El otro día me descubrí sentado delante del ordenador, dispuesto a contemplar un partido de ese campeonato que llaman Bundesliga. En otro tiempo, asumir semejante comportamiento me hubiese provocado una crisis existencial: dónde quedó ese niño prodigio, aquel a quien un padre anhelante apuntaba a clases de ajedrez. Insisto: un fin de semana viendo la Bundesliga, nada menos. Aunque luego recordé que el auténtico secreto para alcanzar ese atributo inconcreto denominado “madurez” consiste, simple y llanamente, en aceptar la mediocridad propia, y entonces me relajé. Haber asimilado una revelación estoica de tal calibre antes de los treinta años, sin que medie una jubilación, un divorcio o la calvicie, puede mantener a salvo el orgullo de un padre hacia la lucidez de su hijo.

Disquisiciones aparte, el mono deportivo me hizo concentrarme en el juego en cuanto sonó el silbato inicial. Sin embargo, el paso de los minutos enfrió mis expectativas. El gesto de mi rostro se torció, y no habían llegado al descanso cuando ya daba paseos nerviosos, musitando entre dientes “no es esto, no es esto”, como el petulante Ortega cuando aludía a la II República.

Más de una vez he comentado que a mí me gusta más el Madrid que el fútbol, pero no es este el motivo de mi alejamiento emocional. Tampoco la hipotética tosquedad de los balonazos teutones: un fútbol de menos quilates puede ser suplido perfectamente por el carisma de los jugadores o por el cariño nostálgico, véase mi innegociable aprecio hacia la liga italiana. Ni siquiera la ausencia de público explica mi reticencia, a pesar de las críticas feroces que muchos puristas dedican a esta circunstancia, vinculadas a la gelidez y la falta de pasión. Para mí el silencio en la grada no supone una desventaja, al contrario. Si bien reconozco que en determinados encuentros decisivos el ambiente favorece el espectáculo, no me parece una pérdida irremediable la del constante ruido de fondo, por lo demás a menudo molesto, que incluso tapa las interesantes invectivas, tácticas o de apoyo, que sueltan los futbolistas. Quizá mi escasa estima al aliento incansable de la afición deriva de mi madridismo —el Bernabéu es un estadio que impone más con sus silencios que con sus algaradas, verdaderamente poderosas porque las reserva mucho—, o, más probablemente, de la íntima convicción de que, en casi todas las circunstancias, la mayoría de la gente que vocifera tiende a sobrar.

En realidad, lo que me impedía disfrutar comme il faut de los encuentros de la Bundesliga era mi neutralidad. Una incapacidad absoluta para tomar partido por algún contendiente. ¿A quién apoyar, por ejemplo, en el derbi de la cuenca del Ruhr? El Dortmund oscila entre equipo simpático y enojoso según la temporada. El Schalke, por su parte, proporciona históricamente más bostezos que el lorazepam, y los posibles afectos que pudo atesorar durante la estancia de Raúl González responden a un ejercicio de patrioterismo tan voluntarioso como ficticio, incapaz de perdurar tras la marcha del siete. Similares problemas presentan el resto de integrantes del torneo; ni el Bayern tiene malos como los de antaño: ni un Kahn, ni un Effenberg, ni un mísero Arturo Vidal que echarse a la boca y odiar a gusto. Acaso Neuer, pero su insulsa cara de póker lo incapacita como villano verosímil, así que uno únicamente puede desear de forma superficial la derrota bávara: un murmullo agradable y fugaz que tiene poca trascendencia, como encontrarte un euro inesperado en el bolsillo o enterarte de que Masterchef retrasa su próxima edición.

El fútbol es, ante todo, un teatro en el que un crisol de héroes, malvados, énfasis y acometidas tan intenso como poco solemne nos distrae de la rutina. La Bundesliga se halla más relacionada con lo funcionarial que con lo épico. Sencillamente, no da la talla. De modo que habrá que buscarse un sucedáneo más efectivo mientras regresa lo bueno, o ir empadronándose en Düsseldorf para, poco a poco, obtener un poso de interés y de sensaciones verdaderas acerca del devenir de los resultados. Confiemos en que lo primero llegue antes que lo segundo. 

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