¿Cuál es la fórmula para componer una gran canción? Eso quisieran saber todos los músicos porque no existe como tal. Pero, en muchas ocasiones, una de las claves es la sencillez, tres acordes, una melodía que encandile, un ritmo que te haga mover los pies y un estribillo que te apetezca repetir toda la vida. Y después de todo eso, de cada cien lámparas que frotes, a lo mejor te sale un genio del interior de una de ellas. A lo mejor.

Hay autores a los que les sale una vez y viven de ello toda la vida. Otros, si lograron parir entre cinco y diez, pasan al panteón de los ilustres y finalmente están los pocos elegidos que superan esa cifra y es porque el genio que buscaron en el interior de las lámparas eran ellos mismos.

Pues el personaje que les traigo aquí tuvo tal fortuna en el número de aciertos que pareciera que dispusiese de una cadena de montaje en serie para crear grandes canciones, temas que perdurarán para siempre. Si les hablo de John Fogerty seguro que habrá quien no conozca al personaje. Si les aclaro que fue el vocalista, guitarrista, compositor, líder e incluso tiránico cacique de la legendaria Creedence Clearwater Revival aun quedará quien se quede igual —entre millennials y melófobos, se pueden contar por millones—. No pretendo abundar en la más que contada biografía de J. Fogerty y su banda porque a poco que buceen por Internet podrán tener cumplida cuenta de sus hazañas así que como deferencia a los legos les enlazaré aquí la primera parte de una crónica musical con sus éxitos más sonados para que sepan de qué estamos hablando:

El caso es que, como decíamos, John Fogerty nació con un talento innato para conseguir eso tan difícil de crear canciones inmortales. No es un grandioso vocalista pero tiene un timbre rasgado y agudo que da un sabor especial a todo lo que interpreta, no fue un gran guitarrista —si bien ha mejorado considerablemente con el correr del tiempo-—pero tenía una técnica que salía directamente de sus entrañas y que le permitía tocar un solo pegándole a una única nota a negras durante siete compases y quedar como un señor. Sus pelotazos suelen ser temas cortos y muy sencillos armónicamente, cosa que ocurre con casi todas las grandes canciones de todas las bandas, que casi siempre son las más menos complicadas y las más directas. Pero los más acérrimos fans agradecemos que también se arriesgase con temas menos digeribles. Como muestra, durante unos cuantos discos, se dedicó a abrirlos, con las canciones más largas, con repetitivos pasajes instrumentales y mucho menos radiables, como ocurrió con Suzie Q (versión original extendida), Born On The Bayou, Ramble Tamble o Pagan Baby por no hablar de otras por ahí escondidas como Keep On Choogling’ o Rude Awakening #9.

Creedence Water Revival.

Podría extenderme vastamente y ponerme muy plasta cantando las bondades sonoras de la Creedence o de la posterior carrera en solitario de Fogerty, más desconocida, más irregular pero en absoluto despreciable. Pero lo que aquí me trae es más la intención de remarcar que esa música ha sido el acompañamiento sonoro de la vida de muchos de nosotros y, aunque deteste hablar en primera persona singular, de la mía en concreto. El caso es que nunca habíamos tenido ocasión de disfrutarlo en directo por estas tierras conocidas como España para unos y como Estado Español para otros hasta que en julio de 2014 vino a tocar al festival Músicos en la Naturaleza en Hoyos del Espino. No nos lo podíamos perder, teníamos que solucionar agendas, hacer encajes familiares e incluso acondicionar la parte posterior del coche con colchones para pasar la noche. Además de eso, el viaje, el cansancio acumulado, la falta de sueño… Todo mereció la pena sobradamente, pasamos una noche mágica el mejor recuerdo que guardamos de entre todos los conciertos jamás vividos. Pudimos cantar, gritar, emocionarnos, abrazarnos y besarnos escuchando la música de nuestras vidas. Fue un sueño hecho realidad, una factura que nos debía la vida cobrada con intereses.

Pasó el tiempo y siempre lo recordamos con nostalgia hasta que hace unos meses nos enteramos que John Fogerty estaba en el cartel del Azkena de este año. De repente saltaron las alarmas ¡¡tenemos que ir!! ¿Cómo lo haremos? ¿cómo resolveremos esta vez el complicado encaje familiar? Tendremos que pagar toda una entrada cuando solo nos interesa ese concierto. ¿Dónde nos alojaremos? Está todo ocupado en muchos kilómetros a la redonda ¿tendremos que dormir otra vez en el coche? Bueno, ya nos apañaremos, la ocasión lo merece.

Así que la noche que me dispuse a sacar las entradas por Internet, en el buscador de Google me apareció la sugerencia “Fogerty en Madrid”. Pinché desganadamente y leí que la agencia de representación de J. Fogerty acababa de anunciar que iba a tocar en Madrid el 17 de junio y que en un par de días saldrían las entradas a la venta. ¿Cómo? ¡¡No puede ser!! Si llegamos a comprar las entradas y luego nos enteramos que viene a Madrid nos da un patatús. El destino, esta vez benevolente, conspiró a nuestro favor. Podríamos ir a verlo tranquilamente, podríamos beber antes y después lo que nos diera la gana, podríamos ir con otros seres queridos también fans, podríamos volver a casa en taxi.

El día D, a las 9:00, comenzó la venta de entradas online y ahí estaba yo con tres navegadores abiertos para ser el primero en conseguir las mías. La cosa se retrasó como media hora, nervios, indignación… pero finalmente conseguí salirme con la mía. Gracias Dioses del Rock porque sin duda existís y nos habéis bendecido.

Desde ese día no he parado de dar la murga a los amigos por el whatsapp acribillándoles con desafinadas y desatinadas interpretaciones propias de canciones de la Creedence. Habrán pensado, lógicamente, que “pobre hombre, con qué cosas se ilusiona” pero aguantaron estoicamente la matraca. Y así pensaba seguir hasta este 17 de junio, exteriorizando sin pudor que me sentía como un hijo afortunado.

Luego llegó el Covid-19 y creo que no tengo más que contarles por el momento. Ya ustedes se harán una idea.

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