Todavía resuena en mis oídos algunas noches o algunas de esas tardes en las que me siento en silencio, sin ganas de escuchar nada. A veces llega como una pompa de jabón, delicada y tenue, casi a punto de romperse mientras todos los tornasolados colores que la rodean van dando vueltas a su alrededor intentando coger el mejor sitio, para ver mi cara cuando llegue hasta mí; otras veces, llega rebotando por las paredes como una pelota hasta que me da, no con fuerza como para lastimarme, porque es una pelota de esponja, pero sí con la suficiente como para que me sienta desconcertado y deje de hacer lo que esté haciendo.

Hay veces en las que no la veo venir, porque no trae forma y simplemente es una palabra que entra por la ventana junto con el arrullo de algunas palomas, las risas de algunos niños o el trino de los mirlos que últimamente han tomado el barrio sin habernos preguntado, volando rápidamente de un extremo a otro de la calle, veloces, como el tiempo, como nuestra vida, que se nos va escapando poco a poco como el agua entre los dedos.

Y siempre, cuando ya la tengo encima en cualquiera de esas formas, la intento coger, como se coge un puñado de algodón entre las manos, con cuidado de que no se aplaste, para quedármela para siempre, para que nunca más se vaya, porque cuando llega lo hace recordándome todo aquello que un día tuve y que ya no tengo, y que tal vez no vuelva a tener jamás. Por eso a veces siento que es lo único que me queda, porque ella ya no recuerda que hace muy poquito, un leve suspiro de nuestra vida, llevaba coletas y un babero abrochado por la espalda, ni nos recuerda a los tres yendo al colegio, ella y yo de la mano, hablándome mientras su hermana la miraba  desde el cochecito con sus enormes ojos negros y la sonrisa siempre a punto de aflorar. Ella ya no recuerda que poco tardaba yo en perdonarla cuando hacía alguna tontería y que me bastaba que me mirara a los ojos.

Pero lo que menos recuerda era cómo me contaba, por las tardes, mientras caminábamos bajo los naranjos y las jacarandas, que le habían dibujado un Poppy en la mano, que era un muñequito con los ojos muy grandes, como su hermana, por sabérselo todo, y una tarde, a la salida, al preguntarle si todo, era todo, me dijo que sí; tanto, que ya sabía incluso inventarse palabras, y yo le dije a ver, dime una, y ella, sin mirarme a los ojos, orgullosa, arqueando las cejas y torciendo levemente la boca, me dijo flupichupinamba, y que tenía más, pero que me aprendiera esa y que las otras, ya me las diría otro día.

Cuando me preguntó si me la iba a aprender le dije que sí, que se lo prometía, que nunca jamás la iba a olvidar, porque era su palabra, esa que ella se había inventado y para mí era muy importante. Yo le pregunté entonces si ella iba a ser siempre mi niña pequeña y ella me dijo que sí, que me lo prometía, pero a ella se le ha olvidado, por completo, y también como yo la perdonaba cuando hacía alguna tontería y por eso ahora, hay veces en las que, cuando estoy en silencio, y esa palabra me llega flotando como una pompa de jabón la intento coger con mucho cuidado, para que no se rompa, porque a veces siento que es lo único que me queda.

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