Este sábado llega el gran día. Como si fuéramos canteranos que debutamos con la primera plantilla, saldremos de nuestros portales como si del túnel de vestuarios se tratara. Y, si encima lo hacemos a las ocho de la tarde, nos recibirá una gran ovación que, aunque vaya para los indiscutibles cracks de este equipo, los sanitarios, contribuirá a elevar nuestra mezcla de euforia y vértigo contenidos.

Es el comienzo del desconfinamiento. Por franjas horarias y por sectores de población, y solo durante un tiempo máximo de una hora. Algo es algo, y lo importante es que, aunque sea a lo lejos, empezamos a ver la luz al final del túnel. La remontada al virus, por tanto, parece que está en marcha. Ahora podemos dar “mayor salida” al equipo, pero no conviene descuidarse: encajar un gol en estos momentos nos obligaría a empezar de nuevo.

Aunque aún queda camino por recorrer, es el momento también de hacer balance de estos 45 días de vida en casa. En la mía, como ya conté hace varias semanas, no hemos renunciado ni al deporte ni a la “alta competición”. Hemos creado nuestro propio gimnasio en el salón, para quemar las calorías cogidas en el bar La Escoba —la consola de la entrada que se transforma en barra los fines de semana— y, a falta instalaciones deportivas, los partidos de máxima rivalidad se han disputado en un tablero de parchís y con una baraja de cartas.

Viendo mis estadísticas particulares, la conclusión es que me manejo mucho mejor con los dados que con los naipes. Acumulo tres victorias de cinco posibles al parchís, pero mi participación en los juegos de cartas deja un balance más que negativo: dos derrotas de dos posibles al tute, y tres de tres en el mus. Creo que aún tengo opciones de maquillar estos resultados, pero necesito automotivarme. Por eso, precisamente, voy a hacer mi particular oda al mus.

Es cierto que es el juego en el que acumulo los peores resultados, pero pienso, de verdad, que es una mala racha: me sobran años de experiencia y nunca se me ha dado mal. Aprendí a jugar de niño, cuando mis padres nos enseñaron a mi hermana y a mí, y nos echábamos largas partidas durante las vacaciones. A veces, con otros clientes del hotel como improvisados espectadores. Luego llegó la etapa de la facultad y las tardes de cafetería con una cerveza y cuatro cartas en la mano. Una estampa que se ha repetido, a lo largo de los años, jugando con familia y amigos.

Todos esos recuerdos han vuelto a mí estos días, en los que he compartido confinamiento con las personas que me acompañaron en mis primeros pasos en el mus: mis padres y mi hermana. Toda una vuelta a los orígenes que hace imposible no querer a un juego que, más allá de mi absoluta subjetividad, tiene una historia, unas reglas, y una estrategia que lo hacen más que interesantes.

Cuentan los libros que el origen del mus se remonta a finales del siglo XVIII y se sitúa en el País Vasco, extendiéndose también por Navarra y el sur de Francia. Sobre el nombre del juego hay varias versiones. Hay algunos que dicen que viene del latín musso, que significa “murmurar”, pero yo me quedo con la opción que veo más probable y, además, más bonita: “mus” viene de la palabra en euskera musu, que en castellano significa “beso”, y que hace referencia a la principal seña de este juego: juntar los morros, como si fueras a besar a alguien, para avisar al compañero que llevas la mejor baza posible: tres reyes y un as. Lo que comúnmente se conoce como “solomillo”.

¿A quién no le gusta jugar, en pleno confinamiento y con los besos prohibidos para evitar contagios, a un juego que se llama precisamente “beso” y que, entre otras cosas, también permite guiñar el ojo al compañero y morderse el labio para informarle de las cartas que tienes sin que te vea el equipo rival? Seguro que a alguno le parece ahora de lo más sugerente… Lo cierto es que el mus, tal y como lo definió en 1850 el escritor inglés Richard Ford, “es un juego de cartas y de gestos”.

Yo añadiría, además, que la estrategia es muy importante, porque si no te entran buenas cartas y la otra pareja “corta el mus”, evitando un descarte y un nuevo reparto, tienes que tirar de oratoria, y algo de drama, para confundir al rival, haciendo ver que tienes un mayor arsenal, y evitar de esta forma que te machaque a “envites” (apuestas de dos puntos).

En ocasiones, esos ataques de los que llevan mejores cartas se frenan con un órdago, del euskera hor dago, «ahí está»: una apuesta al “todo o nada”. Por norma general, el que ha envidado se suele echar para atrás, pero si realmente tiene muy buenas cartas, y no va de farol, acepta el órdago y, en el 99,99% de los casos, lo gana.

El mus, además, guarda bastantes similitudes con el tenis. Para empezar, se juega “al mejor de cinco”. Por tanto, el que se anota antes tres ‘sets’ —muchos en el mus lo llaman “vacas”— gana la partida. Para lograr una “vaca” o “set” hay que llegar a 30 puntos, y en cada baza se juegan cuatro juegos: la grande, la chica, los pares, y el juego, que pueden recordar también a los 15, 30, 40 y juego del tenis. En el mus, eso sí, no hay deuce ni tie break pero, ante un “40 iguales”, en el juego, gana siempre el que es mano.

Soy plenamente consciente de que estoy hablando de un juego de cartas y que no se puede comparar con un partido de tenis. No obstante, en tiempos de confinamiento, y sin poder salir de casa, el mus, además de un gran pasatiempo y una de las mejores fórmulas para pasar un gran rato con la familia, se ha convertido en toda una competición, no sé si deportiva, pero que desde luego nos ha hecho sudar cuando hemos sido descubiertos en un farol.

Ahora podemos volver a las calles a practicar deporte, pero aún nos quedan semanas para poder echar un partido de tenis y mucho más para disfrutar de Roland Garros, cuya fecha de inicio prevista era el próximo 18 de mayo y se ha pospuesto a septiembre. Por eso, les propongo que, a la espera de poder coger de nuevo la raqueta —o el mando para poner por la tele el torneo francés—, echen una buena partida de mus con los suyos: un juego que significa “beso” siempre es una apuesta segura.

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