En el año 2015, la superviviente al Holocausto Eva Kor abrazó públicamente a Oskar Gröning, alias El contable de Auschwitz. Lo hizo en el juicio que tuvo lugar en Lüneburg, en la Baja Sajonia, donde se acusó a Gröning de ser cómplice en el asesinato de 300.000 judíos. Eva Kor había sido una de las víctimas de los experimentos del Ángel de la muerte Josef Mengele. En una entrevista que ha vuelto a publicar recientemente el diario Tiempo, Eva explicaba el motivo por el que perdonó a sus verdugos: “Yo tenía el poder de perdonar y nadie podía quitármelo”.

También abrazó a su verdugo la colombiana Martha Mora. Perdonó y abrazó, con lágrimas en los ojos, al llamado El Iguano, el hombre responsable de la muerte de su marido. Ese día, en sus propias palabras, pudo saborear «el néctar dulce del perdón». El Iguano, líder paramilitar, lleva a sus espaldas el peso de 3.000 muertes. Este testimonio aparece en el libro de la periodista Claudia Isabel Palacios: Perdonar lo Imperdonable. «El perdón es un regalo que la víctima se hace a sí misma, no es una concesión a su victimario», explicaba en una entrevista a El Mundo en el año 2016.

Otra de esas personas que ha perdonado es nuestra Irene Villa, a la que un atentado de la banda asesina ETA dejó sin piernas con apenas 12 años. «Para mí, el perdón es librarte de un pasado que no va a cambiar por mucho que tú odies o no perdones y, sin embargo, sí va a cambiar tu presente y tu futuro para mejor», afirmó en una en una entrevista a Cuatro.

La palabra griega aphiemi significa «dejar ir». El perdón es soltar lastre. Liberarse de una carga, de la carga del dolor, del resentimiento, que es esa frustración que no encuentra salida, como afirma Albert Camus en El hombre rebelde, y que llevó al Marqués de Sade a desarrollar su filosofía del absurdo habiendo pasado 27 años de prisión, prácticamente la mitad de su vida.

El perdón es un valor cristiano que hoy desde la modernidad se ha secularizado. Tiene connotaciones éticas pero también psicológicas, y se entiende como un bien terapéutico. A lo largo de estas semanas de cuarentena me he sumergido en otra odisea del perdón y la redención del grandísimo director inglés Shane Meadows: la archiconocida This is England.

Había visto la película hace años, pero desconocía la existencia de una serie de televisión realizada a continuación de la misma y dividida en tres temporadas: This is England 86, This is England 88 y This is England 90. Cada una está compuesta de un máximo de tres capítulos y de un mínimo de tres, por lo que su visionado es de lo más cómodo —siempre da pereza empezar una serie de 10 temporadas y mil capítulos, ¿alguien se atrevería a empezar a ver desde cero El secreto de Puente Viejo?—.

Mi primer acercamiento a Meadows fue a través de su magnífica miniserie The Virtues, que es, precisamente, otra fábula sobre el perdón. El perdón es el gran tema del autor de estas obras maestras, que bucea en la psicología de personajes a los que les han hecho daño, que han sufrido y a los que solo el perdón consigue liberar.

En This is England tenemos un personaje al que su mejor amigo ha traicionado y ha dejado embarazada a su novia, a una mujer de la que su padre abusó en su juventud, a un chico negro al que le dio una paliza de muerte un skinhead cuando solo era un crío, a una mujer que mató a su propio padre y busca la propia redención… Son personas atormentadas, que no lo han tenido fácil en la vida, y a las que solo el dejar ir puede traer algo de paz.

Eso sí, no todos consiguen perdonar, lo que traerá duras consecuencias, pero prefiero no contarles nada por si la ven en Filmin. El camino hacia el perdón no es sencillo para ninguno de ellos. Por cursi que pueda sonar, el amor es la única filosofía posible si no se quiere vivir en el pozo de la frustración y el odio para el resto de la vida. Perdonar no implica aceptar el daño cometido, ni justificarlo, ni evitar que tenga consecuencias, es, insisto, dejar marchar a los fantasmas.

En This is England hay un personaje que resulta fascinante y que refleja la otra cara de la moneda del perdón, el arrepentimiento. Se trata de Combo y es el skinhead más brutal de la película This is England. En su juventud, Combo es un nihilista clásico: como nada tiene sentido, como la felicidad no es posible, como no puede existir el bien en un mundo tan injusto, nada importa nada y el mal está al mismo nivel que el bien.

Es por ello que en esta etapa es un brutal skinhead que rebosa odio, y lo único que lo mueve es una acción destructora, canalizada a través de una ideología racista que le sirve de coartada. Porque claro, con la muerte de Dios y la moral de los esclavos, como decía Nietzsche, llega la construcción de una nueva moral, de un nuevo orden, porque el hombre no puede existir sin ellos. El filósofo alemán acude al superhombre y Combo al fascismo.

Lo interesante en Combo no es su época de malvado skinhead, sino la transformación del personaje. Combo se vuelve consciente de sus actos, del mal que ha causado y descubre que sus agresiones no estaban justificadas. Pasa entonces a una fase de autodestrucción, es el suicidio por la culpa. Y, finalmente, le llega la oportunidad de redimirse, es una acción heroica que requiere valor, un verdadero sacrificio. Es en ese sacrificio en que el que fuera maligno vuelve al mundo de los vivos. En que la esperanza del perdón se abre paso. “Dame la oportunidad de hacerlo”, le dice a Lol, el personaje femenino que le permite redimirse.

El filósofo Gustavo Bueno era muy escéptico acerca del perdón y el arrepentimiento, siguiendo la doctrina de Spinoza: «Hay una frase de Spinoza: ‘El arrepentimiento no es virtud porque no sale de la razón. El hombre que se arrepiente es doblemente miserable’. El arrepentimiento, en cierto sentido, es una negación de la libertad, es un no considerar míos mis actos. En realidad, sólo hay un arrepentimiento coherente que es el suicidio. Lo demás es rascarse ese ligero cosquilleo psicológico que sentimos a veces”.

Incluso en estándares tan estrictos, Combo cumple, metafóricamente, con su obligación moral para el arrepentimiento. El perdón, al igual que el arrepentimiento, es un ejercicio moral que no solo nos hace mejores personas, es sobre todo algo que nos hace más felices. Oscar Wilde decía que la “experiencia es la forma en que llamamos a nuestros errores del pasado”. Ninguno estamos libres de ellos.

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