Eran las cuatro de la tarde en México, medianoche en España. A mis catorce años, no era la primera vez que trasnochaba para ver un acontecimiento deportivo; la semifinal de baloncesto contra Yugoslavia en Los Ángeles 84, dos años antes, tuvo ese honor. En estas semanas sin deporte en directo, cuando buscamos por los archivos y las televisiones qué partido volver a ver, yo quise uno de final feliz pese al riesgo de cambiar el gusto que me dejó 34 años atrás. ¿Fue España merecedora del marcador? ¿Era el Buitre tan bueno?

Dinamarca había ganado su grupo con facilidad, incluido un 2-0 ante Alemania y un 6-1 frente a la violenta selección uruguaya. España había sido segunda tras perder con Brasil, gol no validado a Michel incluido, y después de derrotar a Argelia e Irlanda del Norte (vengando la derrota en casa ante los británicos en el 82). España, que vestía una de las más bonitas equipaciones de su historia, con dos finas rayas amarillas en las mangas y camiseta roja con cuello de polo, se presentaba como presunta víctima de una selección que, pese a su inexperiencia, contaba entre las favoritas. Dinamarca, por su parte, vestía la mejor equipación de un equipo en los Mundiales, al menos para mi gusto. Aunque para el aficionado español el jugador referencia con el paso de los años ha sido Michael Laudrup, la estrella del momento era Preben Elkjaer Larsen, delantero del Verona. Junto a él, Morten Olsen, capitán eterno, Soren Lerby, que jugaría en el PSV, y Jesper Olsen, centrocampista menudo que militó en el Manchester United. Su ataque era poderoso como una horda de vikingos, pero su defensa se presentaba vulnerable como una aldea sin protección.

El planteamiento

El seleccionador español era Miguel Muñoz. Optó por una táctica algo rara de salida. Delante de Zubizarreta puso una defensa de cinco, con Tomás y Julio Alberto en los laterales y con Camacho, Goikoetxea y Gallego de centrales, este último más como jugador libre. Quizá la idea era que subiese al centro del campo cuando tuviésemos el balón, pero no ocurrió. El centro del campo lo ocupaban Víctor en el centro, Michel en la derecha y Calderé, que estuvo inédito todo el partido, en la zona izquierda. La delantera la formaban Julio Salinas y Butragueño.

Los primeros 20 minutos, España no vio el balón. La táctica de ataque pasaba por encima del centro del campo, pues Víctor no era un jugador elaborador. El balón era lanzado a la carrera hacia Butragueño y Salinas. Un par de veces estuvieron cerca de recuperar mientras los daneses intentaban jugar desde atrás. Los vikingos no tomaron nota del peligro que corrían y lo pagaron posteriormente. Dinamarca dominaba pero las llegadas no eran claras. Elkjaer Larsen jugaba fácil fuera del área, aunando potencia y técnica. No tuvo su día de cara al gol, pero sí fue capaz de dar un pase excelente a un compañero que se internaba en e área; Gallego lo detuvo con un clamoroso penalti que el colegiado holandés Keizer, un tipo lleno de aspavientos y manierismos que sería hoy carne de meme, no dudó en señalar. Estaba claro que Zubizarreta no iba a parar el penalti de Jesper Olsen de ninguna de las maneras, no era su especialidad. Había pasado algo más de media hora.

España reaccionó creando un par de medias oportunidades. Butragueño atemorizó a los defensas daneses, que le defendían por acumulación. Con todo, era capaz de filtrar pases o forzar faltas, pero no fue ese el camino por el que llegó el empate. Dinamarca sacó un balón muy mal jugado desde atrás y un pase paralelo al área circuló sin destinatario claro, entre el portero y sus defensas. Llegó más rápido Butragueño y empató justo antes del descanso.

Butragueño hace el 2-1 contra Dinamarca. 18-06-1986. CORDON PRESS

La segunda parte fue otra cosa. España cambió tácticamente; Eloy sustituyó a Salinas y Michel (qué mediocentro pudo haber sido) se acercó a Víctor y empezó a pasar el balón en corto, aunque los laterales apenas subían —esto es relativamente reciente—. Julio Alberto apareció en ataque tres o cuatro veces y Tomás ninguna. Dinamarca no estaba cómoda defendiendo y España aprovechó para sacar un córner que peinó Camacho y remató Butragueño solo. El partido se había convertido en un duelo entre el delantero español y el danés Elkjaer Larsen, con ambos acaparando el juego de ataque de sus selecciones a su manera. Elkjaer conseguía deshacerse de los contrarios por potencia pero sus fuertes disparos salían centrados y encontraban a Zubizarreta bien colocado, o simplemente se iban fuera. Butragueño se dedicaba a regatear y dejar jugadores daneses por el suelo, y así llego el tercer gol. En un balón al área, la única forma que el defensor encontró de parar al Buitre fue haciéndole otro penalti de libro y de paso ofreciendo otro rato ante las cámaras al colegiado holandés. Giokoetxea reventó el balón para el 3-1.

Dinamarca ya no existía. Jugaban con las medias bajas y los brazos caídos. España encontraba tantos huecos que Butragueño hizo el cuarto en una contra sin que nadie le estorbase. El quinto llegó tras otro penalti, reacción del defensa ante el regate tipo Cruyff que le acababa de hacer el Buitre en un palmo. Convirtió así su cuarto gol, todos a un toque, y redondeó una noche de un nivel superior.

España fue mejor que Dinamarca, no sé si tan superior como para un 5-1 pero en partidos así las goleadas son fruto del todo o nada y la desesperación de quien va perdiendo. Fue más experta en los momentos claves, no cometió errores groseros en defensa y aguantó mucho mejor las altas temperaturas. Y contó con un Butragueño en estado de gracia. No sé si su carrera fue valorada en su justa media, aunque le dieron dos Trofeos Bravo y dos Balones de Bronce. Es posible que le faltase la Copa de Europa que tan esquiva le fue a la Quinta.

Fue ese día cuando espontáneamente un grupo de aficionados en Madrid coincidieron en La Cibeles —desde ese día lugar de celebración del madridismo— al grito de “Oa, oa, oa, el Buitre a la Moncloa”, con España en mitad de un proceso electoral. Aquella noche me fui a dormir soñando en ganar el Mundial. El sueño se rompió en unos días y tardé 24 años en recuperarlo.

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