Estar encerrado es una monserga. Es una sensación que te asfixia. Lo peor de toda esta pandemia es que te hace mirar al exterior con recelo, salir a cambiar la llanta del auto se convierte en una odisea. Y lo que no quieres es encontrarte a Polifemo en tu trayecto. Y ni hablar de convivir con otra gente en el supermercado, por ejemplo, con esa sensación de que el que está allá, en el pasillo de los yogures, seguro que tiene el virus y ya te contagió. Es imposible vivir así. Encima la sensación de encierro se acentúa más por el aburrimiento. No hay, ni siquiera, fútbol o tenis para matar las horas … sólo la Liga de Tayikistán.

Al revisar las redes sociales, un ocio que ayuda poco y genera mucha ansiedad ante tanta noticia falsa y tanto tonto que cree que la red 5G se financiará con el líquido de las rodillas, da uno con una imagen preciosa y lúdica: en el último partido en La Bombonera, El Templo como le llamamos los xeneizes, Carlos Tevez, Carlitos, festeja el gol colgado de la alambrada que separa el campo de los aficionados. Trae la cinta de capitán y el nuevo uniforme, precioso en su azul y oro, de Adidas.  El gol, por supuesto, no era cualquier gol. Le daba a Boca un campeonato en la última jornada, sacado a RiBer (con B, siempre, porque como dijo el Tano Pasman esa mancha ya no se borrará jamás).

Tévez también gritó porque estaba en el ojo del huracán… A Carlitos lo acusaban de ya no sentir la camiseta, de regresar nada más y nada menos que de China por dinero, la plata. Habrá que vérselo, porque en China ganaba cuarenta veces más. Pero sirva el ejemplo de que no sólo en el Real Madrid se mata a los ídolos, en Boca Juniors también. Son las cosas que tiene el ganar como costumbre.

Pero Carlitos no fue el primero en colgarse de la reja. Antes estuvo el Manteca Martínez, gran ídolo de la hinchada, que de tanto colgarse ya parecía murciélago. También Batigol, antes de ser ídolo en Florencia, se colgó y gritó de espaldas como poseso, con esa cabellera de Lion-O al aire. Por supuesto, El Titán Palermo, que parecía que iba a saltarla e irse a festejar con La Doce. No mentiría si dijera que esa alambrada es un sitio místico. Ahí va un ejemplo: ¿Qué lleva a un tipo como De Rossi, campeón del mundo con Italia y que se zampó al Barça de Messi en una noche increíble, a ese lugar? ¿Qué tienes que estar buscando para ir hasta allá después de ser un fiero gladiador en la Ciudad Eterna? Ahora se habla de que Cavani, un charrúa que vive en los Campos Elíseos, que se asoma a su ventana y ve la torre Eiffel y el Arco del Triunfo, tiene todavía ese sueño, después de quedar cuarto en un Mundial, ganar la Copa América y sepa cuántas ligas francesas al calor de los petrodólares. Pienso: no debe ser cualquier cosa colgarse así, de ese sitio, enardecer a la gente, gritar el gol con todo el estadio. Ah, el fútbol, el Templo … el consabido cliché de que el estadio no vibra, sino que late.

La imagen de Carlitos en la alambrada trae, unos minutos después, otra. El partido ha terminado y Boca ya sabe que es campeón. Varios hinchas se cuelgan, del lado de la tribuna y la alambrada ni se inmuta. Para mí, es una imagen todavía más hermosa que la primera. No hay una definición más acertada de lo que es la alegría, de eso que ahora mismo añoro al estar aquí encerrado. Gritar un gol con los tuyos, festejar un campeonato, sacárselo al rival que te decía muerto a cada oportunidad. Recordar que El Templo cuenta con grandes ondas sonoras que llevan tu grito a todas partes, uniéndose, como si fuese el coro de un Teatro griego, y cantando Boca campeón.

Ahora mismo resulta que la alambrada del Templo es mi sitio favorito del mundo. Es una pena que quieran quitarla. Seguramente no debo ser el único que lo piense. Habrá otros como yo que lo hacen por reacción al encierro. Y sí, esa alambrada, si llevamos cualquiera de estas imágenes al extremo, es una metáfora perfecta de la libertad que tanto añoramos.

Con cariño a todos los xeneizes de Paraná, con la esperanza de que cuando esto acabe nos comamos un asado como dios manda, antes de ver a Boca.

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