Desde que, ya al principio de la pandemia, el Gobierno a través de sus canales oficiales convirtió la realidad en un escenario bélico, no dejan de rondarme por la cabeza las palabras que el martes 28 de marzo de 1944 el ministro de educación holandés, Gerrit Bolkestein, pronunció en un discurso radiofónico desde su exilio en Londres:

“La Historia no puede escribirse únicamente tomando como base decisiones oficiales y documentos. Si nuestros descendientes han de entender completamente lo que nosotros, como nación, tuvimos que soportar y superar durante estos años, entonces lo que de verdad necesitamos son documentos corrientes, un diario, cartas”.

Su mensaje sigue de actualidad porque los periodistas no han cumplido un pacto que se podía resumir en los siguientes términos: nosotros nos pondremos Netflix para olvidarnos de que no podemos salir a la calle, pero cuando queramos saber qué sucede ahí fuera, vosotros nos lo vais a contar. Ibais a ser nuestros ojos y nuestros oídos mientras nos quedáramos en casa. Era así de sencillo. Necesitábamos reporteros de guerra capaces de esquivar las amenazas que, como balas, les dispararían los políticos, sus jefes, sus propios compañeros. El columnismo nos serviría como postre, pero los que tenían que traernos el plato principal eran los periodistas.

Y no ha sido así. Una de las imágenes de esta pandemia es la del periodista hablando a la cámara con el hospital a sus espaldas, con la morgue a sus espaldas, con el tanatorio a sus espaldas. Un periodista que usa la realidad como atrezzo para dar verosimilitud a un mensaje que no parece haber salido de él. En el solar en el que el periodismo tenía que haber levantado su testimonio de hechos, como una fértil torre de Babel, no hay prácticamente nada, solo algunos carteles clavados en el suelo en los que diariamente se van tachando y añadiendo nuevas cifras. No existe ni el agujero para los cimientos.

De manera que hemos pasado estos largos días de sol a oscuras. Necesitábamos ese hecho preciso que convirtiera el discurso narrativo de los datos en algo expresivo. Queríamos sentir, empatizar, experimentar. Y sin el trabajo de los periodistas ha resultado imposible ser otro durante un rato. En vez de mirar, nos han devuelto los vídeos que hacíamos desde casa. En vez de hacer cuña con el micrófono, han repetido lo que les decían al oído desde arriba. Y si se ha abierto alguna puerta ha sido para enseñarnos ese cuarto de bolas en el que no se dejaba de celebrar la victoria de una batalla de la que todavía no se ha firmado el armisticio.

Supongo que antes se encontrará una vacuna para el virus que para la censura. No es algo nuevo. Al inicio de la Primera Guerra Mundial, Edith Wharton, que tenía 52 años, recibió el encargo de la Cruz Roja de informar sobre los hospitales del frente. Ella aprovechó varios de sus viajes para escribir unas crónicas sobre lo que iba viendo recogidas en el libro Francia combatiente.

El resultado de ese trabajo es interesante porque su mirada se pega al detalle. No puede hacer otra cosa que contar lo que ve. Esa proximidad impide al lector elevarse sobre los acontecimientos para saber cuál era la evolución de la guerra. Pero eso no se echa en falta. Para eso están los historiadores. Aquí lo que importa, por ejemplo, es esa cortina de color rojo que, en una barcaza próxima a un hospital, separa las cabinas en las que los soldados pueden ducharse. Una cortina que le parecía tan importante para la moral de los hombres como el agua caliente. O las campanas de vidrio que antes cubrían relojes de mesa o coronas de novia y que ahora los soldados usan para proteger las vírgenes de escayola que cubren las losas de los cementerios. O los experimentos que los militares franceses realizan con el azul de los uniformes en la búsqueda de un azul invisible. O la colección de mariposas clasificadas con el mismo cuidado que su dueño dedica a marcar en un campo de batalla los enterramientos con el nombre y la fecha de la muerte.

Edith Wharton habló con médicos, cirujanos, curas, militares y hermanas al frente de hospitales. Esas charlas actuaron como una especie barrera con la que parecía limitar su aproximación al dolor y la muerte. Los heridos son tratados como un conjunto, sin una voz que tenga voz y nombre. Yacen en el interior de una iglesia con fiebre, congelación, pleuresía o alguna enfermedad de las trincheras. No hay más.

La de Edith Wharton debió ser una censura autoimpuesta o sugerida por la revista en la que publicaba sus crónicas con el motivo de conservar a todos sus lectores o por los militares que la acompañaron en su viaje. No lo sé. En cualquier caso, resulta extraño que a los soldados que podrían haberle explicado la naturaleza de una guerra totalmente nueva no se les concediera la palabra más allá de un aviso para protegerse de un tirador alemán escondido en un árbol.

Así que, puesto que el periodismo no ha hecho su trabajo, habrá que esperar a que la literatura haga el suyo. Que el periodista salga del campo y entre el novelista.

Entre las personas que escucharon a Gerrit Bolkestein ese martes de 1944 estaba Anna Frank. En ese momento decidió revisar los apuntes que ya tenía escritos sobre su experiencia en ese piso en el que vivía escondida sobre su familia con la intención de publicarlos. Mientras, seguía con su diario, en el que realizó la última anotación el 1 de agosto de ese mismo año. El 4 de agosto, los alemanes descubrieron su escondite y detuvieron a su familia.

Aunque no haya un periodista con el que hablar, hay que dejar constancia, como Anna Frank, de lo que se está viviendo. Ya que nos tratan como a niños, recuperemos el rito infantil del cuaderno y el bolígrafo para escribir a mano. Lejos de cualquier mirada o control. Con cuidado. Con buena letra. La enfermera que, sentada en el coche, mira el hospital en el que trabaja, tiene que hablar del miedo que siente y de lo que, cada mañana, la empuja a abrir la puerta y comenzar su turno. El director de una compañía de teatro infantil, tiene que compartir su temor a no volver a representar una obra. Igual que el camarero con la certeza de que, con las medidas de distanciamiento establecidas, no habrá clientes que justifiquen su trabajo.

La novela que realmente nos contará lo que está pasando, necesitará tiempo. La Premio Nobel Svetlana Aleksiévich construyó su obra Voces de Chernobil, a partir de los testimonios de las personas que estuvieron afectadas por el accidente de la central nuclear. Entre el accidente en Chernobil, en 1986, y la edición del libro, en 1997, pasaron 11 años.

Será otra Svetlana la que llamará a nuestra puerta para leer nuestras notas. Quizás no llame nadie. Quizás lo hagamos nosotros desde el futuro.

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