminos en Madrid. Descubrí que había muchos chicos como yo que estaban tratando de abrirse camino. Nos hicimos muy buenos amigos. La ciudad me ofreció personajes y escenarios para poder reflexionar y seguir escribiendo a mi manera, provocando que mi amigo José Vicente decidiera que yo era periodista, aunque yo no lo supiese.

—En Madrid coincidió con una generación en la que están José Luis Garci, Luis Eduardo Aute, usted…¿Tenían alguna relación?

—Con Garci tengo una relación muy estrecha. Nos hicieron alguna entrevista conjunta en los viejos tiempos, aunque no sé con qué motivo. Quizá fuera porque se puso de moda el fenómeno paranormal e hicieron una mesa redonda sobre eso. Compartimos noches de veladas boxísticas en el primer Canal+. Comentamos toda la carrera de Mike Tyson y buena parte de la carrera de Muhammad Alí.

—Entiendo que su infancia en Fermoselle fue tan dura como la de cualquier otro niño de la época criado en el campo, pero supongo que también fue feliz…

—No fue dura, mentiría si lo dijera. Fue una etapa extraordinaria. Mis padres eran maestros de Educación General Básica (EGB) y vivíamos allí porque habían conseguido la plaza. Las plazas eran siempre provisionales, luego se trasladaron a Madrid. Ellos estuvieron en Fermoselle 21 años y yo viví allí los 12 primeros de mi vida, aunque nací en Zamora capital. Desde los 12, empecé a vivir en Zamora en casa de una patrona, coincidiendo con una tía carnal hermana de mi madre… La vida en Fermoselle fue muy feliz. Aquel pueblo, que tenía 4.300 habitantes, era un mundo. Allí había personajes que representaban todos los sentimientos y las disposiciones humanas. Era un mundo aparentemente reducido, pero en el que se daban todos los estereotipos. También tuve muy buenos amigos. Era un mundo aparentemente reducido, pero muy imaginativo. Siempre digo que en la vida he aprendido poco, pero lo que aprendí, lo aprendí allí. Desde entonces, lo que he hecho es olvidar un poco cada día.

—¿Qué le hacían leer sus padres?

—Mi abuelo paterno tenía en Zamora una posada de estudiantes. Los que pasaban por su posada a veces se dejaban los libros allí. Cuando mi abuelo enviudó y pasó a vivir con nosotros en Fermoselle, los libros que estaban en su posada, más los que mis padres habían reunido en sus dos carreras, se juntaron en casa. Había un armario enorme atestado de libros. Eran libros para mayores y me parecía más divertido leer aquello que los libros de texto. Aquellos libros estaban forrados, en muchos casos, con periódicos del periodo de la Segunda Guerra Mundial. Además, eran periódicos completos. Cuando descubrí eso, quité con el máximo cuidado los periódicos de los libros…

—¿No le entró curiosidad por el periodismo en ese momento?

—No. En aquella época, el periodismo era otra cosa. Yo no asociaba nada que quisiera hacer con lo que llamamos periodismo. Las historias que aparecían en aquellos periódicos eran lo que me resultaba apasionante. Me identifiqué con lo que había pasado en el mundo en aquellos años. Yo siempre fui un personaje lleno de curiosidad.

—¿Cómo llevaron en su casa el cambio de carrera?

—Mal. Yo tuve pánico cuando José Vicente me dio el cheque. Tomé la decisión de matricularme en periodismo, porque me pareció un acto romántico. También el de José Vicente, aunque me pareció una temeridad por su parte. En cuanto pude le devolví las 6.020 pesetas… El caso es que yo también era muy aficionado a las ciencias naturales y les comuniqué a mis padres la decisión de matricularme en dos centros académicos distintos, la Escuela de Periodismo y la Facultad de Ciencias Biológicas, donde empecé la especialidad en Zoología.

—¿Cuánto tiempo combinó ambas?

—Creo que tres años. En biológicas, era indispensable hacer prácticas de laboratorio presenciales. Manolo Alcántara me ofreció aquel trabajo en Marca cuando yo estaba en segundo o tercero de carrera. Entonces no podía ir a las prácticas de laboratorio, trabajar y hacer periodismo yendo a clase. Por tanto, tuve que dejar Biología.

—Y en casa, otro disgusto…

—Se lo tomaron muy mal. Mis padres estaban convencidos de que en el mundo de entonces las letras tenían poco futuro. Como Biología era ciencias, camufló Periodismo. Mi padre me echó una bronca y mi madre me puso mala cara varios días, pero lo aceptaron.

—Usted ha contado que se golpeó la cabeza al caerse de un caballo y que ese puede ser el origen de algunas de sus rarezas…

—He querido hacer una broma y quizá haya hecho un diagnóstico. Siempre que veo a algún amigo montar a caballo le digo que sólo sé hacer una cosa con los caballos, caerme. El caballo se desbocó una vez que me monté y me resigné a caerme. Me di un buen golpe en la cabeza y también en todo el cuerpo.

—Usted ya sufrió algo parecido al confinamiento en aquellos terribles inviernos en Zamora. ¿Le ha pillado todo esto mejor entrenado?

—Sí. Es cierto que en Fermoselle y Zamora los veranos eran de verdad y los inviernos también. Yo tengo imágenes de ese momento que jamás olvidaré. Un día, a las seis de la mañana, me levanté y vi por la ventana a un hombre que iba con un traje de pana, un labriego. Llevaba el ramal con el que tenía que tirar de la mula puesto sobre uno de los hombros. Así tiraba del animal para no tener que sacar las manos de los bolsillos. Yo no tengo ningún recuerdo de haber pasado mucho frío, salvo una vez que mi padre me llevó a ver a mis abuelos maternos, que vivían a 30 kilómetros, en el transportín de la bicicleta.

—¿Nos está castigando Dios o la naturaleza?

—Esto son ciclos. Las pandemias han ocurrido siempre y son fenómenos naturales. El hombre no tiene que hacer más que los esfuerzos necesarios para sobrevivir. Hay muchos conciudadanos que no han vivido una situación como ésta, pero otros sí. Lo que tenemos que hacer es demostrarnos que el ser humano tiene mucha capacidad para adaptarse a las situaciones extremas para superarlas. De aquí hay que salir con más fuerza. 

“Los boxeadores tenían una profesión dura, pero el corazón blando. En la distancia corta, eran gente magnífica”

—¿Por qué el boxeo es considerado ahora como una salvajada y antes era el deporte de moda? ¿Qué ha cambiado?

—Siempre ha sido un deporte sometido a debate. Yo participé en alguno con ventitantos años. Además, participé desde los dos lados de la mesa. Aceptaba ambos papeles. El boxeo es un deporte de riesgo, porque consiste en darle golpes al adversario. Siempre he defendido que es el arte de la defensa, porque lo primero es defenderse de los golpes para atacar después. En el mundo del boxeo, caben todos los personajes y sentimientos. Los sentimientos se expresaban de manera muy visible. En los boxeadores, tuve también a buenos amigos que eran una gente estupenda. Tenían una profesión muy dura, pero el corazón blando. En la distancia corta, eran gente magnífica. Admite la controversia, porque es un deporte peligroso.

—¿Cree que es un deporte en vías de extinción?

—Llevo oyéndolo tantos años como para tener vértigo de decir cuántos. Ahora hay otros deportes de contacto, como el MMA (artes marciales mixtas), que son todavía más violentos que el boxeo. El pronóstico y el debate del boxeo siempre ha sido el mismo: cuando el nivel de vida suba, ya no habrá boxeadores. Pero seguimos en 2020 hablando de boxeo.

El Periodismo

—¿Por qué cree que han perdido tanto prestigio los periodistas deportivos?

—No he hecho yo ese análisis en profundidad, porque mi relación con el periodismo deportivo, aunque ha sido constante, también ha sido tangencial. He seguido haciendo lo mismo que hacía cuando era estudiante: ir a mi aire, escribir a mi manera, buscar los sucesos y personajes que me gustan… Esa es una pregunta para someter a debate en una universidad de verano y dará para más de un curso. Habrá que reflexionar sobre el tipo de mensaje que se transmite, el cómo se transmite, el papel del periodista…

—Luego no tiene claro que se haya perdido prestigio…

—Creo que lo ha perdido el que se lo ha jugado y se lo ha jugado mal; el que no se lo ha jugado mal o se lo ha jugado bien, lo habrá mantenido. Eso hay que ir profesional por profesional y analizar qué ha hecho cada uno. Así se podrá ver que hay grados de todo.

—El periodismo de bufanda ha sido promovido por los propios periodistas. Los profesionales que prosperan ahora son los que se vinculan a un determinado equipo…

—Cada cual puede ponerse la camiseta que quiera bajo su responsabilidad. En eso no voy a meterme. Tengo como todo el mundo mis simpatías. Siempre he dicho que la verdad está muy repartida y que hay que buscar las partes de la verdad que hay en cada lugar. Es un debate que debe hacer cada cual. Y también las facultades de ciencias de la información.

—¿Dónde ha sido más feliz, en la radio, en la televisión o en los periódicos?

—En los tres. Cuando empecé a practicar periodismo, pensé que podía ser un último tren. Como pensé que había arrancado tarde, quise conocer de cerca los tres grandes medios. Aproveché todas las oportunidades que tuve para conocer todos los medios. Todos tienen su encanto. Le tengo mucho cariño al periodismo escrito, porque es una afición muy antigua.

“La radio suele perdonarte cuatro errores en un día, pero la televisión no te perdona una mala corbata”

—¿Puede ser mayor el cariño porque le evoca a la infancia?

—No sé si por eso. Esa es una querencia antigua. Siempre he disfrutado de reflexionar sobre las cosas y de hacerlo por escrito. La radio es un medio de comunicación que suele ser muy condescendiente con el profesional. Siempre he dicho que la radio suele perdonarte cuatro errores en un día, pero la televisión no te perdona una mala corbata. En televisión, también disfruté; dirigí programas de reportajes, Los Desayunos… Hice muchas horas, sobre todo de periodismo político. Aunque a ese programa, iban también personajes ajenos a la política.

—¿Quién es el personaje más interesante que ha entrevistado a lo largo de su carrera?

—Ha habido muchos, cada uno en su estilo. Hay personajes interesantes por distintas razones: por su forma de expresarse, la profundidad de lo que dice, los conocimientos que tienen, la facilidad para fascinar a la cámara tanto como para llenar la pantalla de televisión… Han pasado Camilo José Cela o Margaret Thatcher, por ejemplo. El periodista tenía que buscar que el argumento apareciera durante una hora de conversación y eso fue lo que intenté hacer siempre.

—¿Alguna extravagancia con alguno de esos personajes?

Alejo García había dirigido Directo, Directo y yo había dejado la radio por un tiempo. Estaba de guionista de televisión en el programa En este país y también escribía en El País. Alejo me contó que iba a ser jefe de informativos y quería que yo fuera presentador de Los Desayunos. Nunca había presentado un programa en directo, como mucho había leído noticias en directo en los boletines informativos y diarios hablados. Cuando le pregunté a Alejo de cuánto tiempo disponía para prepararme, me contestó que empezaba esa misma tarde. Así que tuve que comunicarle a Cebrián que me marchaba. Irse de El País era insólito entonces, porque era un periódico que estaba de moda…

Pocos días después de comenzar a presentar el programa, quedé con el actor José María Rodero para que fuera de invitado. Él estaba haciendo una serie sobre El Greco en TVE. Me había sorprendido, porque fui a ver la grabación de un capítulo en Prado del Rey y presencié cómo transformó su rostro en el de El Greco después de pasarse dos esparadrapos por la cara. El caso es que no se presentó en Los Desayunos. Yo tenía una hora por delante e hice lo que pude para sobrevivir. Empecé a hablar de José María Rodero, del teatro español… Aquello fue lo que hizo que los oyentes me aceptasen, porque hasta entonces no estaban de acuerdo con el cambio de presentador. A partir de ahí, noté un cambio radical. Los oyentes tuvieron palabras bonitas hacia mí.

—¿Cuándo se extinguirán los periódicos de papel?

—Tienen mal pronóstico. La procedencia del papel son los bosques y su persistencia será una prioridad cada vez mayor. El periodismo digital es el que viene. Nunca faltarán los articulistas ni los buenos reportajes.  

—¿Quién ha sido el mejor periodista español?

—Los ha habido muy buenos y la clave está en aprender de cada uno. Todos tienen algo. Unos tienen capacidad para investigar, otros un buen uso del lenguaje… Tengo el honor de decir que muchos han sido amigos míos.

“Bernabéu fue amable conmigo. Creo que debí parecerle un pobre chaval, porque él notó que yo estaba empezando”

—¿Qué pensaría Bernabéu de Florentino? ¿Se llevarían bien?

—No lo sé. Le hice una entrevista a Bernabéu y era un personaje de lenguaje sencillo, muy directo y que no se cortaba un pelo. Conmigo fue amable; creo que debí parecerle un pobre chaval. Yo estaba empezando y debió de notarlo. Es imposible saber cómo se hubieran llevado. Actualmente, Florentino está comprometido con la remodelación del estadio y Bernabéu construyó el estadio mucho tiempo atrás. Bernabéu tuvo claro que el Madrid necesitaba una ciudad deportiva, que Florentino cambió luego por otra. A veces, tengo la impresión de que Florentino menciona mucho a Bernabéu.

—¿Era el Real Madrid el equipo del régimen?

—Hay bastante de mentira. ¿Te imaginas a Franco en el Bernabéu todos los domingos? No. Sólo iba a entregar la Copa del Generalísimo. Y al Madrid le entregó muy pocas. A Franco se le conocía por jugar y por ir de pesca y de caza. Creo que el Madrid fue por libre durante el régimen. Además, el Madrid fue republicano durante la Segunda República.

El mejor futbolista

—¿Ha sido Di Stéfano el mejor futbolista de la historia?

—A Di Stéfano se le descubrió aquí. Aunque el Madrid y el Barcelona tuvieron un pleito a cuenta de Di Stéfano, él fue una sorpresa para el público. Se sabía que era un jugador muy problemático, porque se marchó de River en una huelga. Él cambió el sentido de la Liga y del dominio del fútbol español. Todos pensaban que el mejor fichaje en aquel momento era Kubala. Di Stéfano ha sido el jugador más influyente. En cierta ocasión, le preguntaron a Didí quién era mejor, si Pelé o Di Stéfano. Él dijo que Pelé podía ser el mejor jugador del mundo en diez minutos del partido, pero Di Stéfano lo era en los 90. Esa reflexión expresa mucho lo que fue. Di Stéfano tenía mucha influencia en el juego del equipo. Fue pichichi cinco años sin estar constantemente en el área, porque cuando el portero sacaba se la entrega a él. Él jugaba muy lejos de la portería contraria. Por eso creo que ha sido el más completo.  

—Ordene, por favor, a los cinco más grandes de la historia del fútbol…

—Di Stéfano es el primero y Pelé es el segundo, pero este ranking es un imposible. De sus épocas, los mejores fueron Di Stéfano y Pelé. Di Stéfano por su influencia en el juego y en el marcador; Pelé, por su capacidad para resolver el partido en un fogonazo. Me gustaron también mucho Beckenbauer, por su elegancia, Cruyff, porque practicó el fútbol total, el antecedente del Barcelona, Maradona, Zidane… Pero no nos hemos dado cuenta de que hemos vivido un privilegio con la rivalidad entre Messi y Cristiano. Ese ha sido un fenómeno extraordinario. Dos futbolistas que coinciden en la misma época y que anotan una media de un gol por partido durante diez años.

“Pardeza era un proyecto de Messi, porque fue un jugador incontenible desde los 15 a los 18 años»

—Usted acuño el término La Quinta de El Buitre en un artículo de El País… ¿Por qué del Buitre y no de Míchel, Martín Vázquez, Sanchís o Pardeza? ¿Qué tenía el Buitre de especial, fue el mejor de todos?

—En 1982, el Mundial fue muy decepcionante para España. Aquel Campeonato del Mundo dejó claro que había que quedarse con el fútbol de sudor, barro y patadas. El año siguiente hice un reportaje que fue una travesura. Yo seguía a las canteras de los equipos que podía seguir. Vivía cerca de la ciudad deportiva del Madrid y cuando volvía de la radio trataba de evadirme así. Míchel era muy conocido. También Pardeza, que era un proyecto de Messi, porque fue un jugador incontenible desde los 15 años a los 18. En un partido, provocó ocho tarjetas, dos de ellas rojas. Por eso decidí hacer un reportaje con futbolistas que representasen lo contrario de lo que se llevaba. Cuando vi que Italia fue campeona y Alemania subcampeona con el fútbol del sudor y el barro pensé que iban a venir 25 años de aburrimiento…

Así que elegí a cinco jugadores que coincidieran en lo mismo, ser muy buenos jugando al balón. Además, tenían todos el aura de jugadores especiales. Sanchís era un defensa que no estaba homologado y muy hábil con la pelota. En los balones divididos, era un genio. Míchel tenía una elegancia natural bárbara y era un proyecto de mediocentro, no tanto de volante derecho. Martín Vázquez era técnicamente completísimo, ambidiestro, manejaba la pelota de todas las formas posibles… Butragueño llegó al Madrid con 19 años, sin ninguna formación atlética. Cuando le hicieron la prueba en un Trofeo Bernabéu de juveniles salió con un calzón muy grande y una camiseta que le quedaba más grande que el calzón. Además, totalmente rapado. La gente empezó a meterse con él cuando empezó a calentar y me cayó bien el chaval. En el videomarcador escribieron mal su nombre y pusieron «Buitragueño». La gente empezó a decir: “¡Buitre…arregla tú esto!». El Madrid perdía 0-1 en ese momento… (Butragueño empató, pero el Madrid perdió la final por penaltis contra el AZ 67).

—¿Entonces el videomarcador fue el que le inspiró para acuñar ese pseudónimo?

—Quería darle la vuelta a ese insulto de la gente para crear un alias épico, como se dice ahora. Esa fue la razón principal. También el jugador representaba la quinta velocidad. Lo de Quinta se podía utilizar también porque yo vi a Butragueño jugar cuando estaba haciendo la mili, quinta en el sentido de promoción… Todo eso junto me dio el título. Lo que defendía el reportaje es que ese era el fútbol del futuro.

—Tras el texto de La Quinta, lo llamó Jesús Paredes, el preparador físico del Real Madrid y le dijo que Di Stéfano quería hablar con usted…

—Jesús es un buen amigo. Era una persona de la confianza de Di Stéfano. En ese reportaje, yo le decía a Di Stéfano que le daba diez minutos para subir a esos cinco al primer equipo. Imagínate algo así en estos tiempos: que un periodista dice que hay que sacar a cinco del primer equipo y meter a cinco de la cantera y que el entrenador quiere hablar con él. Paredes me llamó y me habló como el hermano de Michael Corleone. Yo pensaba que Di Stéfano se había enfadado por el reportaje. Cuando estuvimos juntos me preguntó: “¿Y si subo a estos tipos y la cagan qué?”. Me vine arriba y le contesté: “Diga que está preparando el fútbol del siglo XXI”. Me comentó que iba a subir a cuatro y hablamos de por qué no iba a subir a Míchel. Yo le dije que se equivocaba. Hice una defensa que seguramente Míchel no necesitaba. Él se quedó en el Castilla y quedaron primeros en Segunda. Los espectadores se entusiasmaron con ellos y estos chichos cambiaron el fútbol. Fueron el antecedente del fútbol del siglo XXI.

—¿El nacimiento de La Quinta fue milagro o consecuencia de algo?

—Fue consecuencia de que eran muy buenos. En ese equipo estaban, Gallego, Gordillo, Hugo Sánchez, Valdano… Los veteranos ayudaron mucho a los chavales. Hubo grandes remontadas con exhibiciones de futbol inolvidables. Por ejemplo, el 6-1 al Anderlecht.

—Esas grandes remontadas fueron en la Copa de Europa, la asignatura pendiente de La Quinta. ¿El fútbol fue justo con ellos?

—No fue justo. Hay que recordar que entonces había tres competiciones: la Copa de Europa, la Copa de la UEFA y la Recopa de Europa. La Quinta jugó la UEFA, que la jugaban el segundo, el tercero y el cuarto. En cambio, la Copa de Europa la jugaba el campeón del año anterior, que normalmente no era el mejor equipo de su país la siguiente temporada. Por eso creo que en la UEFA sí estaban los mejores equipos del momento. Y La Quinta ganó dos consecutivas. Creo que era la competición más parecida a la actual Champions.

—¿Cree que el Milán de Sacchi acomplejó a esa generación?

—Sí, porque su sistema de juego tiraba muy bien el fuera de juego. Creo que en un partido frente al Madrid, los dejaron en 21 ocasiones en fuera de juego. No había posibilidad de encadenar dos jugadas consecutivas. Franco Baresi, que dirigía esa defensa, lo hacía muy bien. Además, estaban Gullit, Van Basten y Rijkaard. Se acomplejaron en la última etapa, porque a ese equipo era muy difícil jugarle; tenía a futbolistas de gran nivel. Hay que quedarse con lo que hicieron. Por ejemplo, Sanchís ganó dos Copas de Europa.

—¿Sería La Quinta titular en este Madrid?

—Sí. Era un grupo de jugadores compatible con esta época más que con ninguna. En aquel momento, los árbitros eran muy permisivos. En esta época hubieran estados encantados de la vida.

“Odegaard es el centrocampista creativo de más nivel de su edad”

—¿Quién es la esperanza blanca del madridismo, Odegaard o Valverde?

—Hay jugadores muy buenos como Kubo, Vinicius, Brahim, Rodrygo… Yo siempre he seguido mucho el fútbol joven. También Achraf, que está haciendo una buena temporada con el Dortmund. Creo que Valverde es completísimo. Seguramente, es la mejor alternativa para Kroos, porque tiene visión de juego, agilidad mental, capacidad para pasar al mejor compañero, precisión el pase y la contundencia uruguaya, que le permite ser igual de bueno en defensa que en ataque. Odeegard es el sucesor natural del Modric. Es el centrocampista creativo de más nivel de su edad. He seguido a Foden, a Sancho… pero este jugador ha incorporado a sus cualidades iniciales la recuperación de la pelota y ha hecho del pase interior un arte mayor. Es un futbolista de una categoría increíble. Valverde y él son jugadores complementarios. No hay que elegir, hay que ponerlos juntos.

—Hay quien dice que Zidane no tiene suficientes conocimientos tácticos. ¿Hacen falta para entrenar al Madrid?

—Claro que son necesarios. El patrón de juego alcanza para ganar el común de los partidos, pero cuando el contrario te pone ante un partido grave, el entrenador debe tener la capacidad para neutralizar eso. Yo no estoy preparado para analizar a Zidane, porque soy un espectador. Creo que el Madrid tiene que poner a los mejores en su puesto y no hacer experimentos con ellos, salvo en situaciones de extrema urgencia.

—¿Fichar a Mourinho fue un acierto deportivo o un error histórico?

—No lo pongo en esos extremos. Cuando Mourinho llegó, la superioridad del Barcelona era aplastante. Él había ganado todo con el Inter. Con él hubo un cambio de tendencia. Yo no cambio ver a un equipo en el campo por ver a un entrenador en la sala de prensa.

“Mourinho tenía una paciencia franciscana y era muy amable. Se pasaba de obsequioso con nosotros”

—Pocos saben que Mourinho los atendía durante 20 minutos cuando usted presentó Tablero Deportivo en 1998…

—Efectivamente, fue durante un año. A Mourinho no le he conocido nunca personalmente, pero sí que le he conocido en la distancia de las ondas. Era habitual que aceptase venir al micrófono de Tablero Deportivo cuando se le llamaba antes de los partidos y tenía una paciencia franciscana con nosotros. No podía ser más amable. En aquel momento, era segundo entrenador y traductor en el Barcelona. Era un personaje encantador, porque se pasaba de obsequioso con nosotros.

—¿Por qué cree que cambió su relación con la prensa?

—Ni idea. Es una reflexión para él. Al fútbol voy a ver a los jugadores.

—El Atlético de Madrid presume de ser el equipo del pueblo. ¿Tiene razones para hacerlo?

—La verdad está muy repartida y el pueblo también. Hay aficionados de todo tipo en los equipos. Son lemas más bien publicitarios. Hay muy poca diferencia entre las hinchadas, porque no sale una del proletariado y otra de la oligarquía. Si se sienten a gusto con ese lema, muy bien. Pero pueblo somos todos.

—¿Simeone es una versión modernizada de Bilardo?

—Bilardo dejó la imagen del entrenador que estaba más preocupado de evitar que el contrario no jugase. El Atlético de Madrid tiene un sistema defensivo muy fuerte, pero Simeone es rigurosamente exacto. Él cambió radicalmente una tendencia en el Atlético de Madrid. Simeone le ha dado al Atlético un sello propio. Su mérito es extraordinario. El tipo de fútbol que hace deben juzgarlo los espectadores. De fútbol creativo, tienen muy buenos minutos de vez en cuando. También del cooperativo, el de esfuerzo conjunto. Ese fútbol cooperativo se lo atribuyo 100% a Simeone.

—¿Hasta dónde llegará Joao Félix?

—Es un futbolista en el que tengo grandes esperanzas. Lo vi hacer un partido impresionante con el juvenil del Benfica frente al Madrid. Desde ahí le tenía la matrícula tomada. No es fácil encajar en esa factoría. Por el momento, sí está haciendo una cosa bien, dejar sus destellos. Quizá no sea suficiente para justificar una inversión como la del Atlético de Madrid. En esos jugadores especiales, siempre he creído. Estoy esperando verle uno de esos partidos en los que quede claro lo buen jugador que es.

—¿El mejor equipo de siempre ha sido el Barcelona de Guardiola?

—Tengo muchas dudas. El de su época, fue el Barcelona de Guardiola, por su juego y resultados. En la posguerra, la selección húngara fue el mejor equipo, porque jugaban de memoria. Así sucesivamente en las distintas etapas. Siempre ha habido equipos muy buenos. No creo que haya un termómetro capaz de medir la temperatura del juego de las distintas épocas. Hay que destacar también el Ajax de Cruyff y al Madrid de Di Stéfano.

—¿Cuándo cambió la mentalidad del fútbol español, con el 12-1 a Malta o con la victoria a Dinamarca en México 86?

—Con la goleada a Dinamarca, que era un equipo potente. Entonces sí se llegó al convencimiento de que España tenía mucho fútbol dentro y el potencial para manifestarlo. Aquello fue una especie de despertar tras la decepción del Mundial 82. Puede que empezase ahí lo que hemos conocido luego.

Lo que sigue es la reproducción del artículo de Julio César Iglesias publicado en El País el 14 de noviembre de 1983 en el que da nombre La Quinta del Buitre.

‘Amancio y La Quinta del Buitre’. Por Julio César Iglesias

Si el fútbol fuese una ciencia exacta, el éxito del Castilla sería sólo una igualdad matemática: con la jornada de ayer, quince puntos, cinco positivos, veinticinco goles a favor, once en contra. Si el fútbol fuese únicamente una ciencia, el éxito de Butragueño, delantero centro titular, sería un simple dato numérico: quince goles en once partidos. La serie goleadora de Butragueño, El Buitre, es una muestra de calidad personal y es también el resultado de una suma de esfuerzos. Detrás de El Buitre están el trabajo de un entrenador con imaginación, Amancio Amaro, míster AA, y el ingenio colectivo de Michel, Pardeza, Sanchís y Martín Vázquez. Una promoción a la que los hinchas comienzan a llamar La quinta de El Buitre.

Las primeras noticias sobre El Buitre datan de hace dos años y de un trofeo Santiago Bernabéu. Aquélla era una tarde cubierta de estaño, estaño fundido, cuyas últimas luces llegaban, divididas, desde las azoteas de los edificios más próximos.

A las siete de aquel miércoles de cerveza y fundición, los cronistas comenzaban a deslumbrarse con cierto Taland, un holandés berrendo en surmoluqueño que llevaba el balón con ceremonia, como si fuese un pastel de cumpleaños. Una vez en área, le enseñaba el pastel al defensa, y en el último momento lo escondía con el donaire de un prestidigitador. Luego bajaba la cabeza como si quisiera recoger los aplausos en el hoyo del cogote.

Pero en aquella tarde metálica los ojeadores descubrirían un segundo fenómeno: para responder al holandés berrendo en surmoluqueño, Grande, el entrenador local, sacó a un extraño chico dotado de una tosca figura de repartidor. Tenía la espalda recta, las piernas robustas y cortas, y los brazos, largos y pendulares. Por si fuera poco, estaba rematado por una cabecita poliédrica cuyo punto de fuga era una nariz triangular. Como contrapartida, no tenía un pelo de tonto; alguien, seguramente un aprendiz, le había rapado al cero. Aquel tipo se llamaba Emilio Butragueño.

Cuando recibió el balón, las cosas cambiaron radicalmente. Dio un toque para controlar, levantó la cabecita, vio un hueco entre los defensas y metió un pase que era medio gol. Unos minutos después se había confirmado como un virtuoso del juego corto, uno de esos seres nacidos para la picardía de los salones de palacio. En el último minuto empató el partido. “Ni un pelo de tonto”, reconocieron los escépticos.

Muchos meses más tarde, aquel tipo microcéfalo reaparecía en el Real Madrid de Tercera División, antes llamado el amateur. El partido se jugaba en la Ciudad Deportiva. Había mucho público. En aquella fría mañana de estaño y limonada los chicos no lograban hacer un gol. A última hora llegaron al graderío dos desconocidos, seguramente dos locos. Eran bajitos, barbudos y medio incendiarios, y venían hablando de Butragueño. Decían que era un hombre de cinco velocidades. Sabía jugar a la carrera y tenía la plusvalía de una quinta marcha.

Cuando faltaba un minuto, El Buitre recibió el balón. En el círculo central metió la primera, en la demarcación de medios volantes la segunda, en línea de media luna la tercera, y en la línea frontal la cuarta. Los dos desconocidos empezaron a gritar “¡la quinta, Buitre! ¡La quinta!”.

Fuera por prodigio o por casualidad, El Buitre dio un definitivo acelerón, se presentó ante el portero y disparó suavemente hacía la izquierda. Más que una jugada, aquel lance fue una conversación de El Buitre consigo mismo. Un monólogo que sólo podía terminar en gol.

Desde entonces El Buitre ha demostrado mil veces en el Castilla que la distancia más corta entre dos puntos no es la línea recta. Avanza en zigzag, o más exactamente, en zigzag y plata, como el relámpago. Su picado en el área es un flash, una explosión de luz rápida y deslumbrante.

Sin embargo, la ascensión de El Buitre ha sido un fenómeno asociativo; su juego y sus goles han sido posibles gracias a la rara coincidencia de una emoción popular, de un gusto de la hinchada por la fantasía, y de una quinta de extremos fulgurantes y mediocampistas finos y geométricos. Los goles de El Buitre son cosa de Fuenteovejuna. De todos a una.

Todo empezó un jueves, a quinientos metros del casino de Montecarlo. Se disputaba la final del torneo juvenil Príncipe de Mónaco de selecciones nacionales, un campeonato de Europa oficioso. Había participado la selección española, y uno de sus jugadores, Miguel González, Michel, era designado mejor futbolista del año. Se rumorea que en la entrega de premios a la princesa Carolina se le cayó la pamela en presencia del joven interior izquierda, y que a Philip Junot se le empezó a caer Carolina. Tal episodio es, sin duda, un bulo con el que los cronistas quisieron reflejar su deslumbramiento ante los pases de Michel al espacio libre, ante su imaginativo juego de estudiante. “La imaginación, al poder”, dijeron los rezagados del Mayo francés; “La imaginación, al Castilla”, dijeron los aficionados madridistas que pretendían tomar por sorpresa los cuarteles de invierno de la vieja guardia. Pasaron el tiempo y los partidos. Hoy, con veinte años, Michel, capitán y líder del equipo, ensaya algunas viejas suertes olvidadas en los desvanes del Mundial de México; Junot se está quedando calvo, y la princesa Carolina deja caer su pamela ante Guillermo Vilas y Roberto Rossellini.

A la sombra de Michel comenzó a crecer Miguel Pardeza en los valles planos del estadio Santiago Bernabéu. Había venido de algún lugar de Huelva. Tenía la sagacidad de los linces de Doñana y, sobre todo, su misma rapidez. Para Pardeza, el gol es, antes que una jugada, un presentimiento. Tiene, como su compañero El Buitre, un pálpito especial que le permite situarse en el punto exacto, justo un segundo antes de que el balón haya llegado hasta allí. Luego toca, amaga, vibra y se esfuma entre los defensas como un muñequito electrónico. A la vista de su baja estatura, de su juego entre cósmico y tercermundista, los aficionados sospechan que no es únicamente una modesta versión de Maradona y una versión superior de Pato Yáñez; podía ser muy bien una mutación de Amancio y Johnstone; tal vez un ordenador japonés de bolsillo. Hasta ahora ningún defensa ha logrado tomarle el programa, y en Segunda División comienza a rumorearse que, de noche, todos los gatos son Pardeza.


Detrás de él, más bien hacia el centro, se mueve Lolo Sanchís. Seguramente nació por primera vez cuando su padre le hizo un gol agónico a Suiza en el mundial de Londres. Aquel Sanchís de tupé, barro y medias caídas se alzó del suelo gritando gol y soñando con una perpetuidad llamada Lolo.

Hoy Lolo tiene dieciocho años, una especie de ceja única, como de Polifemo, y es un niño terrible. Si estás en el equipo contrario, te persigue, te quita el balón, te pasa por encima, se escapa, y mata al portero de un disparo a bocajarro. Es muy malo, muy peligroso y muy positivo, y lleva una crónica negra escrita en la frente. Si no se regenera pronto, podría convertirse en uno de los mejores medios-matraca de Europa, borrar la memoria de Nobby Stiles y Bobby Moore, y aburrir a Sócrates, Falcao, Antognoni y otros sabios de Grecia en el Mundial de 1986. Si Dino Zoff decide volver, peor para él. Porque dicen los augures que el próximo grito de la hinchada será “¡Mata, Sanchís!”

Los cambios de juego hacia la izquierda suelen comenzar en Martín Vázquez. Como su amigo y protector Ricardo Gallego, aprendió en un colegio de frailes. Es, sin duda, la nueva frontera del fútbol. Tiene el ascetismo seco y disciplinario de los trapenses y el misticismo barroco de las carmelitas. Vive sin vivir en él, es decir, se desvive. Pero lo hace jugando al primer toque, o conduciendo con prudencia el balón, o persiguiendo al enemigo con la tenacidad de los peregrinos. Tiene la disciplina de Overath, la paciencia de Gárate, la solidez de Gerson y la fantasía mediterránea de don Manuel Velázquez Villaverde, duque de la Menta. Hay una línea imaginaria, un meridiano de Greengoal, que une Wembley con Maracaná a través de Chamartín y del Camp Nou. Pasa por Rafael Martín Vázquez.

De repente, Martín Vázquez, la próxima gran figura de la fiesta, centra con la parte exterior del pie, controla Michel, toca, ¡top!, hacia la derecha, recibe Pardeza, quiebra, pasa hacia el punto de penalti, llega Butragueño, desvía hacia la izquierda. Gol, goool. Gol de El Buitre. Catorce goles en diez partidos.

Hace mucho tiempo Alfredo Di Stefano tenía hilo directo con el Olimpo. Hoy debe tenerlo con las brujas de Macbeth y con el espíritu de Maquiavelo, como lo tuvo cuando volvió a River Plate. Allí, Beto Alonso estaba indispuesto;
Fillol quería irse; Pasarella pensaba en Italia, y Tarantini, en su mujer, la vedette Pata Villanueva. Don Alfredo llamó a la última promoción de juveniles del club, a la quinta de Clausen y Vieta. Y ganó el campeonato.

Si los augures no se equivocan, ahora tiene diez minutos, acaso dos o tres partidos de Liga, para movilizar a la quinta de El Buitre. Para llamar a la imaginación, a la disciplina y a la calidad.

Tal vez así no logre ganar el campeonato, pero algunos hinchas recordarán el espíritu aventurero de Old Trafford y dirán: “El viejo don Alfredo ha vuelto a ser Di Stéfano”.

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