Esa segunda interrogación con forma de gancho de percha, que me sirve para cerrar el título con la elegancia del que cuelga un traje de la tintorería, es un error. Ya lo era la primera. Si arrancas un texto con una pregunta y la repites tres veces frente al espejo puedes invocar al creativo de BMW, a Raymond Carver o a António Lobo Antunes.

Tenía una muy buena idea para escribir sobe hormigas. Una crónica que bullía en mi cabeza como un hormiguero en el que hubieran vaciado un buen monastrell: así de ágil y graciosa. Pero, contrariamente a lo habitual, lo primero en surgir fue el título y, sin hacer caso a las advertencias de no construir la casa por el tejado, me dije que si las Torres de Colón se habían creado de arriba hacia abajo, por qué yo no. Y que toma título.

No me extraña escuchar unas toses en el dormitorio. Me lo he buscado. Desecho al profesional de “¿Te gusta conducir?” porque no tengo un BMW. Ojalá sea el Carver de ¿De qué hablamos cuando hablamos de amor? porque de él me lo he leído todo y podríamos comunicarnos en inglés. Para romper el hielo (que él echaría en su copa), le preguntaría si, de no haber sido por la ayuda de su editor, se habría convertido en quien es.

No, no es una tos. Es un educado carraspeo con el que se me llama. Me quedo en silencio. Qué pena no haberme despertado esta mañana con el cuerpo de una lagartija, porque ya pienso como una, buscando grietas para huir. Es con el cerebro de una lagartija, pequeño pero con menos chatarra que el mío, con el que me convenzo de que el del cuarto es Antunes. Se ha puesto de pie y el sonido que me llega es el de unos zapatos negros y brillantes sobre la madera.

Me pongo nervioso porque de Antunes tengo muchos libros, pero solo he leído los fáciles: los dos de sus crónicas. Los otros los tengo esperando al lector en el que ya no sé si me convertiré. Tenía muchas esperanzas en mí mismo, pero con las redes ya me cuesta hasta concentrarme con los manuales de IKEA, donde sólo aparece el nombre del mueble y el resto son dibujos.

Aún así, sigo comprando sus libros. El último: ¿Qué caballos son aquellos que hacen sombra en el mar?. Yo escribo un titulo así y le entrego un libro con las páginas en blanco al editor, que seguro que no tendría problemas en publicarlo para un lector que, al verlo en la mesa de novedades, sin dudarlo se lo llevaría a casa. Hay que tener mucha fe en uno mismo para, después, animarse a construir unas escaleras de 340 páginas con las que elevarte hasta ese título, definitivo como un mate de Michael Jordan.

Así que voy acumulando libros de Antunes en la librería a pesar de sus riesgos. Si los que colocas al lado no tienen un nivel mínimo, sus páginas se vuelven amarillas y poco después se empiezan a caer. No voy a dar títulos porque Donna Leon se molestaría, pero al principio no fui consciente de las causas y lo achaqué a la calidad del papel. Fue una amiga la que me puso sobre la pista al comentarme que cuando ponía juntos a Llosa y García Márquez, en sus páginas aparecían palabras tachadas y comentarios que solo podría repetir si abríamos otra botella de vino.

Apartar al escritor alfa no estaba en mis planes, aunque una vez sí fue la opción elegida. Movidos por la ingenuidad, pensamos que en el acuario de mis hijos podríamos añadir cualquier pez porque, como sabemos por Disney, todos los animales de pequeños son buenos. Y no. Dimos con un pez tan cabrón como bonito que atemorizó a los otros dos con los que convivía, que siempre se alejaban de él como defensas frente a un tiro de falta de Roberto Carlos. El pez cabrón, quizás contra su voluntad, cambió de mares.

Vuelvo a escuchar los pasos en el dormitorio. Y cómo se sienta en la cama. Podría quedarme a vivir en el salón, con la misma camiseta y los pantalones cortos. Y para la higiene, con poner la cabeza bajo el chorro del grifo de la cocina, sería suficiente. Las lagartijas no necesitamos más. Sin embargo, me obligo a ponerme de pie para ir a encontrarme con él. En Conversaciones con António Lobo Antunes (hay títulos que vienen solos), cuenta cómo, durante la guerra en Angola, el oficial de su compañía, Ernesto Melo Antunes, les obligaba a presentarse en la cena de oficiales con chaqueta y corbata. Respondía a las quejas diciendo que esa disciplina era una forma de protegerse para tener menos bajas. Y realmente fue así.

Camino por el pasillo con la palabra disciplina en la cabeza. No se ha escuchado mucho estos días, como si no fuera necesario añadirla al equipaje con el que nos subimos al tren de las fases. Desde los asientos, vemos que los que nos incitan al viaje se quedan en el andén de su propia realidad, como si supieran lo que los demás sospechamos: que esa Nueva Realidad no es sino el nombre de una estación escrito precipitadamente encima del de una abandonada.

Antunes levanta la cabeza cuando entro en el dormitorio. Veo que a su lado ha dispuesto, con cuidado, un pantalón, una camisa, una chaqueta, una corbata. Ese orden me hace pensar en mi padre. Con un gesto de las manos, me invita a que me meta en el baño. Me ducho, me afeito y me echo colonia con seriedad, como si fuera el día de mi boda.

Me visto prestando atención a cada gesto. A propósito de la disciplina, Antunes también dijo que en su propia vida le había protegido no solo de los excesos, sino de los descuidos. La corbata que ha elegido me gusta. Mi padre tenía una gran colección de corbatas que usaba para marcarle el tono al día. Hace mucho que no me hago el nudo de la corbata y me lleva varios intentos. Cuando por fin logro ajustarlo y salgo del baño, Antunes ya no está ahí.

Me quedo un buen rato de pie frente al espejo con este uniforme para la última fase.

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