El fútbol, el de competición, ese que todos esperábamos con más o menos optimismo, no ha vuelto. Lo de Alemania es otra cosa, algo que nos acerca más a los torneos de verano que a un partido de liga en el que la disputa de los puntos puede llevar a un equipo a ganar un trofeo y a otro a descender de categoría. Esto ha sido un sucedáneo o la espera sin sentido de la llegada de algo que es imposible.

Planteadas las cosas como Beckett, esperar la vuelta del fútbol en las condiciones en que la sociedad convive en este momento es tan irreal y tan absurdo como los partidos que se juegan.

Sin público, sin la presión que esto supone a favor y en contra, sin el apoyo emocional del grito de ánimo en el esfuerzo, ver a dos equipos bajos de forma, sin ritmo competitivo y cometiendo errores de pretemporada, no ha sido lo que uno espera ver a falta de 10 jornadas.

Todo me recordaba al surrealismo sinsentido en la espera de VIadimiro y Estragón a Godot, ese que nunca llegará. Ver barreras perfectamente colocadas con jugadores juntos, pegados, soldados hombro con hombro, mientras los suplentes con sus mascarillas en la grada están separados dos metros, esa distancia de seguridad que se convierte en centímetros una vez que saltan al campo. Ver a un defensor abrazar literalmente a un delantero en la defensa de un córner mientras las celebraciones en grupo están prohibidas.

Samuel Beckett, el gran creador de ficciones surrealistas, no habría imaginado algo tan disparatado como lo que hemos visto en la vuelta a los campos de la Bundesliga alemana

Si a la existencia de VIadimiro y Estragón nunca llegará Godot, hay que tener claro que a nosotros así nunca nos llegará el fútbol. Para que vuelva la Liga, antes tiene que volver la vida.

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